¿Es irracional creer en Dios?
por Steve Wenick
Sin embargo, la ciencia, bien entendida, se fundamenta en la humildad intelectual. Sigue la evidencia a donde le lleve, reconoce los límites del conocimiento actual y permanece abierto a nuevos descubrimientos.
Por eso me resulta difícil conciliar la certeza absoluta sobre la inexistencia de Dios con el espíritu científico. La ciencia tiene un éxito extraordinario en la investigación del mundo natural, pero no puede evaluar lo que hay más allá de la naturaleza misma. Puede explicar muchos de los mecanismos por los que funciona el universo, pero no puede responder porqué existe un universo, porqué sus leyes están tan extraordinariamente ordenadas o porqué existe algo en lugar de nada.
Esas son preguntas filosóficas, no científicas.
Decir que Dios no ha sido detectado por instrumentos científicos es una cosa. Concluir que no existe ningún Dios en ninguna parte es algo muy distinto. Esa no es una conclusión científica. Se trata de una afirmación filosófica.
El difunto Gran Rabino del Reino Unido, Lord Jonathan Sacks (que en paz descanse), expresó esta distinción de forma magistral: “No creo en el mismo Dios en el que no creen los ateos.”
El Dios del judaísmo no es un ser sobrenatural que reside en algún lugar del universo esperando ser descubierto. Es la fuente eterna de la existencia misma, Aquel que trasciende el espacio, el tiempo, la materia y la energía. Como declara la Torá: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” El Génesis no pretende explicar cómo surgió el universo; responde a la pregunta más profunda de porqué existe el universo.
Para mí, la creencia en Dios no se basa en un solo argumento, sino en lo que los filósofos llaman un caso acumulativo. El universo tuvo un comienzo. Sus constantes físicas están exquisitamente ajustadas para la vida. La conciencia surgió de la materia. Los seres humanos poseen razón, reconocen verdades morales objetivas, aprecian la belleza y buscan continuamente el sentido de la vida. Ninguna de estas realidades por sí sola prueba la existencia de Dios. Sin embargo, en conjunto, apuntan a una inteligencia trascendente de forma mucho más convincente que la creencia de que todo surgió de la nada por mera casualidad.
Por mi parte, no pretendo tener pruebas empíricas de la existencia de Dios. Simplemente considero que la creencia en un Creador explica mejor la evidencia que tenemos ante nosotros. Contrario a lo que algunos ateos pretenden hacerme creer, no me parece racional concluir que todo lo que existe se creó a sí mismo de la nada.
La razón es uno de los mayores dones de la humanidad, pero no está exenta de límites. La mente humana, finita, no puede pretender comprender todos los aspectos de una realidad infinita. Siempre habrá preguntas que escapen al alcance de la experimentación científica y la deducción lógica, no porque carezcan de sentido, sino porque trascienden lo que la razón por sí sola puede establecer. Reconocer esos límites no es una rendición intelectual, sino humildad intelectual. La fe comienza donde la razón nos ha llevado hasta donde puede.
Cuando contemplo el cielo nocturno, no solo veo miles de millones de estrellas dispersas en un universo indiferente. Veo un cosmos de orden, belleza e inteligibilidad sobrecogedores: un universo regido por elegantes leyes matemáticas que hacen posible la vida, la conciencia, el amor y la responsabilidad moral. Cada nuevo descubrimiento científico profundiza, en lugar de disminuir, mi asombro. La inmensidad del universo no hace a Dios más pequeño; lo hace infinitamente más grande.
El rabino Sacks observó una vez: “La ciencia descompone las cosas para ver cómo funcionan. La religión las une para ver qué significan.” Ambas búsquedas son esenciales. La ciencia revela la grandeza de la creación; la fe revela su significado.
El rey David capturó esta verdad hace tres mil años: “Los cielos cuentan la gloria de Dios; el firmamento anuncia la obra de sus manos.” No puedo probar la existencia de Dios con un telescopio ni con un microscopio. Pero cuanto más contemplo la majestuosidad, la belleza y la asombrosa coherencia del cosmos, más convincente me resulta la creencia de que la creación apunta más allá de sí misma hacia su Creador.
Steve Wenick es crítico literario independiente para HarperCollins Publishing y Simon & Schuster. (Traducción: drigs, CEJSPR)



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