Algo para Pensar — Parashá Shoftim(jueves, 13 agosto  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


“Cuando hayas entrado en la tierra que El Eterno tu Dios te da, y tomes posesión de ella y la habites, y digas: Pondré un rey sobre mi, como todas las naciones que están en mis alrededores, ciertamente pondrás por rey sobre ti al que El Eterno tu Dios escogiere; de entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no podrás poner sobre ti a hombre extranjero, que no sea tu hermano.” (Deuteronomio. 17:14-15)

El pasaje de Deuteronomio que introduce la figura del rey en Israel abre una de las discusiones más profundas de la tradición judía: ¿qué ocurre cuando el deseo humano de orden y estabilidad se encuentra con la voluntad divina, que exige libertad interior y responsabilidad moral? 


La Torá no solo legisla sobre la monarquía; revela una tensión permanente entre la necesidad de un líder visible y el riesgo de que ese líder se convierta en un sustituto de Dios. La Torá presenta la instauración de un rey de un modo sorprendente: no como un decreto unilateral de Dios, sino como una respuesta a un impulso humano. “Cuando digas: Pondré un rey sobre mí…”. 


El texto reconoce que la necesidad de un liderazgo centralizado surge de la experiencia humana: la inseguridad, la comparación con otros pueblos, el deseo de orden y continuidad.


Pero inmediatamente introduce un límite: el rey debe ser elegido por Dios, no por la imitación de modelos extranjeros. La Torá acepta la realidad psicológica y social del pueblo, pero la encauza hacia un ideal más elevado.


Obligación o permiso: dos lecturas, dos visiones del ser humano


El debate entre el rabino Judah y el rabino Nehorai no es técnico; es antropológico.

• Para el rabino Judah, la monarquía es un mandamiento: la sociedad necesita un centro moral y político que la unifique.
• Para el rabino Nehorai, es un permiso: la Torá reconoce la fragilidad humana, pero no la convierte en obligación.


Estas dos posturas reflejan dos modos de entender la naturaleza humana. ¿Somos seres que requieren autoridad para no desviarse, o seres capaces de autodisciplina espiritual sin necesidad de un poder central fuerte?

El enojo de Samuel cuando escucha la petición del pueblo revela una herida interior. El episodio de 1 Samuel 8 parece contradecir la Torá: si Dios ordenó establecer un rey, ¿por qué Samuel se indigna y Dios se disgusta?

La tradición rabínica responde con una sutileza extraordinaria: no fue la petición, sino la motivación.


La Torá no teme al liderazgo fuerte; teme a la imitación vacía. El verdadero peligro no es la monarquía, sino la pérdida de singularidad espiritual.La elección de un rey no es solo un acto político; es un acto espiritual.

Un pueblo que pide un rey para parecerse a otros pueblos está diciendo, sin palabras, que no se siente cómodo con su misión. En cambio, un pueblo que pide un rey para servir mejor a Dios está afirmando su identidad.


El rey, entonces, se convierte en un espejo:
• Si el pueblo busca imitar, el rey será un símbolo de dependencia.
• Si el pueblo busca elevarse, el rey será un símbolo de responsabilidad.

La tensión entre liderazgo y autonomía continúa presente en la actualidad. En sociedades saturadas de modelos externos, tendencias globales y presiones culturales, la pregunta de la Torá resuena con fuerza: ¿elegimos nuestros líderes — políticos, espirituales, culturales — por convicción profunda o por imitación inconsciente?


La Torá nos invita a examinar la raíz de nuestras decisiones. No basta con tener líderes; debemos preguntarnos porqué los queremos y para qué los elegimos. Mañana le echaremos un vistazo a la segunda respuesta.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR) 

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