
Algo para Pensar — Parashá Shoftim (viernes, 14 agosto 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
“Cuando hayas entrado en la tierra que El Eterno tu Dios te da, y tomes posesión de ella y la habites, y digas: Pondré un rey sobre mi, como todas las naciones que están en mis alrededores, ciertamente pondrás por rey sobre ti al que El Eterno tu Dios escogiere; de entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no podrás poner sobre ti a hombre extranjero, que no sea tu hermano.” (Deuteronomio. 17:14-15)
La segunda respuesta la ofrece el gran erudito medieval Rabbenu Nissim. Este sostiene que los contemporáneos de Samuel se equivocaron al intentar fusionar dos funciones incompatibles.
Solicitaron una persona que combinara las características del rey — gobierno ejecutivo secular — y el juez — el cargo legislativo espiritual–: «Dadnos un rey que nos juzgue,» una persona que fuera rey y juez simultáneamente.
Este fue el meollo de su error. Nuestra parashá mantiene estas funciones estrictamente separadas. Primero nos habla de las leyes relativas al juez, y luego dedica un capítulo aparte a las cualificaciones del rey.
Al fusionar ambos roles, dejamos la puerta abierta a la corrupción real y judicial. Ambos cargos deben estar relacionados, pero no pueden ni deben estar en las manos de una misma persona.
Tal es, en efecto, el caso de la religión y el Estado. Existe una relación clara y positiva entre ellos. Hablar de un «muro absoluto de separación» entre la Iglesia y el Estado es ignorar la evidencia histórica.
Sin embargo, nunca deben ser idénticos.
Los políticos deben evitar emitir veredictos sobre cuestiones religiosas; y los rabinos (clerigos) no deben convertirse en políticos ni postularse a cargos políticos mientras continuan siendo líderes religiosos.
Cuando los primeros ministros de Israel intentan pronunciarse sobre asuntos de Halajá, son a la vez peligrosamente aventureros y francamente absurdos. Y cuando los rabinos de Estados Unidos (y Puerto Rico) se aventuran en la política, ponen en peligro su vocación y parecen irremediablemente ingenuos, como niños en el bosque, constituyendo así una fuente de vergüenza para la fe y el pueblo al que representan.
¡Las funciones de rey y juez son dos conceptos separados! Nunca deben confundirse. Dios mismo se indigna cuando se entrelazan.
El libro de Deuteronomio establece un principio fundamental para la organización de la vida nacional en Israel. Este pasaje, aparentemente sencillo, encierra una profunda enseñanza sobre la estructura del poder.
La Torá reconoce que el pueblo puede desear un rey, pero inmediatamente delimita quién puede ocupar ese cargo y bajo qué condiciones. No se trata de un rechazo a la monarquía, sino de una advertencia: el poder político debe estar cuidadosamente regulado.
El error en tiempos de Samuel fue confundir dos roles incompatibles. Rabbenu Nissim, uno de los grandes eruditos medievales, ofrece una lectura iluminante del episodio en el que los contemporáneos del profeta Samuel pidieron un rey. Su crítica es precisa: el pueblo no solo pidió un monarca; pidió una figura que fuera simultáneamente rey y juez.
“Dadnos un rey que nos juzgue”, exigieron. En esa frase, explica Rabbenu Nissim, se esconde el núcleo del error: fusionar el gobierno ejecutivo con la autoridad espiritual y legislativa.
La Torá, en cambio, mantiene ambos roles estrictamente separados. Primero presenta las leyes relativas a los jueces — los guardianes de la justicia — y solo después describe las cualificaciones del rey — el responsable del orden civil y militar. La separación no es accidental: es preventiva. Cuando el poder se concentra, la corrupción se vuelve inevitable.
Un rey que también actúa como juez puede manipular la ley para su beneficio. Un juez que también gobierna puede imponer su autoridad espiritual como herramienta política. La Torá entiende la naturaleza humana y por eso prohíbe que ambas funciones recaigan en una sola persona.
La historia universal confirma este principio:
• Cuando la religión controla al Estado, surge el fanatismo.
• Cuando el Estado controla la religión, surge la opresión espiritual.
• Cuando ambos se confunden, la corrupción se vuelve sistémica.
Hablar de un “muro absoluto de separación” entre religión y Estado es desconocer la historia. Las sociedades se construyen sobre valores, y esos valores suelen tener raíces espirituales. Sin embargo, el que reconozcamos esta relación no significa que debemos borrar los límites.
La estructura de poder que El Eterno establece busca preservar la justicia, la humildad y la integridad. Cuando los seres humanos mezclamos funciones que deben permanecer separadas, abrimos la puerta a abusos que destruyen tanto la vida pública como la vida espiritual.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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