
Algo para Pensar — Parashá Nasó (martes, 26 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Habla a Aarón y a sus hijos y diles: Así bendeciréis a los hijos de Israel, diciéndoles: Que el Eterno te bendiga y te proteja; que el Eterno ilumine Su rostro sobre ti y te conceda gracia; que el Eterno eleve Su rostro hacia ti y te otorgue paz.” (Números 6:23–26)
En la parashá de esta semana encontramos el mandato divino que instruye a los sacerdotes a bendecir al pueblo de Israel mediante esta triple bendición.
La primera frase declara: “El Eterno te bendiga y te guarde”. En la tradición judía, una berajá se entiende como hosafá: aumento, expansión, crecimiento. Es una expresión de jesed. En cambio, “guardar”, shemirá, alude siempre al autocontrol moral y a la contención ética, como vemos en la expresión “hishamer lekha pen…” (Génesis 24:6).
Así, los sacerdotes transmiten la bendición divina deseando que la persona reciba abundancia, más de lo que posee ahora; pero que esa abundancia esté acompañada de shemirá:
que conserve su sencillez, que vea su riqueza como un encargo y no como un derecho absoluto, que mantenga su dignidad y domine la arrogancia. Solo así la bendición se vuelve auténtica.
De hecho, la cualidad de la gevurá — la fuerza moral — es esencial para la vida religiosa judía. Lo que distingue al judaísmo no son las festividades, pues otros pueblos también las tienen, ni los edificios de culto, pues otras religiones también poseen templos.
Lo que define al judaísmo es la Halajá, el marco normativo que abarca cada dimensión de la vida. Vivir según la ley judía, cumplir mitzvot, es una forma de valentía espiritual: implica aprender a dominar los propios impulsos en todas las etapas de la existencia.
El deseo de comer sin límites se modera mediante la disciplina de la kashrut. El impulso de explotar la naturaleza — en la industria, la agricultura o el comercio — se frena con el descanso del Shabat, tal como lo ordena la ley. La pasión y la lujuria, aquello que la Torá llama hesed y Freud denomina libido, se encauzan mediante la gevurá del código moral de la Torá.
Esta vida disciplinada es la verdadera fortaleza del judío. Como enseñan los sabios: “Ein giborim ela giborei Torá”, “No hay héroes como los héroes de la Torá” (Avot de Rabí Natán 1:23).
Con esto podemos comprender porqué uno de los personajes más admirados de la Biblia es llamado Sansón ha Gibor, el hombre fuerte, el héroe. Si su grandeza hubiera consistido únicamente en ko’aj, fuerza física, no habría sido distinto de cualquier filisteo. Su misión era mantener esa fuerza corporal subordinada a su gevurá, su poder espiritual y su valentía moral.
Su verdadera grandeza residía en ejercer más dominio sobre sí mismo que sobre sus enemigos.
Lamentablemente, Sansón no siempre logró sostener ese nivel. En un momento decisivo, cuando cedió a la tentación de Dalila y perdió su gevurá moral, su fuerza física se volvió inútil. Su poder no estaba en sus músculos, sino en su espíritu; no en sus bíceps, sino en su integridad. Cuando su espíritu falló, todo lo demás se derrumbó.
Quizá todo pueda resumirse en la enseñanza de Pirkei Avot (4:1): “¿Quién es fuerte? Aquel que domina su inclinación [al mal]”
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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