Algo para Pensar — Parasha Bamidbar (viernes, 15 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)

¡Shabbat ShalomLekulam!

«De veinte años para arriba, todos los que puedan salir a la guerra en Israel, los contaréis tú y Aarón según sus ejércitos.” (Números 1:3)


Ayer comentábamos que cada persona reacciona de manera distinta cuando se enfrenta a un momento de verdad que toca su interior, y que, en términos generales, estas reacciones suelen agruparse en tres tipos.


La primera consiste en transformar ese despertar profundo en una “experiencia espiritual”. Nos emocionamos, nos sentimos inspirados, elevados, casi transportados por un impulso de éxtasis. Pero, en la práctica, esa vivencia apenas deja huella en nuestro carácter o en nuestra conducta diaria.


El Talmud ilustra esto con lo que podríamos llamar “el síndrome del ladrón en el túnel”. Un ladrón cava bajo una casa, y al oír pasos, susurra: “Dios, por favor, sálvame.”

Este hombre cree en Dios — no invoca al Presidente Trump — y sabe perfectamente que robar está prohibido. Sin embargo, mientras comete el robo, pide ayuda al Creador. 


Su fe flota por encima de su vida real, sin tocarla. Lo mismo ocurre con muchos aspectos “espirituales”: pueden conmovernos, inspirarnos, hacernos hablar de la Verdad y la Belleza, encender nuestro corazón o impulsarnos a grandes resoluciones… pero sin modificar nada esencial en nosotros. La exaltación se disipa y volvemos a actuar como ese ladrón en su madriguera.


La segunda posibilidad acontece cuando ese despertar interior sí produce un cambio real y duradero, pero sin acontecer una integración plena entre nuestro ser profundo con nuestra personalidad externa. 


El alma influye, pero sigue siendo una capa desvinculada. Pensamos distinto, no porque nuestra mente haya madurado, sino porque convicciones más profundas — antes ocultas en los rincones elevados del alma — han tomado el mando.


Nuestros deseos cambian, no porque el corazón se haya transformado, sino porque una verdad superior le impone nuevas prioridades. Nuestro núcleo esencial se expresa, pero nuestra estructura mental y emocional permanece intacta, solo subordinada a algo más alto.


La tercera y más plena posibilidad ocurre cuando ese yo esencial se fusiona por completo con nuestro yo cotidiano. Cuando no se impone desde arriba, sino que se manifiesta desde nuestro interior a través de nuestro pensamiento, nuestras emociones y nuestras acciones. 


Sus principios se vuelven razonables para nuestra mente; sus anhelos se convierten en los deseos de nuestro corazón; sus metas se transforman en el centro de nuestros esfuerzos diarios.

Estas tres posibilidades describen también las etapas del proceso mediante el cual desenterramos la “chispa divina” que llevamos dentro y la convertimos en una presencia real en nuestra vida. Al comienzo, esa revelación es necesariamente algo que nos supera; lo único que podemos hacer es dejarnos llevar por su fuerza. 


El desafío es trabajar después para que esa vivencia se vuelva una influencia estable en nuestra existencia diaria. Con el tiempo, al aplicar una y otra vez nuestro “punto más elevado” a cada aspecto de nuestro ser, esta luz termina impregnando cada fibra de nuestra identidad y también tocando a quienes están en nuestro entorno.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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