Shavuot y el genio perdurable del Sinaí

Por Pini Dunner

“La gente no compra lo que haces, compra porqué lo haces”. Esta famosa observación del autodenominado “optimista inquebrantable” Simon Sinek se ha convertido en un mantra en el mundo empresarial.

Las grandes marcas invierten fortunas intentando definir su “misión”, los directores ejecutivos se obsesionan con los “valores fundamentales”, mientras que los consultores de marca construyen toda su carrera ayudando a las organizaciones a descubrir su “propósito”.

Pero lo curioso es que la mayoría de la gente ya sabe que el propósito importa. El verdadero problema no es descubrir el propósito, sino recordarlo.

Los seres humanos olvidamos. Olvidamos porqué iniciamos relaciones. Olvidamos porqué aceptamos un trabajo. Olvidamos porqué nos mudamos a un lugar, nos unimos a algo, creímos en algo, luchamos por algo. Con el tiempo, la rutina se impone y el propósito se desvanece como un papel tapiz que ya no se percibe.

Los psicólogos a veces se refieren a esto como “habituación”. Lo extraordinario se vuelve ordinario simplemente porque se repite con la suficiente frecuencia. Uno se acostumbra tanto a algo que deja de notarlo. La primera vez que escuchas una pieza musical, te fijas en cada nota. A la centésima vez, se ha convertido en música ambiental.

¿Y sabes qué? Lo mismo ocurre con los ideales. En 1973, investigadores de Princeton llevaron a cabo uno de los experimentos psicológicos más famosos de la psicología moderna. Se pidió a estudiantes de seminario que prepararan charlas sobre temas religiosos y éticos, muchas de ellas centradas en la bondad, la compasión y la ayuda a los demás.

De camino a dar la conferencia, pasaron junto a un hombre desplomado en una puerta, tosiendo y visiblemente angustiado. Sorprendentemente, muchos simplemente lo ignoraron y siguieron su camino apresuradamente. ¿Por qué? Porque pensaban que llegarían tarde.

Lo que descubrieron los investigadores fue algo profundamente incómodo sobre la naturaleza humana: incluso las personas inmersas en la moral y la espiritualidad pueden perder de vista sus valores más preciados cuando se distraen con la presión, los plazos de entrega y la rutina.

Y cuando se trata de religión, este desafío puede ser el más difícil de todos. La práctica religiosa puede volverse engañosamente mecánica, convirtiéndose en un ritual sin significado y una práctica sin pasión.

Ese peligro es especialmente real en el judaísmo, debido a su estructura y minuciosidad. Rezamos las mismas oraciones a diario. Observamos el Shabat cada semana. Celebramos las mismas festividades cada año. El ritmo puede ser hermoso y brindarnos estabilidad, pero también puede convertirse en algo automático.

Y quizá sea precisamente por eso que el calendario judío incluye una festividad cuyo propósito es devolvernos al momento en que descubrimos quiénes éramos y porqué existimos.

De todas las festividades judías, Shavuot es la menos comprendida. Y es una lástima, porque Shavuot conmemora el momento más transformador de la historia judía: la entrega de la Torá por Dios en el Monte Sinaí.

No se trata de redención, ni de supervivencia, ni de victoria; se trata de propósito. En el Sinaí, el pueblo judío descubrió su razón de ser. Hasta ese momento, los israelitas eran esencialmente una nación de refugiados vagando por el desierto. Sí, habían experimentado milagros y escapado de la esclavitud en Egipto. Pero la libertad por sí sola no basta. Un pueblo no puede sobrevivir sin rumbo.

De hecho, una de las grandes ironías de la historia es que la libertad misma puede volverse destructiva cuando carece de un propósito moral. La historia está llena de movimientos que lograron liberarse de la opresión, solo para caer en el caos porque carecían de un marco moral compartido que reemplazara lo que habían destruido.

La Revolución Francesa comenzó con una retórica grandilocuente sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero rápidamente degeneró en el Reinado del Terror, ejecuciones públicas, violencia multitudinaria, y finalmente, la dictadura de Napoleón.

En el siglo XX, muchos estados poscoloniales recién independizados de África y Asia lograron la liberación del dominio europeo en medio de un enorme optimismo, solo para caer víctimas de la corrupción, los conflictos tribales, los golpes militares o los dictadores autoritarios.

La libertad por sí sola no bastaba. Liberarse de las cadenas es fácil comparado con construir una sociedad guiada por la responsabilidad, la moderación y los valores compartidos. Sin estos elementos, la libertad puede volverse inestable, autodestructiva e incluso violenta.

Curiosamente, la experiencia estadounidense de hace 250 años fue muy diferente. Estados Unidos emergió de la revolución sin caer en la anarquía ni el terror, y la razón es fácil de identificar.

Si bien los Padres Fundadores insistieron en la separación de la Iglesia y el Estado, no creían en separar la moral de la vida pública. Por el contrario, la república estadounidense estaba profundamente arraigada en la ética bíblica y la moral religiosa. Los fundadores hablaban constantemente de la virtud, la responsabilidad, la Providencia y las obligaciones morales necesarias para la supervivencia de la libertad.

John Adams escribió célebremente que la Constitución se creó “solo para un pueblo moral y religioso,” advirtiendo que resultaba inadecuada para cualquier otro tipo de sociedad. En otras palabras, la libertad estadounidense nunca pretendió significar una autonomía personal ilimitada.

La libertad debía operar dentro de un marco de responsabilidad, ética, autocontrol y creencia en valores superiores. Ese fundamento moral bíblico se convirtió en la estructura invisible que sostenía la república, incluso en una sociedad comprometida con la libertad religiosa y el secularismo institucional.

Es una idea que se siente especialmente urgente en la actualidad. Vivimos un momento cultural en el que la libertad se define cada vez más como la ausencia de restricciones, la eliminación de obligaciones y el rechazo de cualquier autoridad que no sea la propia.

El mundo occidental moderno celebra la autonomía casi como una virtud absoluta: “mi verdad,” “mi elección,” “mi realidad.” Pero una sociedad construida enteramente en torno al apetito individual acaba perdiendo su cohesión. Los valores compartidos se erosionan. Las instituciones se debilitan. El discurso público se vuelve tóxico. Las personas se sienten a la vez más libres y más perdidas.

Por eso Shavuot tiene tanta importancia. Porque Shavuot celebra el momento en que el pueblo judío descubrió que la libertad por sí sola no basta. La salida de Egipto fue solo el comienzo. En el Sinaí, los israelitas recién liberados aprendieron que la verdadera libertad requiere estructura, responsabilidad, disciplina y un propósito moral.

La Torá no fue dada para restringir el florecimiento humano, sino para posibilitarlo. Sin un marco moral, la libertad acaba desmoronándose en confusión y conflicto. El Sinaí transformó a un grupo de esclavos liberados en una nación unida por un pacto, ligada por obligaciones, ideales y un sentido de propósito superior compartidos.

Porque, en definitiva, el judaísmo nunca tuvo la intención de ser un conjunto de rituales vacíos o hábitos heredados que se realizaban de forma automática. Shavuot llega cada año para recordarnos que, bajo cada mitzvá, cada tradición, cada oración y cada compromiso judío, subyace una pregunta más profunda: ¿por qué hacemos esto?

Y quizás ahí reside la genialidad perdurable del Sinaí. No solo dio al pueblo judío leyes que obedecer; les dio una razón de ser. Porque, en última instancia, lo que más importa no es lo que haces, sino por qué lo haces.

El autor es rabino en Beverly Hills, California.

Traducción: drigs, CEJSPR

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