La importancia especial de la memoria en el judaísmo

Por: Pini Dunner

Hace unas semanas, oficié el funeral de Ron Plotkin, expropietario de Monster.com y, en su momento, un destacado filántropo en Los Ángeles. En los últimos años, su vida cambió drásticamente: pasó de la prominencia y la influencia a la oscuridad y las penurias.

Conocí a Ron en la cúspide de su éxito y mantuve contacto con él mientras otros se alejaban. Para el momento de su muerte, no le quedaban recursos; ni siquiera los suficientes para costear un entierro. Gestionamos que recibiera sepultura por medios caritativos en el cementerio judío de Commerce, California.

Lamentablemente, nos costó encontrar a diez hombres que asistieran al funeral de Ron para que se pudiera recitar el Kaddish. Un grupo de mi sinagoga accedió a venir, pero solo éramos nueve. Permanecimos de pie bajo un sol abrasador, a la espera de completar el minyán.

De repente, apareció un décimo hombre: Shalom Raichik — originario de Los Ángeles, aunque residente en Baltimore — se encontraba en el cementerio precisamente en ese instante y accedió a unirse a nosotros.

Después que yo recitara el Kaddish por Ron, Shalom preguntó si podíamos reunirnos junto a otra tumba cercana para volver a recitar el Kaddish, acompañado de una oración conmemorativa.

¿De quién se trata? — pregunté. La respuesta de Shalom nos provocó un escalofrío a todos. Es una historia que no logro sacarme de la cabeza; una historia sobre el rescate de la memoria de alguien que había desaparecido de la historia.

A menudo concebimos la muerte como un acontecimiento único y definitivo. Sin embargo, la tradición judía introduce una idea poderosa: una persona puede morir dos veces. La primera muerte es la física. La segunda ocurre cuando se la olvida: cuando nadie recuerda su nombre, ni visita su tumba, ni siquiera sabe que existió.

El hombre por quien recitamos el Kaddish aquel día figura identificado como “Ploni ben Avraham,”, el equivalente judío de “Juan del Pueblo” (o “Fulano de tal”). Desconocemos su nombre.

Su historia es trágica, pero extraordinaria: sobrevivió al Holocausto, llegó solo a Estados Unidos — sin dinero ni familia — y vivió discretamente en Nueva York, sumido en el anonimato.

En cierto momento, solicitó la ayuda del Dr. Maurice Frey, un dentista y compañero refugiado que había logrado escapar de Europa durante la guerra. El Dr. Frey era conocido por asistir a los sobrevivientes del Holocausto que carecían de recursos económicos, y atendió a este hombre de manera gratuita. El paciente, deseoso de preservar su dignidad, insistió en ofrecer algo a cambio y dispuso donar su cuerpo a la ciencia médica, solicitando que su cráneo fuera entregado al Dr. Frey para fines educativos.

Años más tarde — mucho después de que aquel encuentro hubiera caído en el olvido — llegó un pequeño paquete que contenía el cráneo del hombre. El Dr. Frey intentó transferirlo a la Facultad de Odontología de la NYU; sin embargo, al negarse esta a aceptarlo, decidió conservarlo.

Tras el fallecimiento del Dr. Frey, su viuda se trasladó a California, llevándose consigo el cráneo. Una vez allí, buscó darle sepultura conforme a la ley judía y fue remitida a Jabad, institución que colaboró ​​en la organización de un entierro digno en el año 2021. A pesar de que solo quedaba un cráneo, honraron al superviviente y cumplieron con la obligación de respetar incluso el más ínfimo vestigio de una vida judía.

Aun así, faltaba algo: no había nombre, ni lápida, ni recuerdo alguno. Los visitantes del cementerio caminaban, sin saberlo, sobre su tumba. Un hombre que había sobrevivido a los peores horrores estaba siendo, incluso en la muerte, pisoteado; no por malicia, sino por ignorancia.

Finalmente, un pequeño grupo decidió actuar y, el pasado mes de enero, colocaron una modesta piedra, reconociendo simplemente que Ploni ben Avraham había existido y que no había sido olvidado. Y hace unas semanas, alguien recitó por fin el Kadish en su tumba.

En el funeral de Ron Plotkin — tras haber sepultado a un hombre que en su día estuvo rodeado de éxito y admiradores, pero que murió casi en la soledad — y al dirigirme luego hacia la tumba de Ploni ben Avraham, me impactó la fragilidad que pueden llegar a tener la vida y el legado.

Ron tenía un nombre y logros; fue una figura celebrada en su momento, pero al final, apenas hubo diez personas en su funeral. Ploni ben Avraham no tenía nombre ni logros notables, ni familia que lo recordara; sin embargo, por azares del destino, ambos fueron recordados el mismo día. Su “segunda muerte” fue evitada.

Al final del Séfer Vayikrá (el Libro del Levítico), en la Parashat Bejukotai, la Torá expone las consecuencias de la fidelidad — o del incumplimiento — del pueblo judío respecto a sus responsabilidades. A primera vista, parece una fórmula estricta de recompensa y castigo: si obedecéis las leyes de Dios, recibiréis bendiciones; si las abandonáis, sobrevendrán las adversidades.

Sin embargo, dentro de este pasaje, subyace un mensaje más sutil. Tras las advertencias y las descripciones del sufrimiento, la Torá ofrece una promesa redentora (Levítico 26:42): “Recordaré Mi pacto,” dice Dios.

Ese es el punto de inflexión. Aunque todo se desmorone — aunque el pueblo se vea disperso y fragmentado —, Dios afirma: “Recordaré; recordaré siempre”

Dios nos enseña que la memoria es el cimiento del sentido. En el pensamiento judío, recordar no consiste meramente en evocar el pasado, sino en restaurarlo. Cuando Dios dice: “Recordaré,” asume un compromiso activo: por hondo que sea nuestro abismo, jamás seremos borrados.

Por eso recitamos el Kadish: no tanto por los difuntos, sino porque la memoria sostiene la identidad. Garantiza que la vida de una persona siga resonando en este mundo. Marcamos tumbas, contamos historias y nos aferramos a los nombres, porque la mayor tragedia es ser olvidado.

Por eso contamos historias sobre los muertos, y por eso nos negamos a permitir que las personas desaparezcan una vez que se han ido. Porque la maldición suprema no es el sufrimiento, ni siquiera la muerte. Es el olvido. Y la redención suprema no es solo la supervivencia; es ser recordado.

Cuando recordamos a alguien, lo reincorporamos a la narrativa. Restituimos su lugar en la historia de nuestro pueblo. Ploni ben Avraham no tenía tierras, ni familia, ni posesiones. Ni siquiera dejó un nombre. Pero aun así lo recordamos, y esa es su redención.

Aquel día en el cementerio, recordé que, a fin de cuentas, lo que importa no es cuán ruidosamente se celebre la vida de una persona en su apogeo, sino si esta es recordada una vez que la persona ya no está. Y a veces, de las formas más inesperadas, se nos invita a formar parte de ese recuerdo.

El autor es rabino en Beverly Hills, California.

Traducción: drigs, CEJSPR

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