Algo para Pensar — Parasha Bamidbar (martes, 12 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)


¡Shalom, Shalom Lekulam!

“Habló El Eterno a Moshé en el desierto de Sinaí, en el tabernáculo de reunión, el primer día del segundo mes, en el segundo año desde la salida de Egipto…” (Números. 1:1)


La Torá fue entregada en el desierto. Entonces surge la pregunta: ¿en qué punto exacto de este desierto ocurrió su transmisión?


El Talmud recoge dos posturas acerca del modo y el lugar donde se comunicó. Ambas coinciden en que los principiosgenerales de la Torá fueron revelados en el Monte Sinaí — tanto los Diez Mandamientos como las enseñanzas que Moshé recibió durante los cuarenta días en la cima del monte —.


Sin embargo, respecto a los detalles de la Torá, Rabí Yishmael sostiene que estos fueron enseñados a Moshé en el Mishkán, el santuario portátil que acompañó al pueblo de Israel a lo largo de sus cuarenta y dos estaciones en el desierto.

Rabí Akiva, por su parte, disiente y afirma que tanto los principios como cada uno de los detalles de la Torá fueron entregados en el Sinaí (Jagigá 6a).

El Mishkán funcionaba como modelo del futuro Templo. Era el núcleo del campamento israelita, el punto central de una serie de círculos concéntricos que marcaban los crecientes niveles de santidad, tal como ocurrirá más tarde en el Monte Moriah.


El propio Mishkán estaba compuesto por el Kodesh HaKodashim, un Santuario de acceso más amplio y un patio exterior. Alrededor de ellos se ubicaba el campamento levita, equivalente halájico al área del Monte del Templo. Más allá se extendían los campamentos de las doce tribus, cada una bajo su estandarte, con un estatus comparable al de la Jerusalén sagrada.


En conjunto, el campamento israelita, con el Santuario en su centro, constituía un tipo de “civilización” en medio del desierto: un espacio ordenado, dividido en zonas con funciones, grados de santidad y restricciones precisas.

Estas dos perspectivas sobre la Torá se reflejaron en la vida de sus respectivos defensores. El rabino Yishmael fue un erudito de toda la vida y un kohen gadol.

El rabino Akiva era descendiente de conversos al judaísmo, y hasta los cuarenta años, fue un pastor ignorante que, según su propio testimonio, albergaba un odio abismal hacia los estudiosos de la Torá.

Así, el rabino Yishmael representa el camino del tzadik, la persona perfectamente justa que sigue un programa de por vida para desarrollar el bien en sí misma y en el mundo; mientras que el rabino Akiva encarna el camino del baal teshuvá, la persona que se impulsa desde las profundidades de la iniquidad hasta alcanzar las alturas del logro.

La ruta del tzadik es ordenada e inquebrantable; paso a paso, avanza por los niveles y cámaras de la Torá hacia un mayor conocimiento de Dios y una mayor unión con Él.

La vida del baal teshuvá es anárquica y volátil, con caídas drásticas y ascensos meteóricos. El tzadik internaliza su mesirat nefesh**y construye sobre ella una ciudad sagrada. El baal teshuvá la agita para impulsar su vida explosiva.

El Talmud afirma, respecto a todas las disputas sobre la Torá: «Estas y estas son palabras del Dios viviente» (Talmud, Eruvin 13b). No debemos considerar estos dos enfoques de la Torá como mutuamente excluyentes.

Ambos deben adaptarse, combinando la perfección ordenada de Rabí Yishmael con el poder y la pasión de Rabí Akiva.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

NOTAS

** En la literatura jasídica y mística, mesirat néfesh se convierte en algo cotidiano: la capacidad de trascender el ego, el miedo y la comodidad para vivir alineado con lo divino. No se trata de morir, sino de vivir con valentía espiritual.

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