
Algo para Pensar — Parashá Shlaj (miércoles, 10 junio 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Envía hombres para explorar la tierra de Canaán, la que entrego a los hijos de Israel; de cada tribu enviaréis un representante, cada uno un líder entre ellos” (Números 13:2).
¿Por qué Moisés accedió a la petición de quienes querían enviar espías a inspeccionar la tierra prometida por El Eterno?
Los comentaristas discrepan profundamente sobre el carácter de estos enviados: algunos los consideran justos, otros los ven como personas ingenuas, y otros más los describen como malvados.
Yo me inclino por una cuarta lectura, la del Midrash Tanjumá, que los califica como “kesilim”, un término que puede significar bribones, pero sobre todo necios. Es decir, eran inmaduros, casi infantiles.
Moisés, en lugar de tratarlos con firmeza, los trató con excesiva suavidad, como un padre que consiente demasiado a sus hijos pequeños.
En Deuteronomio 1:23, al recordar el episodio, Moisés dice: “Vayitav be’einayhadavar”, usualmente traducido como “me pareció bien el plan”. Pero si realmente le pareció bien, ¿cómo Rashi puede decir que Moisés no lo aprobó del todo y que, al consultar con la Presencia Divina, fue desalentado?
Propongo que la frase puede entenderse de otro modo: “Yo, Moisés, decidí ser bueno con ustedes.” Y por supuesto, Moisés se equivocó. Porque ser bueno no siempre equivale a hacer el bien. A veces es preferible la firmeza de carácter a la indulgencia.
Moisés ya conocía las consecuencias de la debilidad excesiva. Tras el pecado del Becerro de Oro, cuando intercede por el pueblo, llega incluso a insinuar que Dios mismo contribuyó al problema.
El Talmud (Yoma 86b) relata que Moisés dijo: “Señor, el oro y la plata que les diste en abundancia — tanto que tuvieron que decir ‘¡basta!’— fue lo que los llevó a fabricar un becerro de oro”. Es decir: Tú los colmaste de riquezas y ellos terminaron idolatrando aquello que recibieron.
De aquí aprendemos que, en nuestra vida personal, profesional y especialmente familiar, no siempre conviene ser “bueno”.
A veces, en nombre de la generosidad o el cariño, sembramos dificultades futuras para la misma persona que queremos beneficiar.
En resumen, a la pregunta “¿Vale la pena ser bueno?” hay que responder distinguiendo dos sentidos.
Si significa: “¿Me conviene hacer el bien?”, la pregunta carece de sentido. No hacemos el bien porque sea rentable, sino porque, como judíos, estamos llamados a hacerlo.
Pero si significa: “¿Conviene ser bueno con esta persona en particular?”, entonces la respuesta depende de su madurez, su equilibrio y su capacidad para recibir la bondad sin que esta lo perjudique. Es una cuestión que exige discernimiento y conocimiento preciso de la situación.
Tan difícil es saber cuándo la bondad ayuda y cuándo daña, que incluso Moisés llegó a cuestionar a Dios en este punto. Por eso, debemos confiar en Él y pedir que Su bondad hacia nosotros sea siempre medida y adecuada.
En la bendición de Rosh Jodesh pedimos una “vida en la que se cumplan los deseos de nuestro corazón”, pero añadimos “letová”, es decir: que solo se cumpla aquello que realmente es para nuestro bien. ¡Amén selá!
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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