
Algo para Pensar — Parashá Re’eh(jueves, 6 agosto 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición» (Deut. 11:26)
En mayo de 1944, cuando Europa ardía en llamas y la maquinaria nazi alcanzaba su máximo nivel de brutalidad, una joven judía de dieciséis años llamada Edith Eger fue arrancada de su hogar en Košice, Hungría, junto con su familia y miles de judíos más.
Auschwitz no solo le arrebató a sus padres; intentó arrebatarle su humanidad, su dignidad, y sobre todo su futuro. Sin embargo, no lo logró.
La historia de Edith Eger no es solo un testimonio de supervivencia física. Es un testimonio de supervivencia espiritual. Es la encarnación viviente de una verdad profundamente judía: el ser humano puede perderlo todo, excepto la capacidad de elegir cómo responder.
Cuando Edith preguntó cuándo volvería a ver a su madre, una prisionera le señaló hacia el humo que salía por una chimenea. En ese instante, la realidad del mal absoluto se reveló sin disfraz. Pero incluso allí, en el corazón de la oscuridad, la joven Edith conservó algo que los nazis no podían tocar: su mente, su libertad interior. Su madre se lo había dicho antes del horror: “Recuerda: nadie puede arrebatarte lo que has puesto en tu mente.”
Esta frase, que podría haber sido pronunciada por un sabio del Talmud, se convirtió en su ancla. Décadas después, Viktor Frankl — otro judío, otro sobreviviente testigo del abismo — formularía la misma idea: la última de las libertades humanas es elegir la actitud con la que enfrentamos el sufrimiento.
Edith Eger insiste en una diferencia crucial:
• La victimización viene de afuera.
• El victimismo nace adentro.
Debemos reconocer que el ser humano puede ser golpeado por fuerzas que escapan a su control: enemigos, enfermedades, injusticias, tragedias. Pero también debemos estar conscientes que la dignidad humana reside en no permitir que estos golpes definan nuestra esencia.
El judaísmo no culpa a la víctima. Pero sí afirma que la sanación comienza cuando dejamos de definirnos exclusivamente por lo que nos hicieron. La identidad judía no nace del trauma, sino de la elección: “Naasé venishmá”, “Haremos y escucharemos”. Acción antes que reacción. Responsabilidad antes que resignación.
Eger lo expresa con claridad: “Nadie puede convertirte en víctima, excepto tú mismo.” No niega el dolor. No minimiza el horror. Pero rechaza que el sufrimiento se convierta en identidad. Esta es una enseñanza profundamente judía: el dolor es real, pero no es un destino.
La pregunta que Edith se hizo después de Auschwitz no fue “¿Por qué me pasó esto?”, sino “¿Cómo puedo usar mi sufrimiento para ayudar a otros?” Esa pregunta transforma la herida en fuente de luz. Es la misma pregunta que atraviesa la historia judía: ¿cómo convertir la esclavitud en libertad, el exilio en retorno, la destrucción en renovación? El judaísmo no romantiza el dolor, pero sí cree en la capacidad humana de redimirlo.
Edith Eger, eventualmente convertida en psicóloga, dedicó su vida a acompañar a otros en sus propios valles de sombra. Su libro The Choice no es solo una autobiografía; es una declaración espiritual: siempre hay una opción.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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