Algo para Pensar — Parashá Koraj (lunes, 15 junio  2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)

¡Shavua Tov Lekulam!

«Y se unieron contra Moshé y Aharón y les dijeron: “¡Ya es suficiente! Toda la comunidad es santa, y El Eterno está en medio de ellos. ¿Por qué, entonces, se elevan ustedes por encima de la asamblea de El Eterno?” (Números 16:3)


Tras el regreso de los espías con un informe desalentador sobre la tierra de Israel, el pueblo decidió no avanzar. La respuesta divina fue tajante: esta generación no entrará en la tierra prometida; morirá en el desierto. 


Al escuchar este decreto, Moshé no intercedió por ellos como lo había hecho en ocasiones anteriores; esta vez aceptó el veredicto sin pedir clemencia.


Esa ausencia de defensa generó descontento y desconfianza hacia su liderazgo. Coraj (Coré) detectó en este momento la oportunidad para desafiarlo públicamente. Con el pueblo ya cuestionando a Moshé y responsabilizándolo por la tragedia de los espías, Coraj logró reunir apoyo y simpatía entre los israelitas.


Explica el Rambam que esta cadena de acontecimientos revela una enseñanza profunda sobre la condición humana. La iniciativa de enviar espías no vino de Dios, sino del propio pueblo, a pesar de que ya se les había prometido una tierra buena. Ellos insistieron, y cuando los espías regresaron con malas noticias, se rebelaron contra Dios. 


La culpa del desastre recaía claramente sobre la nación, no sobre Moshé. Fueron ellos quienes propusieron la misión y quienes, al escuchar el informe, rechazaron la promesa divina. Sin embargo, en vez de asumir su responsabilidad, culparon a Moshé Rabenu.
Este patrón no es exclusivo del pasado. 

En la sociedad contemporánea, la tendencia a evadir la responsabilidad personal es común. 

Abogados defensores justifican los crímenes de un asesino en serie señalando traumas de la infancia.

Terapeutas aseguran a sus pacientes que sus fallos no son realmente suyos, sino consecuencia de la crianza recibida.

Ejecutivos acusados de fraude comparecen ante la prensa diciendo vagamente: “Se cometieron errores”, sin admitir jamás que ellos mismos los cometieron.


El judaísmo, en cambio, enseña que uno debe reconocer sus faltas sin excusas. La confesión — Viduy — ocupa un lugar central en nuestra tradición. En Yom Kipur repetimos: “Jatati, Aviti, Pashati” (He pecado, he actuado mal, he transgredido). 


Si la mentalidad moderna recitara un Viduy, diría: “Mi padre ha pecado, mi madre ha pecado, mi amigo ha pecado…”, desplazando la culpa hacia otros, tal como hicieron los hijos de Israel cuando responsabilizaron a Moshé por el fracaso de los espías.


Aunque cierto es que las experiencias y nuestro entorno influyen en nosotros, seguimos siendo seres dotados de libre albedrío. 
Por ello, debemos asumir plenamente las consecuencias de nuestras acciones y no buscar liberarnos de la culpa señalando a terceros.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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