
Algo para Pensar — Parasha Ajarei Mot-Kedoshim (martes, 21 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que su hijo había muerto, se levantó y exterminó a toda la familia real. Pero Josaba, hija del rey Joram y hermana de Ocozías, tomó en secreto a Joás, el hijo pequeño de Ocozías, y lo rescató de entre los príncipes que estaban siendo asesinados. Lo escondió junto con su nodriza en una habitación interior, y así Atalía no pudo matarlo. Durante seis años permaneció oculto en la Casa del Eterno, mientras Atalía gobernaba el país” (2 Reyes 11:1-3).
Si tomamos como referencia la revelación del Sinaí y la santidad del Santo de los Santos como modelos de una experiencia directa con lo divino, parecería que la llegada del Mashíaj transformará por completo la existencia humana.
Sería vivir en un estado semejante al de quienes escucharon la voz de Dios en el Sinaí; una vida que se asemejaría a un Yom Kipur continuo, como el del sumo sacerdote cuando ingresaba “más allá del velo”, al espacio más sagrado del Templo.
Sin embargo, existe otro precedente que ofrece una visión distinta de lo que significa vivir en la presencia de Dios: la historia de Joás, el noveno rey de la dinastía de David, narrada en el capítulo 11 de 2 Reyes.
Tras la muerte de Ocozías, su madre Atalía usurpó el poder y eliminó toda la descendencia real. Joás, que apenas tenía un año, fue salvado por su tía Jehosheva y por su esposo, el sumo sacerdote Joiada. Ellos escondieron al niño y a su nodriza en el Lugar Santísimo durante seis años.
Lo ocultaron en la aliyáh, el nivel superior del recinto más sagrado, un espacio cuya santidad igualaba — e incluso, según algunos, superaba — la del propio Santo de los Santos. El texto bíblico alude a este escondite con el término “el dormitorio”, una expresión que la tradición interpreta como símbolo de la intimidad más profunda entre Dios e Israel.
Cuando Joás cumplió siete años, Joiada lo sacó de su refugio, lo proclamó rey y devolvió la realeza de Judá a su legítima línea. Durante seis años, este niño y su nodriza vivieron dentro del espacio más sagrado del mundo. Allí comían, dormían, se aseaban. Allí transcurría cada instante de sus vidas, día y noche, en la presencia manifiesta de Dios.
En un nivel literal, este episodio se explica por la urgencia de salvar la vida del único heredero de la casa de David; la Torá permite dejar de lado cualquier norma cuando se trata de preservar una vida.
Pero en un nivel más profundo, esta historia revela una verdad espiritual: que, en lo más esencial, cada ser humano es como un kohen gadol; que, en esencia, cada uno puede entrar al Santo de los Santos en cualquier momento; que la cercanía con Dios no está limitada a un día al año ni a un ritual específico, sino que puede abarcar toda la existencia.
En realidad, lo anómalo es la situación premesiánica, en la que la experiencia plena de Dios queda restringida a una persona, en un día concreto, mediante actos precisos. Lo natural — lo verdaderamente natural — es vivir constantemente en la presencia divina.
La llegada del Mashíaj inaugurará un tiempo en el que lo cotidiano y lo espiritual dejarán de estar en tensión. Será un mundo donde Dios se revele como la esencia misma de la vida, y donde cada momento, luminoso o difícil, se convierta en un encuentro con la presencia divina.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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