
Algo para Pensar — Parasha Bamidbar(lunes, 11 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
«Habló El Eterno a Moisés en el desierto de Sinaí, en el tabernáculo de reunión, en el día primero del mes segundo, en el segundo año de su salida de la tierra de Egipto, diciendo…» (Números 1:1)
En la historia judía, dos montañas ocupan un lugar central.
El Monte Sinaí, donde Dios entregó la Torá y definió la misión espiritual del pueblo de Israel, se encuentra en un desierto inhóspito.
El otro lugar es el Monte Moriah, conocido como el Monte del Templo, este se eleva en el corazón de Jerusalén y representa el punto más alto de conexión con el Creador.
En la vida cotidiana, el mundo está organizado en espacios con distintos niveles de acceso: áreas públicas con reglas específicas, zonas restringidas para ciertos grupos, hogares con habitaciones abiertas y otras privadas, ciudades con sectores libres y capitales con recintos que requieren credenciales para poder pasar.
El Monte del Templo refleja esta estructura jerárquica en su forma más elevada. Nuestros sabios describen diez niveles de santidad, que van desde los límites fronterizos de la tierra de Israel hasta el Santo de los Santos, al que solo podía entrar el kohen gadol en Yom Kipur, el día más sagrado del año. El Talmud enumera estos círculos de santidad progresiva, cada uno más restringido que el anterior (Kelim 1:6-99).
Esta estructura nos enseña que la cercanía a lo divino se alcanza por etapas, y que cada paso requiere preparación, mérito y crecimiento espiritual.
El Monte Sinaí, en contraste, se encuentra en un desierto abierto, sin dueño ni barreras. Representa la accesibilidad total de la Torá: un regalo disponible para todos, sin distinciones ni privilegios.
Por eso la parashá Bamidbar — “En el desierto”— siempre se lee antes de Shavuot, recordándonos que la Torá es tan libre y abierta como el desierto mismo.
Rabí Shimón bar Yojai lo expresó así:
La Torá fue entregada en un desierto sin propietario. Si hubiera sido entregada en la tierra de Israel, sus habitantes podrían haberla reclamado como suya; si en otro país, sus pobladores habrían hecho lo mismo. Por eso se dio en el desierto, para que cualquiera que desee adquirirla pueda hacerlo. (Mejilta d’Rashi, Yitró 199)
El desierto también enseña otra lección: el verdadero dominio de la Torá exige mesirat nefesh, entrega total y disposición al sacrificio. En la vida existen límites que indican hasta dónde se puede avanzar.
Pero mesirat nefesh implica no aceptar esos límites como definitivos, no permitir que obstáculos externos o internos nos detengan, y perseguir la verdad con determinación absoluta.
El Midrash lo resume de forma contundente:
“Quien no se entrega a sí mismo como un desierto, no puede adquirir la Torá.” (Midrash Rabá)
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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