Algo para Pensar — Parashá  Re’eh(viernes, 7 agosto  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shabbat Shalom Lekulam!

«Del extranjero demandarás el reintegro; pero lo que tu hermano tuviere tuyo, lo perdonará tu mano, para que así no haya en medio de ti mendigo (אֶבְי֑וֹן); porque El Eterno te bendecirá con abundancia en la tierra que El Eterno tu Dios te da por heredad para que la tomes en posesión» (Deut. 15:3-4).


ATENCIÓN: “En caso de un cambio en la presión de la cabina, primero colóquese usted la máscara de oxígeno y luego asista al niño/a sentado a su lado.»


Cada vez que escucho este anuncio en un avión, algo en mí se resiste. ¿Cómo podría un padre, en un momento de crisis, pensar primero en sí mismo antes que en su hijo? Sin embargo, detrás de esta instrucción hay una verdad incómoda profundamente práctica: hay situaciones en las que cuidarnos primero es la única manera de poder cuidar a los demás.


La parashá de esta semana nos invita a explorar precisamente este equilibrio entre la responsabilidad hacia el prójimo y la responsabilidad hacia uno mismo. 


En Deuteronomio 15, donde se detalla la mitzvá de sostener a los pobres, la Torá presenta un mensaje que parece contradictorio. Primero afirma: “no habrá necesitados entre ustedes” (Deuteronomio 15:4), siempre que el pueblo cumpla los mandamientos relacionados con la ayuda al necesitado. Pero apenas unos versículos después declara: “Nunca dejará de haber necesitados en tu tierra, por eso te ordeno que abras tu mano al pobre” (Deuteronomio 15:11).


Para resolver esta tensión, los comentaristas se fijan en la formulación del primer versículo. La expresión “no habrá necesitados entre ustedes” es interpretada por los rabinos como una instrucción dirigida al individuo: “no habrá en ti un solo indigente”. Es decir, la Torá nos ordena evitar caer en la pobreza. Rav Yehudah, en nombre del Rav, lo expresa así:


“El versículo dice: ‘En ti no habrá desamparados’ (Deuteronomio 15:4). Esto enseña que tus preocupaciones financieras tienen prioridad sobre las de los demás” (Baba Metzia 33a).


Esta idea tiene múltiples implicaciones legales. En materia de tzedaká, por ejemplo, está prohibido donar de manera tan generosa que uno mismo termine empobrecido. El Talmud fija un límite máximo del veinte por ciento del patrimonio (Ketubot 50a). 


Además, la tradición establece un orden de prioridades: primero los necesitados de la propia casa, luego los de la ciudad, y solo después los de otras comunidades. El rabino Saadiah Gaón lo resume así: una persona debe asegurar primero su propio sustento antes de estar obligada a sostener a otros (Tur, Yoreh Deah 251).


Para muchos judíos contemporáneos, esta jerarquía puede parecer evidente. Vivimos en una cultura donde la autopreservación — y a veces, la acumulación — domina. El miedo a la inestabilidad económica, especialmente en tiempos de mercados inciertos, puede llevarnos a sentir que nunca tenemos “lo suficiente” como para dar.


Pero el Talmud equilibra esta tendencia. Después de afirmar que uno debe priorizar sus propias necesidades, Rav añade una advertencia crucial:


“Pero quien se establezca tal [estilo de vida], al final caerá en la pobreza” (Bava Metzia 33a).


Rashi explica que quien vive obsesionado con la posibilidad de perder lo que tiene termina liberándose del yugo de la tzedaká y la gemilut hasadim. Y quien se exime de la obligación de dar, inevitablemente empobrece su vida. 


Yosef Karo lo expresa de manera contundente: “Incluso la persona indigente que se sustenta con caridad debe dar de lo que se le ha dado” (Shulján Aruj, Yoreh Deah 248).


Aun así, la Torá ofrece un matiz poderoso al usar la palabra “evión” en lugar de “oni”. Rashi explica que “evión” proviene de taavá, “anhelo”. Un evión no es solo alguien pobre, sino alguien “que anhela todo”.


Ese estado de anhelo permanente es peligroso. Cuando sentimos que nos falta algo esencial — tiempo, energía, propósito, conexión — nos volvemos incapaces de dar. Un rabino espiritualmente agotado pierde la capacidad de inspirar. Un médico que descuida su salud pierde su capacidad para atender y sanar un paciente. Un padre que vive vacío difícilmente tendrá la capacidad para guiar a sus hijos/as.


La mitzvá de “que no haya en ti un evión” no nos invita a encerrarnos en la autosuficiencia ni a aferrarnos a lo que tenemos. Nos invita a atender nuestros propios anhelos para poder dar mejor. A reconocer que la generosidad auténtica nace de la plenitud, no del sacrificio extremo.


Este Shabat, vale la pena preguntarnos:
¿Dónde están nuestras propias “pobrezas”?
¿Qué anhelos hemos descuidado?
¿Tiempo con amigos/as?
¿Conexión espiritual?
¿Salud física y emocional?


Tal vez, al nutrir estas áreas, descubramos que tenemos mucho más para ofrecer a quienes amamos, a nuestra comunidad y al mundo.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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