Algo para Pensar — Parashá Nitzavim-Vayelej (viernes, 4 sept.  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shabbat Shalom Lekulam!

“A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia…” (Deuteronomio 30:19)


La porción bíblica de esta semana contiene uno de los discursos más conmovedores que Moisés pronuncia al final de su vida. Frente al pueblo reunido alrededor del Arca del Pacto, el anciano líder convoca al cielo y a la tierra como testigos y declara:

“Os he puesto delante la vida y la muerte… escoge, pues, la vida… amar al Señor vuestro Dios, escuchar su voz y allegaros a Él; porque esta es vuestra vida y la prolongación de vuestros días” (Deut. 30:19–20).


Pero surge una pregunta inevitable: ¿qué significa realmente “vivir”? En el lenguaje cotidiano decimos que alguien “sabe vivir” o que “no sabe vivir”, pero ¿qué quiso decir Moisés cuando, en el clímax de su misión profética, pidió a su pueblo que eligiera la vida?


El Talmud de Jerusalén (Kidushin 1:7) recoge dos interpretaciones de grandes Tanna’im, Rabí Ishmael y Rabí Akiva. A simple vista, sus explicaciones parecen sorprendentemente simples, incluso decepcionantes, frente a la majestuosidad del texto bíblico.


• Rabí Ishmael enseña que “para que vivas” implica que un padre debe enseñar a su hijo un oficio.
• Rabí Akiva añade que también debe enseñarle artes acuáticas, a nadar y remar.


¿Es posible que Moisés, en su despedida, estuviera hablando de aprender un oficio o de aprender a nadar o remar? ¿Para esto es que Moisés llama al cielo y a la tierra como testigos? ¡La respuesta es sí! Y es profundamente reveladora.

En la antigüedad — y también en la Edad Media — existía el ideal monástico: la creencia de que la vida auténtica, pura y elevada solo podía alcanzarse fuera del mundo, lejos del mercado, del trabajo, de la competencia y del esfuerzo material. La vita contemplativa era considerada superior a la vita activa.

Frente a esa visión, Rabí Ishmael y Rabí Akiva afirman algo radical: la vida que la Torá nos pide elegir no se encuentra en el aislamiento o separación, sino en la creación, en la acción, en el mundo. La vida espiritual no se destila en el silencio de un estanque inmóvil, sino en el movimiento de las aguas de un río:


• en el trabajo cotidiano,
• en la manera en que compramos y vendemos,
• en cómo servimos,
• en cómo nadamos a favor o en contra de la corriente de los acontecimientos.


Para el judaísmo, la bendición de la vida no se encuentra en escapar del mundo, sino en santificarlo desde dentro. La Torá no nos pide abandonar la actividad humana, sino que la elevemos.

Elegir la vida significa elegir una forma de vivir donde lo espiritual se expresa en lo concreto: en el oficio que enseñamos, en la ética con la que trabajamos, en la responsabilidad con la que actuamos. La vida que Moisés describe no es abstracta ni mística; es una vida donde lo divino se manifiesta en lo cotidiano.

Por eso los Sabios interpretan “para que vivas” como la obligación de enseñar un oficio o incluso a nadar: porque la vida verdadera se juega en el mundo real, en la capacidad de sostenerse, de actuar, de crear, de enfrentar las aguas profundas de la existencia.

Cada día se nos presenta la misma elección que Moisés planteó a su pueblo: vida o muerte, bendición o maldición. No en términos dramáticos, sino en los pequeños actos que definen quiénes somos. 

Elegir la vida significa elegir actuar con propósito, con integridad, con amor y con responsabilidad en medio del mundo real. 

Hoy, pregúntate: ¿en qué aspecto concreto de tu vida puedes elegir la vida de manera más plena, más consciente y más sagrada?

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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