Seguir las reglas no te exime de la responsabilidad moral

Por Pini Dunner

En noviembre de 2024, el primer ministro del Reino Unido, Sir Keir Starmer, anunció que Lord Peter Mandelson se dirigiría a Washington D. C. para asumir el cargo de próximo embajador de Gran Bretaña en los Estados Unidos.

Fue una elección sorprendente. Mandelson es una de las figuras más experimentadas y mejor conectadas políticamente con la vida pública británica moderna; sin embargo, distaba mucho de ser una figura exenta de polémicas y nunca había ejercido como diplomático.

Para los estadounidenses, esto podría no sonar inusual. En los Estados Unidos, este tipo de cargos suelen asignarse a aliados políticos, donantes o figuras destacadas ajenas al cuerpo diplomático tradicional, y sus nombramientos se someten al escrutinio público y a audiencias de confirmación ante el Senado.

Pero Gran Bretaña gestiona estos asuntos de una manera muy distinta. Los cargos diplomáticos de alto nivel son ocupados casi siempre por funcionarios de carrera que han ido ascendiendo dentro de las filas del Ministerio de Asuntos Exteriores (Foreign Office). No existe un equivalente a la confirmación del Senado; en otras palabras: no hay escrutinio público ni interrogatorios televisados.

El sistema opera de manera discreta y eficiente, y casi enteramente a puerta cerrada, basándose en la premisa de que el profesionalismo, la discreción y el respeto por los procesos institucionales garantizarán el resultado idóneo.

El nombramiento de Mandelson puso de manifiesto cuán frágil puede resultar dicha premisa. Y es que, en el preciso instante en que se insertó una figura política en un sistema diseñado para funcionarios de carrera, sus debilidades comenzaron a salir a la luz.

Las interrogantes surgieron casi de inmediato. El pasado de Mandelson distaba mucho de ser intachable: se había visto obligado a dimitir de cargos gubernamentales en dos ocasiones durante los años de la administración Blair, y su prolongada vinculación con el desacreditado financiero y pedófilo convicto Jeffrey Epstein suscitó inquietudes sumamente incómodas.

No obstante, el nombramiento siguió su curso, y en enero de 2025, Mandelson se instaló en Washington.

A los pocos meses, la situación comenzó a desmoronarse. La divulgación de documentos relacionados con Epstein arrojó una nueva y cruda luz sobre la relación de Mandelson con este, sugiriendo que el contacto entre ambos se había mantenido mucho más allá de lo que se creía hasta entonces. Asimismo, surgieron acusaciones — que actualmente son objeto de una investigación en curso — de que Mandelson habría compartido información clasificada y sensible con Epstein.

Mandelson fue destituido de su cargo, y posteriormente, detenido bajo la sospecha de haber incurrido en conducta indebida en el ejercicio de la función pública, si bien hasta la fecha no se han formulado cargos formales en su contra y él niega haber cometido delito alguno.

Sin embargo, de alguna manera, Starmer sobrevivió a las repercusiones inmediatas. Su defensa fue sencilla: se habían seguido los procedimientos adecuados, y si hubo fallos, estos no tenían nada que ver con su propia conducta, ya que él había actuado en todo momento apegándose estrictamente a las normas.

Pero la historia no terminó ahí. La semana pasada salió a la luz que un proceso de evaluación de seguridad, llevado a cabo a principios de 2025, había suscitado serias inquietudes sobre la idoneidad de Mandelson para el cargo; según se informó, se recomendaba que no fuera enviado a Washington. Dicha evaluación fue, en última instancia, desestimada por el Ministerio de Asuntos Exteriores.

De repente, el foco de atención cambió. Ya no se trataba únicamente de la conducta de Mandelson, sino del sistema en sí, y también de qué sabía el primer ministro y desde cuándo.

Lo que en otro momento podría haber quedado como un oscuro asunto interno ha derivado ahora en una crisis política y constitucional en toda regla, arrojando una luz implacable sobre un sistema que depende casi por completo de la confianza, la discreción y el respeto a los procedimientos.

Convocado esta semana ante la Cámara de los Comunes, Starmer se vio obligado a realizar una humillante declaración y a defender sus acciones durante horas de interrogatorio incesante. Su respuesta fue metódica y legalista, algo apenas sorprendente en un hombre formado como abogado litigante.

Una y otra vez, recurrió al mismo estribillo: el proceso no había funcionado como debía, pero él sí lo había seguido. Y ese —insistía continuamente— era el punto clave.

Entonces, la veterana diputada Diane Abbott se puso de pie. Abbott, figura de larga trayectoria en el ala izquierda del Partido Laborista de Starmer, había sido readmitida hacía muy poco tras una prolongada suspensión. Su relación con Starmer ha sido, por decirlo suavemente, tensa.

“El primer ministro se ha extendido considerablemente hablando de procesos y procedimientos —comenzó Abbott—; sin embargo, a la gente común no le importan realmente los procesos ni los procedimientos. Una cosa es — como insiste en repetir el primer ministro — decir: «Nadie me avisó, nadie me dijo nada»; pero lo que esta Cámara quiere saber es: ¿por qué no preguntó el primer ministro?”

Y así sin más, todo el entramado argumental de Starmer basado en el “proceso” se desmoronó. Porque la pregunta de Abbott no se enfrascaba en el proceso, sino que lo eludía para ir directa al corazón del asunto. La obsesión de Starmer con el proceso no era más que una pura maniobra de distracción. El verdadero problema era algo mucho más básico — y mucho más difícil de eludir —: el juicio.

Puedes seguir los procedimientos meticulosamente, y aun así, equivocarte. Puedes insistir en que los sistemas estaban implementados y que se respetaron los protocolos, pero, a fin de cuentas, acertar no siempre depende del proceso; y es algo que debes saber desde el principio.

Starmer podría señalar lo que se le dijo y lo que no se le dijo. Pero no pudo eludir la pregunta que persistió en la cámara mucho después de que el bullicio se hubo disipado: ¿Por qué no fue más allá del procedimiento para asegurarse de estar haciendo lo correcto?

Y esa tensión — entre la corrección técnica y la responsabilidad moral — no es exclusiva de la política británica. Se sitúa en el corazón de una de las directivas más famosas y elusivas de la Torá (Lev. 19:2): קְדֹשִׁים תִּהְיוּ כִּי קָדוֹשׁ אֲנִי ה׳ אֱלֹקֵיכֶם — “Seréis santos, pues Yo, Hashem vuestro Dios, soy santo.”

A primera vista, este mitzvá (precepto) suena místico y fuera del alcance de la gente común. ¿Qué significa exactamente ser “santo”? ¿Nos pide la Torá que nos retiremos del mundo? ¿Que vivamos algún tipo de existencia ascética y elevada, muy alejada del desorden de la vida cotidiana?

Rashi ofrece un buen punto de partida al explicar qué significa que uno debe ejercer la contención. Saber dónde trazar la línea y no cruzar límites que comprometan quién eres: una definición de santidad arraigada en la disciplina, el autocontrol y la capacidad de decir “no.”

Pero el Ramban da un vuelco total a esta idea. Sostiene que la contención por sí sola no basta. Puedes cumplir con cada requisito técnico de la Torá. Puedes mantenerte firmemente dentro de los límites de lo permitido. Y aun así — en su inolvidable frase—, puedes ser un “Naval Bir’shut HaTorah”: un canalla que actúa con el consentimiento de la Torá.

Es una revelación devastadora. Puedes seguir todas las reglas, y aun así, fallar en la prueba moral. El hecho de haber cumplido con todos los requisitos del procedimiento no significa que seas una buena persona. De hecho, puedes estar obrando el mal mientras insistes en que estás haciendo todo bien.

”¿Por qué no preguntó el primer ministro?” no era una pregunta procesal. Era una pregunta al estilo del Ramban. ¿Asumiste tu responsabilidad? ¿Ejerciste tu propio juicio? ¿Fuiste más allá de lo técnicamente exigido para hacer lo que era correcto?

Los sistemas, por su propia naturaleza, son limitados. Pueden definir lo que está permitido y lo que está prohibido. Pueden establecer procesos, protocolos y salvaguardas. Pero no pueden sustituir la responsabilidad humana, y nunca pueden eximir a una persona de la obligación de pensar, de cuestionar, de indagar.

Lo vemos por todas partes. En el ámbito empresarial, donde las compañías insisten en que cumplieron con las normativas, aun cuando el resultado deja tras de sí un rastro de daños. En las instituciones, donde los fallos se justifican como meras “averías procesales.” En la vida cotidiana, donde las personas se defienden diciendo: “No hice nada malo,” incluso cuando, a todas luces, algo está mal.

A la Torá no le interesa formar personas que se limiten a mantenerse dentro de los límites establecidos. Le interesa formar personas que se eleven dentro de esos límites; personas que aporten integridad, sensibilidad y conciencia moral al vasto espacio de lo que es técnicamente permisible.

La santidad no consiste en escapar de la complejidad de la vida, sino en navegar por esa complejidad con integridad. Y en última instancia, esa es la razón por la que las excusas del primer ministro Starmer suenan tan huecas. ¿Por qué no preguntó? La Torá es clara: la santidad no consiste en seguir las reglas; comienza precisamente en el punto donde termina el proceso.

El autor es rabino en Beverly Hills, California.

Traducción: drigs, CEJSPR

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