Algo para Pensar — Parasha Ajarei Mot-Kedoshim (domingo, 19 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)


¡Shavua Tov Lekulam!


Esta semana estudiamos Parashá Ajrei Mot-Kedoshim. Estas son la 29.ª y 30.ª porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá. Este año se estudian unidas durante la misma semana porque este año no es bisiesto.

Porción de la Torá: Levítico 16:1–20:27


Ajrei Mot (“Después de la Muerte”) comienza describiendo el servicio ritual de Yom Kipur, el Día de la Expiación. Luego detalla las prohibiciones de ofrecer sacrificios fuera del Mishkán (Tabernáculo) y de comer sangre animal, y termina con una lista de relaciones sexuales prohibidas. 


Kedoshim (“Santos”) comienza instruyendo a los israelitas a ser santos. Detalla docenas de leyes que regulan todos los aspectos de la vida, incluyendo la observancia del Shabat, el amor al prójimo y la asignación de tierras para los pobres. Concluye detallando los castigos para ciertos tipos de idolatría y mala conducta sexual. 


“Y El Eterno dijo a Moisés: Di a Aarón tu hermano, que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está detrás sobre el arca, para que no muera; porque yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio” (Levítico 16:2)

Este versículo, que inaugura el servicio de Yom Kipur, no describe solamente una restricción ritual. Es una afirmación radical sobre la naturaleza de la Presencia divina (Shejiná) y sobre la condición humana frente a ella. 


El acceso al Kodesh HaKodashim no es un derecho, sino un encuentro que exige de nuestra parte preparación, pureza, temor reverente, y sobre todo, conciencia

.La Torá no prohíbe la cercanía; prohíbe la familiaridad. El peligro no es Dios, sino la ilusión humana de que podemos entrar en Su intimidad sin transformarnos. El Shulján Aruj abre con la misma idea, pero llevada al plano de lo cotidiano:

«Siempre pongo delante de mí” es un principio fundamental de la Torá y de los logros de los justos que caminan ante Dios. Pues no se puede comparar cómo una persona se sienta, se mueve y se ocupa cuando está sola en su casa, con el cómo se sienta, se mueve y se comporta ante un gran rey… Cuánto más cuando una persona toma en serio que el gran rey, el Santo, bendito sea, cuya presencia llena el mundo entero, está sobre ella y observa sus actos.” (Shulján Aruj, Oraj Jaim 1:1)


La halajá comienza con la conciencia, no con acción. Antes de hablar de tzitzit, tefilín o Shabat, la ley judía exige que el judío viva con la certeza de que está ante el Rey.

Sin embargo, como señala el texto, saber no es lo mismo que sentir, y sentir no es lo mismo que experimentar. La omnipresencia divina no garantiza la percepción humana. Dios llena el mundo, pero el mundo no siempre deja ver a Dios. La tradición enseña que la creación misma es un acto de ocultamiento. 


La Shejiná se reviste de naturaleza, historia, sociedad, economía, causalidad. No porque Dios esté lejos, sino porque el ser humano no puede sostener ni tolerar una revelación constante. El velo protege al hombre tanto como oculta a Dios.

Por eso el encuentro directo — como el del Kohén Gadol en Yom Kipur — es excepcional. La mayoría de nosotros vive en un mundo donde la Presencia se intuye más que verse, donde la espiritualidad es un trabajo de búsqueda, no un estado permanente.


Los profetas, sin embargo, prometen un futuro distinto:

“tu Señor ya no estará encubierto, y tus ojos verán a tu Señor.”
“la gloria de Dios se revelará, y toda carne verá que la boca de Dios ha hablado,”
“porque la tierra se llenará del conocimiento de Dios como las aguas cubren el mar.”

Estas visiones no describen un milagro repentino y esporádico, sino la culminación de un proceso histórico y espiritual.

La era mesiánica — el “Shabat eterno”— es el momento en que la humanidad habrá retirado, pliegue por pliegue, el velo que cubre la Presencia. Cada mitzvá es un acto de des–ocultamiento. No porque cambie a Dios, sino porque cambia al ser humano. La acción piadosa pule la percepción, afina la sensibilidad abriendo un resquicio en la opacidad del mundo.

Cuando el judío cumple una mitzvá, no solo obedece; está revelando. Revela que hay un Creador detrás de la creación legislando detrás de la ley moral. Por eso la Torá insiste tanto en la disciplina ritual: no es un formalismo, sino un camino para entrenar la conciencia. Y por eso la tradición enseña que incluso el estudio de las mitzvot del Templo — aunque hoy no puedan cumplirse — tiene valor espiritual: mantiene viva la estructura interior que permite reconocer la Presencia cuando esta se manifieste.


El versículo inicial de Levítico 16:2 nos recuerda que la revelación sin preparación puede destruir. Los profetas, en cambio, anuncian un tiempo en que la humanidad estará preparada para ver sin perecer. 


Entre ambos extremos se encuentra nuestra vida: un mundo donde Dios está presente pero velado, y un camino donde cada acto de justicia revela bondad, y donde cada estudio y mitzvá va poco a poco adelgazando ese velo que nos separa.


Cada plegaria, cada gesto de jesed, cada palabra de la Torá, es un pequeño Yom Kipur: un instante en el que el ser humano se acerca un poco más al propiciatorio interior, hasta que llegue ese día cuando “contemplemos el rostro de Dios”.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

Deja un comentario

Trending