El pecado de Tzelofehad
Por Rav Kook
Traducción y/o paráfrasis: drigs, CEJSPR
“Nuestro padre murió en el desierto… Murió a causa de su propio pecado, y no tuvo hijos”. (Números 27:3)
Así comienza el pedido de las hijas de Tzelofehad. Como no había hijos en la familia, las hijas querían saber: ¿Podemos heredar su porción en la Tierra de Israel? Su pregunta desconcertó a Moisés, y se la refirió a Dios mismo.
La Torá no nos dice, sin embargo tenemos curiosidad: ¿cuál fue el pecado por el cual Tzelofehad mereció morir? El texto parece implicar que su transgresión fue inusual: “Él murió a causa de su propio pecado”.
En la lectura de Shelach dice:
“Estaban los israelitas en el desierto, y encontraron a un hombre que recogía leña en sábado”. (Números 15:32)
Interesante. Nuevamente, encontramos la frase, “en el desierto”. (Algo que resulta bastante superfluo, considerando que todo el libro tiene lugar en el desierto). Una vez más, Moisés está perplejo y necesita preguntarle a Dios cuál es el castigo apropiado. ¿Quién era este hombre no identificado, el leñador que profanó el sábado?
Fue Rabí Akiva quien hizo la conexión entre el hombre con el pecado desconocido y el pecado del hombre desconocido. Tzelofehad era el recolector de leña del sábado. Esa fue su transgresión personal, por la cual fue castigado (Shabat 96b).
¿Existe una conexión entre la profanación del sábado por parte de Tzelofehad y el hecho de que murió sin hijos, poniendo así en peligro su herencia en la Tierra de Israel? Además, ¿por qué la Torá enfatiza que su pecado tuvo lugar “en el desierto”?
Atrapado en el desierto
El desierto representa la fugacidad. Un desierto no es un lugar que pueda ser colonizado y cultivado. Solo pasamos por el desierto mientras nos dirigimos a un lugar permanente, a nuestro verdadero destino. La vida en el desierto es transitoria; es sólo una preparación y un medio hacia un objetivo deseado.
Incluso la santidad en el desierto fue temporal. El monte Sinaí fue santificado únicamente por el bien de la revelación de la Torá; luego, la montaña volvió a su estado anterior. La santidad permanente sólo existe en la Tierra de Israel y la ciudad de Jerusalén.
La santidad dentro de la dimensión del tiempo, como en el espacio, también puede tener diversos grados de permanencia. La santidad eterna en el tiempo es la santidad del sábado. “Los israelitas guardarán el día de reposo, haciéndolo día de descanso para todas las generaciones, pacto eterno” (Ex. 31:16).
A diferencia del sábado, que cae cada siete días, los días festivos dependen del calendario establecido por el tribunal supremo. La santidad de las fiestas es así de naturaleza “menos eterna”. Además, las festividades se relacionan con hechos históricos: el Éxodo de Egipto, el viaje por el desierto, la Revelación de la Torá. El sábado, por otro lado, trasciende el ámbito de la humanidad. Celebra la esencia misma de la creación.
El pecado de Tzelofehad tuvo lugar en el desierto, y él murió en el desierto. Cuando Tzelofehad profanó la santidad eterna del sábado, transformó el desierto de un pasadizo en un callejón sin salida. Se desconectó de la santidad eterna, tanto en el tiempo como en el espacio. Le faltó permanencia y continuidad en la dimensión del tiempo – el día de reposo – y en la dimensión del espacio – su herencia en la Tierra de Israel.
Debemos aprender del error de Tzelofehad y evitar quedar encerrados en el reino temporal del desierto. Necesitamos mantenernos enfocados en lo que es perdurable y eterno, y no confundir la estación de paso con el destino final.


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