
Algo para Pensar — Parashá Beja’alotejá (domingo, 31 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shavua Tov Lekulam!
Esta semana estudiamos Parashá Beha’alotejá. Esta es la 36.ª porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá.
Parashá: Números 8:1-12:16
Behaalotejá (“Cuando te levantes”) comienza con la instrucción de Dios a Moisés para que instituya a los levitas para el servicio en el Mishkán (Tabernáculo). También relata las historias de personas que piden una segunda oportunidad para ofrecer el sacrificio de Pésaj, las quejas de los israelitas y sus castigos, y una enfermedad que afecta a Miriam.
“Habla a Aarón y dile: Cuando enciendas las lámparas, las siete lámparas iluminarán hacia el frente del candelabro” (Números 8:2).
La sección de la Torá que estudiamos esta semana describe un momento decisivo para los israelitas en el desierto: el inicio del final, el doloroso proceso que culminará con la desaparición de toda una generación que no entrará en la Tierra Prometida.
¿Cómo es posible que los milagros del Éxodo, la fuerza espiritual de la Revelación en el Sinaí y la dignidad de las tribus que rodeaban el Santuario de Dios hayan terminado transformándose en las quejas, los miedos, las rebeliones y las reacciones impulsivas que dominan los capítulos posteriores del libro de Números?
Nuestros sabios identifican el punto de quiebre al notar que el capítulo once de Números parece inaugurar un “nuevo libro” dentro del libro.
El versículo comienza con vayehi, que literalmente significa “y fue”, pero cuyo sonido evoca vay, es decir, dolor, aflicción, presagio de problemas (vayehi ha’am k’mitonenim).
Es, en cierto modo, un pequeño y trágico libro dentro del libro mayor que estamos por leer: una crónica de autodestrucción.
¿Cómo ocurrió?
Para intentar responder, volvamos al inicio de nuestra porción, Beha’aloteja, en el capítulo ocho de Números. Allí descubrimos que, además de la gran pregunta sobre el origen del desastre nacional, surgen muchas otras interrogantes que, aunque parezcan menores, también reclaman atención.
Para empezar, la porción parece reunir episodios que no presentan una conexión evidente. Beha’aloteja abre con la instrucción a Aarón de encender la menorá, un acto del servicio sacerdotal que parecería encajar mejor en la porción de Tetzavé, donde se detalla la construcción del Santuario y el rol de Aarón y sus descendientes (Éxodo 25–30).
Rashi, nuestro comentarista clásico por excelencia, percibe esta discontinuidad entre Éxodo y Números. Para resolverla, vincula el inicio de Beha’aloteja con la descripción previa de las ofrendas de los príncipes de las tribus durante la dedicación del Santuario.
Según el midrash que él cita, Aarón se entristece al ver que los kohanim no participaron en esa ceremonia inaugural. Entonces Dios instruye a Moisés para consolarlo: “Tu labor, Aarón, es más grande que la de ellos, porque tú prepararás y encenderás la Menorá”.
Sin embargo, esta explicación de Rashi genera nuevas preguntas. Si su lectura es correcta, ¿no habría sido más lógico que el encendido de la menorá fuera la conclusión de la porción de Nasó en lugar de inaugurar Beha’aloteja?
Además, ¿por qué habría de sentirse reconfortado Aarón al recibir, en lugar de un rol público y solemne, la tarea cotidiana y silenciosa de limpiar y encender la menorá al amanecer, sin audiencia alguna?
Es como decirle a un invitado de honor en una gala que fue olvidado que no se preocupe, porque tendrá el privilegio de recoger las mesas y lavar los platos a la mañana siguiente.
Después de este episodio, el texto bíblico presenta una serie de eventos igualmente diversos: los levitas son elegidos en lugar de los primogénitos para el servicio religioso; se instituye una segunda oportunidad para celebrar el sacrificio pascual para quienes estaban impuros o lejos del Santuario el 14 de Nisán; la nube de día y el fuego de noche que guían al campamento son descritos; se detallan los toques de trompeta que convocan a la nación y marcan las festividades; se nombran los jefes militares de cada tribu; se menciona el regreso de Yitró a Madián; y se ensalza el Arca de Dios por su capacidad para dispersar a los enemigos de Israel.
¿Qué principio unificador podría dar coherencia a este conjunto tan variado de mandatos y relatos? Después de toda esta amalgamación de elementos, finalmente llegamos al capítulo once, ese “nuevo libro” que marca un giro dramático en la narrativa.
Aquí comenzará mañana nuestra próxima reflexión.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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