Algo para Pensar — Parashá Ki Tavo (viernes, 28 agosto  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shabbat Shalom Lekulam!

“Ordenó Moisés, con los ancianos de Israel, al pueblo, diciendo: Guardaréis todos los mandamientos que yo os prescribo hoy. Y el día que pases el Jordán a la tierra que El Eterno tu Dios te da, levantarás piedras grandes, y las revocarás con cal… Y escribirás muy claramente en las piedras todas las palabras de esta ley… Estas son las palabras del pacto que El Eterno mandó a Moisés que celebrase con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además del pacto que concertó con ellos en Horeb” (Deut. 27:1–2, 8; 29:1).

Cuando pensamos en los pactos entre Dios y el pueblo de Israel, solemos detenernos en dos momentos fundamentales: el pacto con Abraham y el pacto del Sinaí. El primero, el Brit bein haBetarim, garantizó a Abraham descendencia y una tierra (Génesis 15).

El segundo, en Horeb/Sinaí, fue un pacto nacional, donde Dios reveló Su voluntad en forma de mandamientos éticos, morales y rituales (Éxodo 19–24).


Sin embargo, los versículos citados muestran con claridad que existe un tercer pacto, establecido en Moab, justo antes de que Israel cruce el Jordán. La Torá lo declara sin ambigüedad: este pacto se añade al que fue hecho en Horeb.

Surge entonces la pregunta inevitable: ¿por qué era necesario un tercer pacto? ¿Qué faltaba en los dos anteriores? ¿Qué dimensión de la vida judía aún no había sido explicada con claridad?


El pacto con Abraham ya contenía un alcance universal. Cuando Dios le dice: “En ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3), se anticipa que su misión trascenderá su familia inmediata. Más adelante, Dios reafirma esta idea: “Abraham se convertirá en una nación grande y poderosa, y todos los pueblos de la tierra serán bendecidos por medio de él, porque lo he conocido para que ordene a sus hijos… que guarden el camino del Señor, actuando con rectitud compasiva y justicia moral” (18:18–19).

La promesa continúa con Jacob: “Te extenderás al occidente, al oriente, al norte y al sur, y todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu descendencia” (28:14).


La familia hebrea entra en la historia no solo para sí misma, sino para irradiar bendición al mundo. Esta vocación universal no es un añadido tardío: está inscrita desde el comienzo en la visión bíblica de Dios como Creador de toda la humanidad, Aquel que hizo al ser humano a Su imagen y que eligió a Abraham precisamente porque enseñaría justicia y rectitud a las generaciones futuras.


Los primeros capítulos del Génesis narran una secuencia de fracasos morales: desde Adán y las diez generaciones que le siguen, hasta Noé y otras diez generaciones posteriores. Tras el diluvio, Dios establece un pacto moral con toda la humanidad, pero es recién con Abraham y su familia que surge la expectativa de que el mensaje divino — rectitud compasiva y justicia moral — se convierta en una influencia activa para el mundo entero.Mucho antes de que existiera la idea de una “aldea global”, la Torá ya articulaba un ideal de moral universal. 

En el mundo moderno, con su economía global interconectada y la amenaza real de armas de destrucción masiva, la necesidad de un fundamento moral compartido se vuelve aún más urgente.

El mensaje abrahámico no es un lujo espiritual: es una necesidad civilizatoria.Por eso, precisamente cuando Israel está a punto de convertirse en un estado soberano, reunido a orillas del Jordán, aparece el Tercer Pacto.

En ese momento liminal — entre el desierto y la tierra, entre la dependencia divina y la responsabilidad política — Dios ordena erigir grandes piedras y escribir sobre ellas “todas las palabras de esta ley” (Deut. 27:8). 


El mensaje es claro: la entrada a la tierra no es solo un acto nacional, sino un compromiso renovado con una misión ética que debe ser visible, pública, grabada en piedra. Este tercer pacto no reemplaza a los anteriores: los completa. 


Si el pacto con Abraham definió la identidad y el destino, y el pacto del Sinaí definió la ley y la santidad, el pacto de Moab define la responsabilidad histórica: vivir la Torá de manera que su luz alcance más allá de Israel, hacia todas las familias de la tierra. En la Segunda Parte abundaremos al respecto.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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