Parashat Bamidbar: El desierto como destino
Rabbi Dr. Nathan Lopes Cardozo
“El primer día del segundo mes, en el segundo año después del éxodo de Egipto, el Eterno habló con Moisés en el desierto de Sinaí, en la Tienda del Encuentro… (Números 1:1)
El Libro de Números nos enseña que no hay atajos para la verdadera religiosidad. Para alcanzarla, es necesario vivir durante años en un desierto lleno de peligros: animales salvajes, tormentas, guerras y un calor insoportable.
Sin duda, no es casualidad que la Torá comience este libro con las palabras: “El Señor habló con Moisés en el desierto de Sinaí.” El desierto no es simplemente un lugar geográfico; es una condición espiritual.
Pero si bien el camino es peligroso, el mayor logro es el viaje en sí, no el destino final.
Ser plenamente religioso no es posible. Vivir en la constante conciencia de que existimos en la presencia de Dios sería tan abrumador que nos paralizaría por completo. Solo se puede intentar con sinceridad.
La transformación instantánea es imposible.
Los israelitas comenzaron como un grupo de esclavos liberados que no tenían idea de cómo lidiar con su recién adquirida libertad. Antes de que pudiera haber un cambio significativo, primero necesitaban aprender qué significaba realmente la libertad: no solo liberarse del yugo de la esclavitud, sino aceptar una misión sublime de grandeza espiritual y moral.
Libertad sin transformación
Sin embargo, lo que la Torá y toda la historia judía nos enseñan es que los judíos continuaron luchando por la libertad, pero nunca la interiorizaron por completo.
La primera generación que salió de Egipto fracasó en su intento de ser libre. Era simplemente demasiado. Esa generación solo pudo sentar las bases para la siguiente, la nacida en el desierto. Algo tiene que morir para que algo nuevo pueda crecer en su lugar. Pero incluso esa segunda generación no tuvo éxito completo.
Con la entrega de la Torá en el Sinaí, cabía esperar que el impacto de la esclavitud finalmente se superara y que el pueblo judío descubriera la auténtica libertad espiritual. Pero no sucedió.
El pueblo no cambió fundamentalmente. La naturaleza humana está atrapada en una red infinita de enredos que se resisten a toda novedad y luchan contra todo intento de transformación.
La gran decepción de Moisés
Esto explica en gran medida la tensión constante entre Moisés y el pueblo. Tras las diez plagas de Egipto, la división del Mar Rojo y la entrega de la Torá, Moisés comprendió que ningún milagro podía producir un cambio real. Mucho seguía igual que antes.
De hecho, la transgresión más grave estaba por llegar con el adulterio entre los israelitas y las mujeres de Moab y Madián (Números 25:1-3). “El pueblo comenzó a fornicar con las hijas de Moab.” Si algo demostró lo poco que habían cambiado los israelitas, fue este incidente. ¿Cómo pudo suceder esto después de todos los milagros, después de todo lo que el pueblo había vivido?
¿Qué pasó con el gran sueño de Moisés de que el pueblo judío se convirtiera en “un reino de sacerdotes y una nación santa” (Éxodo 19:6)?
Incluso Dios, por así decirlo, está profundamente dolido. Su gran plan para el pueblo judío no se desarrolló como esperaba.
Quedó claro que el pueblo judío nunca sería plenamente religioso. La Torá entregada en el Sinaí no produjo la transformación espiritual esperada. Algunas de sus exigencias eran demasiado idealistas, demasiado difíciles, demasiado perturbadoras o, simplemente, estaban más allá de la capacidad de los seres humanos comunes.
Ante esta tensión, los sabios de Israel se propusieron humanizar, suavizar y cultivar las exigencias de la Torá para que el judaísmo fuera viable para un pueblo que luchaba con su compromiso religioso.
Pero ni siquiera eso funcionó del todo.
La religión como riesgo espiritual
¿Por qué no abandonar el plan y admitir el fracaso? ¿Por qué no argumentar que convertirse en una nación santa es una misión imposible? ¿Por qué continuar con un sinfín de ensayos y errores?
La respuesta es clara: el ensayo y error es precisamente la esencia de la religión.
El proceso de aprender, crecer, fracasar y refinar la fe a través de la experiencia, los errores, los contratiempos y los nuevos intentos es, en sí mismo, la esencia de la religión. Es el camino espiritual, con todas sus dificultades y tropiezos, lo que hace que la religión sea auténtica.
Como enseñaron los sabios: “Nadie comprende plenamente las palabras de la Torá a menos que haya tropezado con ellas” (Talmud babilónico, Gittin 43a).
Y esta es también la naturaleza del pueblo judío, y lo que da lugar a una esperanza realista: no la esperanza de convertirse completamente en una nación santa, sino la de esforzarse por serlo sabiendo que la tarea nunca se completará.
Esta es una nación diferente a cualquier otra.
El desierto entre la ley y la libertad
No es casualidad que el Libro de los Números se desarrolle en el desierto. El desierto es profundamente simbólico. Es un lugar peligroso, donde se quebrantan las normas y se forjan nuevas identidades; un lugar desprovisto de los controles y equilibrios habituales de la civilización.
Dentro de esta frágil dualidad reside una profunda fortaleza: la ley y la libertad chocan, pero también se abrazan.
Es sumamente significativo que muchos de los requisitos existenciales habituales para una nación y una religión estén ausentes en el caso de los judíos. Demasiado orden conduce a la dictadura divina; muy poco orden conduce al caos.
Esta es la razón por la que la Torá escrita e incluso la oral nunca se convirtieron en la última palabra, y por la que la codificación en forma de Halajá nunca tuvo verdadero éxito. Es la combinación de ley, espíritu, discernimiento humano, intuición moral y sensibilidad emocional lo que constituye el camino a seguir.
Solo de esta manera se puede aspirar continuamente a convertirse en un reino de sacerdotes y una nación santa.
El gran compositor francés Claude Debussy dijo una vez: “La música es el silencio entre las notas.”
No siempre es lo que se añade, sino a menudo lo que se omite, lo que más importa.
Pero el espacio nunca es fijo. Continúa ampliándose y expandiéndose. Y así sucede con la Halajá y con la tarea del pueblo judío. [1]
El devenir es el gran arte.
Notas
[1] Véase mi libro «La ley judía como rebelión», Urim Publications, Jerusalén, Nueva York, 2018, capítulo 27.
Traducción: drigs, CEJSPR


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