La lucha por el futuro de la comunidad judía se está librando ahora mismo en Europa
Pini Dunner
El próximo jueves, los judíos de todo el mundo comenzarán las Tres Semanas, el período anual de luto por la destrucción de la antigua Jerusalén y sus dos magníficos Templos, junto con la pérdida de la soberanía judía, primero a manos de los babilonios y luego de los romanos.
Solemos imaginar la destrucción como un evento dramático pero aislado: un asedio militar, murallas derribadas, edificios incendiados, soldados marchando por las calles sembrando la violencia y el caos. Pero la historia judía enseña que la destrucción comienza mucho antes de la llegada de los batallones.
Una y otra vez, comienza cuando la cultura dominante decide que la singularidad judía es intolerable. Precisamente por eso, el último ataque contra la vida judía en Europa no debe tratarse simplemente como un asunto político o legal que requiere solución. Es el comienzo de una ola de violencia que, en última instancia, podría acabar con la vida judía en Europa.
El mes pasado, la fiscalía belga inició un proceso judicial contra los mohalim de Amberes por «agresión intencional con premeditación contra menores» y por el ejercicio ilegal de la medicina, alegando que habían realizado la circuncisión judía (brit milá) a bebés judíos sin licencia médica belga. En otras palabras, el Estado belga ha convertido uno de los rituales más antiguos e indispensables del judaísmo en un ataque criminal premeditado contra un niño.
Cabe aclarar que este argumento contra la circuncisión judía no es nuevo. El lenguaje es diferente y los mecanismos burocráticos más sofisticados, pero el mensaje subyacente sigue siendo inquietantemente familiar: los judíos pueden vivir entre nosotros, pero el judaísmo debe primero ajustarse a nuestra definición de civilización ilustrada.
Un mohel negligente no debería estar amparado por su fe, del mismo modo que un médico descuidado no debería estar protegido por su título. La formación, la supervisión y las normas claras no son enemigas de la tradición judía. Pero el enfoque de Bélgica va mucho más allá de la regulación.
Un mohel no es simplemente un médico sin licencia. Él es el agente capacitado de un pacto que ha definido la identidad judía durante casi 4000 años. Clasificar el brit milá simplemente como un procedimiento médico ya es un grave error de categorización. Acusar a un mohel como si fuera un agresor es poner al judaísmo mismo en el banquillo de los acusados.
Hace más de dos milenios, el régimen helenístico de Antíoco comprendió perfectamente lo que representaba la circuncisión. La circuncisión fue prohibida en Judea, junto con la observancia del Shabat, el estudio de la Torá y otros pilares de la vida judía. El objetivo no era simplemente impedir un ritual; era crear una sociedad en la que los judíos dejaran de ser judíos.
El Primer Libro de los Macabeos describe el precio que pagaron quienes se resistieron. Las mujeres que circuncidaban a sus hijos eran ejecutadas, y sus bebés eran colgados del cuello. Familias y mohalim eran asesinados con ellos. El pasaje es espeluznante porque las víctimas comprendían lo que comprendían sus perseguidores: sin el pacto, la continuidad judía misma estaba en peligro.
Pero no todos los judíos se resistieron. Algunos judíos, desesperados por integrarse en la sociedad griega, intentaron ocultar las pruebas de su circuncisión. En el gimnasio, donde los atletas competían desnudos, el cuerpo judío era visiblemente diferente. Por ello, se sometieron a un procedimiento conocido como epispasmo, que consistía en estirar la piel restante hacia adelante para disimular o revertir parcialmente la circuncisión.
La literatura rabínica denomina a esta persona mashukh —alguien que ha recuperado la apariencia de no estar circuncidado —. Es difícil imaginar un símbolo más inquietante de asimilación. Estos judíos no solo dejaron de observar una mitzvá, sino que intentaron borrar el pacto de sus propios cuerpos.
Ese momento histórico pone de manifiesto las dos fuerzas que siempre han amenazado la supervivencia judía. La primera es la coerción externa: el gobernante declara que la práctica judía es primitiva, cruel o incompatible con el bien común.
La segunda es la rendición interna: los judíos concluyen que la aceptación justifica el precio de volverse menos visibles, menos obstinados y, en última instancia, menos profundamente judíos. El mundo antiguo les ofrecía a los judíos un trato: podían pertenecer a la sociedad, siempre y cuando dejaran de parecer y comportarse como judíos.
La Europa moderna se horrorizaría ante cualquier comparación con precedentes tan brutales. Pero la ausencia de intención asesina no significa la ausencia de peligro. La vida judía puede debilitarse sin que nadie ordene su destrucción. Puede llegar a ser imposible de regular, práctica por práctica, por funcionarios que insisten sinceramente en que actúan de manera neutral y humana.
Bajo el dominio romano, la circuncisión volvió a ser un punto de conflicto. Algunos historiadores creen que la prohibición de la circuncisión por parte de Adriano fue uno de los catalizadores de la revuelta de Bar Kojba. Lo cierto es que el mundo grecorromano consideraba con frecuencia la brit milá una mutilación bárbara. Lo que los judíos entendían como un pacto sagrado, la cultura dominante lo veía como una afrenta al cuerpo. Este choque de definiciones nunca ha desaparecido del todo.
Durante décadas, la Europa de posguerra ha insistido en que la vida judía tiene cabida en el continente. Se protegen las instituciones judías, se financian los monumentos conmemorativos del Holocausto y los líderes europeos hablan con frecuencia y gran emoción sobre la contribución judía a la civilización. Europa necesita comunidades judías vivas como prueba de que ha superado los odios que culminaron en el Holocausto, y los judíos se han convertido en testigos indispensables de la reivindicación europea de rehabilitación moral.
Sin embargo, el interés de Europa por la presencia judía parece cada vez más vacío y superficial. Europa sustentó una floreciente civilización judía durante más de mil años, pero también fue testigo de algunas de las peores atrocidades de la historia contra los judíos. Los pogromos, las expulsiones, la persecución y la intolerancia fueron constantes en la vida judía europea. Ahora, una vez más, un país europeo está creando condiciones que podrían expulsar a los judíos.
La presión sobre los judíos para que se desvinculen de sus creencias y prácticas fundamentales se ha vuelto implacable en toda Europa. Ya sea el apego a Israel, la shejitá, la brit milá, la educación judía o la identidad judía visible, todo se considera cada vez más un obstáculo que los judíos deben superar para lograr la aceptación incondicional.
Europa acoge con entusiasmo a los judíos cuando el judaísmo es cultural, histórico y se practica de forma segura. Los museos judíos, los conciertos de klezmer, los monumentos conmemorativos del Holocausto y los discursos dignos sobre la tolerancia son perfectamente aceptables. La dificultad surge cuando los judíos insisten en vivir como judíos.
Algunos funcionarios europeos han declarado, con razón, que la prohibición de la circuncisión equivaldría a una prohibición de la vida judía. Bélgica, hogar de una comunidad judía desde la Edad Media, debería tomar nota. Cualquier sistema que excluya de la ley una práctica religiosa ancestral e indispensable, y que luego persiga a quienes la practican por no acatar este nuevo marco legal, es, simple y llanamente, discriminatorio.
A medida que se acercan las Tres Semanas, debemos recordar que la ruptura violenta que conlleva la destrucción total rara vez se produce sin fisuras previas. La aniquilación de la vida judía no comienza con turbas y pogromos. Comienza con declaraciones tranquilizadoras de que los judíos siguen siendo bienvenidos, seguidas de una creciente lista de prácticas y comportamientos judíos que ya no lo son.
La brit milá no es un mero accesorio cultural judío. Es un pacto con Dios y una declaración de que la vida judía está destinada a perdurar en la próxima generación. Por lo tanto, si bien los mohalim pueden estar siendo juzgados en Bélgica, el verdadero acusado es la brit milá misma, y el veredicto final recaerá sobre Europa.
El autor es rabino en Beverly Hills, California.
Traducción: drigs, CEJSPR



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