Algo para Pensar — Parasha Bamidbar (miércoles, 13 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)

¡Shalom, Shalom Lekulam!


“Dios le habló a Moisés…Haz un recuento de toda la comunidad de los hijos de Israel … Tú y Aarón los contarán. Y contigo estará un hombre de cada tribu, el jefe de la casa de sus antepasados.” (Números 1:1-4)

La Torá comienza el libro de Bamidbar con un acto que parece administrativo. Sin embargo, sabemos que en la tradición judía, nada es meramente técnico. Cuando El Eterno ordena contar a Israel, no lo hace para cuantificar cuerpos, sino para despertar las almas.

El mandato incluye a todos: sabios y soberbios, personas sin instrucción y profesionales destacados, errantes sin rumbo y generosos de alma noble, tacaños insensibles, justos y transgresores. Todos entran en la cuenta. Todos aparecen como si fueran solo “uno”.

A simple vista, parecería que el censo reduce al ser humano a su mínima expresión: un número. Pero la Torá nos enseña lo contrario. El “uno” no es lo menos que somos; es lo más genuino o verdadero.

Si el ser humano fuera neutral por naturaleza, si cada uno comenzara desde cero y se definiera sólo por sus actos, entonces el punto común entre todos nosotros sería pequeño, casi insignificante. Pero la Torá revela otra visión.

Para Dios, el alma humana es una chispa de Su propia luz, una partícula capaz de reflejar su infinita bondad y perfección desde su origen. La vida no es una construcción desde la nada, sino un proceso para desplegar lo que ya llevamos dentro.

Hay quienes viven con rectitud y aun así apenas rozan la profundidad de su santidad. Otros se extravían durante años, pero en un instante de claridad interior pueden encender su chispa divina hasta convertirla en una llama ardiente. La distancia entre la oscuridad y la luz puede ser una simple linea que se disipa en un instante donde brilla la verdad.

Por eso, cuando Dios nos cuenta, no está buscando información. Él ya conoce el número y conoce la esencia. El propósito del censo es, como dice la Torá, “elevar nuestra cuenta”, o en el sentido literal de se’u et rosh, “levantar nuestra cabeza”.

El conteo divino es un acto de elevación. Nos recuerda que no somos criaturas atrapadas en lo material, sino almas capaces de ascender. Dios nos cuenta para que nosotros aprendamos a contarnos de otra manera, para que dejemos de mirarnos desde nuestras fallas y comencemos a vernos desde nuestra raíz luminosa.

Si el censo revela que lo más verdadero en cada ser humano es su chispa de santidad, entonces nuestra tarea es aprender a mirar a cada persona (al «otro») desde esa luz. No desde sus errores, sus carencias y contradicciones.

Incluso quien parece extraviado lleva dentro un punto de grandeza esperando ser despertado. La Torá nos invita a relacionarnos con menos juicio y más dignidad, con menos sospecha y más esperanza. Ver la chispa divina en «el otro» es, en sí mismo, un acto de santidad.

Pero no basta con reconocer la luz ajena. El censo también nos llama a elevar nuestra propia “cuenta”. Si Dios “levanta nuestra cabeza”, debemos preguntarnos cómo podemos hacer lo mismo con nuestra alma.

En la práctica, esto se puede expresar a través de gestos concretos:

  • un acto de bondad inesperado,
  • un momento de estudio que nos conecta con lo sagrado,
  • una decisión moral tomada incluso cuando nadie mira.

Cada una de estas acciones despierta nuestra chispa interior y nos acerca a la vida que estamos llamados a encender.

El censo de Bamidbar no es un registro histórico. Es un espejo espiritual. Nos enseña a vernos como Dios nos ve: no como una suma de fallas y logros, sino como portadores de una luz que antecede a nuestras acciones y las trasciende.

Ser contado por Dios es ser recordado en nuestra potencial grandeza. Y aprender a contarnos a nosotros mismos — y a los demás — desde esa grandeza siendo este el comienzo de una vida más elevada, más consciente y más fiel a la chispa divina que llevamos dentro.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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