Algo para Pensar — Parasha Emor (jueves, 30 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)

¡Shalom, Shalom Lekulam!

«Y no profanéis mi santo nombre, para que yo sea santificado en medio de los hijos de Israel. Yo El Eterno que os santifico» (Levítico 22:32).

La Torá concibe la ética como una dimensión inseparable de la identidad del pueblo de Israel. La conducta humana — especialmente la conducta de quienes representan autoridad o servicio sagrado — tiene la capacidad de elevar o degradar la percepción del Nombre divino en el mundo. 

A esto se refiere la parashá Emor cuando introduce los conceptos de kidush Hashem (santificación del Nombre) y hillul Hashem (profanación del Nombre).

En su contexto inmediato, el versículo de Vayikrá posee — como señala Ibn Ezra — un significado concreto: exige a los kohanim un nivel extremo de cuidado en su servicio. Ellos encarnan la representación visible de la presencia divina en el Santuario; por ello, cualquier negligencia, impureza o falta de reverencia constituye una profanación del Nombre.

Todo Israel es un pueblo santo, pero los sacerdotes portan una santidad adicional de carácter funcional y representativa. Su misión es custodiar la pureza del espacio donde la nación se encuentra con Dios. En ellos, la Torá deposita la responsabilidad de mostrar que lo sagrado exige disciplina donde la integridad y el ejemplo son medulares.

Con el tiempo, los profetas ampliaron el concepto. Hillul Hashem ya no se limitó al ámbito ritual, sino que abarcó toda conducta que desacreditara la justicia divina. 

Amós denuncia a quienes oprimen a los vulnerables: «pisoteaban la cabeza de los pobres como si fuera polvo de la tierra, y negaban la justicia a los oprimidos… y así profanaban mi santo nombre» (Amós 2:7).

Jeremías acusa a quienes manipulan la liberación de esclavos para luego someterlos de nuevo (34:16). Malaquías, último de los profetas, señala a los sacerdotes corruptos: «Desde donde nace el sol hasta donde se pone, mi nombre es honrado entre las naciones… pero ustedes lo profanan» (1:11-12).

La ética social se convierte así en un escenario donde el Nombre divino es honrado o profanado. La injusticia, la crueldad o la corrupción no son solo fallas morales: son un atentado contra la reputación de Dios en el mundo.

Los sabios vieron esta misma sensibilidad en las palabras de Abraham al interceder por Sodoma: «Lejos de ti [halila lecka] hacer tal cosa» (Génesis 18:25).

Abraham no cuestiona el poder divino, sino la posibilidad de que el juicio divino sea percibido como injusto. La justicia no es solo un atributo de Dios: es el modo en que Su Nombre se manifiesta en la historia. Por ello, cualquier acción — humana o divina — que parezca contradecir la justicia amenaza con convertirse en hillul Hashem.

Ezequiel introduce una profunda dimensión teológica. El exilio no fue solo una tragedia nacional; fue también una crisis espiritual que afectó la percepción del Nombre divino entre las naciones:

«Y cuando llegaron a las naciones adonde fueron, profanaron mi santo nombre, diciéndose de ellos: Estos son pueblo de El Eterno, y de la tierra de él han salido» (Ezequiel 36:17-20).

La derrota de Israel fue interpretada por los pueblos como una señal de debilidad del Dios de Israel. En un mundo donde la divinidad se medía por el poder militar, la caída de Israel parecía desacreditar al Creador mismo. 

Aquí surge lo que puede llamarse el pathos divino: Dios, al vincular Su Nombre con Israel, se expone a la interpretación humana. La justicia divina, necesaria y justa, puede ser malentendida como impotencia.

De esta manera podemos percibir que el hillul Hashem no proviene sólo del pecado de Israel, sino también de la lectura distorsionada que las naciones hacen de la historia.

El mensaje que emerge de estas fuentes es claro: Israel porta el Nombre de Dios en el mundo. Cada acto — ritual, ético, social, político, personal — se convierte en un testimonio. La santidad no es un estado pasivo, sino una responsabilidad activa.

Por lo tanto, santificar el Nombre es sinónimo de vivir de tal modo que el mundo pueda reconocer en Israel un reflejo de la justicia, la compasión y la fidelidad del Creador. Profanarlo significa lo contrario: hacer que el Nombre sea asociado con injusticia, corrupción o indiferencia.

La parashá Emor nos recuerda que el honor divino está, misteriosamente, entrelazado con la conducta humana.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

Deja un comentario

Trending