
Algo para Pensar — Parasha Bamidbar (jueves, 14 mayo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«De veinte años arriba, todos los que pueden salir a la guerra en Israel, los contaréis tú y Aarón por sus ejércitos.» (Números 1:3)
Este versículo ilumina un aspecto de los censos realizados a los hijos de Israel durante su travesía por el desierto del Sinaí. En Estados Unidos — y también en Puerto Rico — se lleva a cabo un censo cada década. Miles de trabajadores recorren los hogares para registrar cuántas personas viven allí, cuáles son sus edades y otros datos estadísticos.
¿Quiénes realizan esa labor? Estudiantes de escuela superior, personas desempleadas o con trabajos de medio tiempo, individuos con horas libres y/o que buscan ganar un dinero adicional. Al final, es una tarea que no exige habilidades especiales más allá de contar y llenar un formulario sencillo.
Claro está, los datos recolectados luego son procesados por expertos en estadística y otros profesionales, pero el acto de contar en sí puede hacerlo prácticamente cualquiera.
En contraste, durante los cuarenta años entre el Éxodo y la entrada a la Tierra Prometida, Dios ordenó tres censos. ¿Y a quién encargó para realizarlos? ¡A Moisés! Moisés, el hombre que recibió la Torá directamente de Dios en el Sinaí, cuya mente fue considerada apta para captar la Verdad absoluta y transmitirla al mundo; Moisés, que dedicaba cada día entero a guiar al pueblo, resolver disputas y servir como su principal juez; Moisés, el maestro y profeta supremo, fue instruido para recorrer las tiendas del campamento y contar cuántos israelitas entre veinte y sesenta años vivían allí.
Por supuesto, una sola persona no podía visitar seiscientas mil tiendas. Moisés necesitaba apoyo. ¿Y quién fue llamado a ayudarlo? Aarón, su hermano y figura más elevada después de él. Y en el tercer censo, tras la muerte de Aarón, su hijo Elazar, quien lo sucedió como sumo sacerdote. Y como incluso ellos necesitaban más manos, ¿a quién recurrieron? A los doce nessi’im, los príncipes que encabezaban cada una de las tribus de Israel.
Contar números puede parecer una tarea simple. Pero cuando lo que se cuenta no son cifras sino personas —cuando cada número representa un alma singular y sagrada que debe ser “elevada” y reconocida — el acto adquiere una dimensión completamente distinta. Requiere sensibilidad, respeto y una profunda conciencia espiritual. Es una labor que demanda la grandeza de un Moisés.
En la vida de cada ser humano hay momentos en los que las distorsiones creadas por nuestros hábitos, prejuicios y autoengaños se disipan, y quedamos frente a frente con nuestro yo auténtico. No existe una única manera de reaccionar ante ese encuentro con nuestra esencia.
«Así como sus rostros son distintos,» enseña el Midrash sobre la humanidad, «también lo son sus pensamientos y temperamentos.» Y aunque cada persona vive de manera diferente esos “momentos de verdad,” en términos generales pueden surgir tres tipos de respuestas.
Algo debemos mantener presente: Mirar al otro con la misma reverencia con la que Dios mira a Su pueblo.
Si Moisés y Aarón fueron llamados a contar porque cada alma es sagrada, entonces nosotros también estamos invitados a relacionarnos desde este nivel de conciencia.
Esto puede traducirse en escuchar con más presencia, evitar juicios apresurados o recordar que incluso quien parece ordinario lleva dentro de sí una chispa de grandeza divina.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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