Lo que la Parashá Bamidbar nos enseña sobre las redes sociales, la política y el estado de nuestra sociedad.

Por Pini Dunner

Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa era un continente en ruinas. Las ciudades estaban arrasadas, los gobiernos se habían derrumbado, las economías estaban destrozadas y millones de personas desplazadas vagaban observando un paisaje que parecía el fin del mundo. Poblaciones enteras habían desaparecido, y para muchos supervivientes, especialmente los judíos, no había hogar al cual regresar.

Uno de los aspectos menos conocidos, pero más extraordinarios, de aquel período fue cómo los planificadores militares y los logísticos se convirtieron en los inesperados héroes de la reconstrucción. Los historiadores suelen centrarse en Churchill, Roosevelt, Stalin o Eisenhower.

Pero tras bambalinas, miles de oficiales, ingenieros, expertos en transporte, funcionarios del censo y administradores desempeñaban trabajos poco glamorosos, pero absolutamente esenciales. Su misión era simple: crear orden a partir del caos.

Los Aliados pronto descubrieron — como muchos vencedores — que ganar la guerra era solo el principio. Una vez cesaron los combates, era necesario alimentar a poblaciones enteras, distribuir medicamentos, reubicar a los refugiados, restaurar la infraestructura y evitar que la sociedad cayera en la anarquía total. Y para ello, se necesitaban sistemas.

El Ejército estadounidense se obsesionó especialmente con la organización. En una época anterior a la informatización y la comunicación instantánea, trazaron mapas de las cadenas de suministro hasta el más mínimo detalle. Clasificaron a las personas desplazadas por nacionalidad, idioma y destino. Crearon zonas, divisiones, estructuras de mando y redes de transporte.

Cada camión cargado de alimentos, cada vagón de tren, cada refugio temporal debía ser contabilizado. En un momento dado, los planificadores militares estadounidenses gestionaban a más de nueve millones de personas desplazadas en toda Europa. Piensen en esa cifra por un momento. Nueve millones de personas — todas ellas sin hogar, traumatizadas y apátridas — que necesitaban alimentos, refugio, documentación y orientación.

Y aquí está lo fascinante: quienes realizaban este trabajo comprendían algo fundamental sobre la naturaleza humana: cuando las personas se sienten perdidas, necesitan más que comida y refugio. Necesitan orientación. Necesitan saber a dónde pertenecen.

Un superviviente del Holocausto recordó haber llegado a un campo de personas desplazadas en Alemania tras meses de vagar. Lo que más le impactó no fue la comida ni las camas, sino la lista en la pared que asignaba a las familias a las tiendas y secciones. “Por primera vez en años”, dijo, “alguien sabía dónde debía estar.”

Esa frase es increíblemente poderosa: “Alguien sabía dónde debía estar.” Porque los seres humanos sobrevivimos a la privación con mucha más facilidad que al caos. Anhelamos el orden. Necesitamos sentido. Necesitamos estructura. Necesitamos saber que nuestra existencia forma parte de un todo.

Y ese es precisamente el mensaje central de la Parashá Bamidbar. La parashá comienza con cifras del censo, organización tribal, formación de campamentos e instrucciones organizativas detalladas. El pueblo israelita es contado tribu por tribu. El campamento se dispone cuidadosamente alrededor del Mishkán.

Cada tribu tiene un lugar designado, un líder, un estandarte y una función. Suena más a un manual administrativo que a un texto espiritual inspirador. Pero si piensas eso, no has entendido nada.

La Torá describe uno de los momentos más transformadores de la historia judía. El pueblo israelí ya no era una familia ni un simple grupo de esclavos fugitivos. El pueblo es una nación. Y las naciones requieren estructura.

El Midrash señala que Dios no simplemente arrojó al pueblo al desierto y les dijo que se las arreglaran solos. Hubo una organización deliberada. Cada tribu tenía su lugar. Cada familia tenía su función. El Mishkán se erigía en el centro, rodeado de capas de orden y significado.

El rabino Naftali Tzvi Yehuda Berlin, en Haamek Davar, explica que la disposición del campamento no solo respondía a la eficiencia logística, sino también a la identidad espiritual. Cada tribu poseía fortalezas y características únicas, y su ubicación expresaba su misión individual dentro del conjunto nacional.

Y el desierto era el escenario perfecto para esta lección. Un desierto es la definición misma del caos. Un vacío infinito sin puntos de referencia, ni caminos, ni límites naturales. Si uno se aleja demasiado en la dirección equivocada, desaparece. Sin embargo, precisamente allí — en el desierto — Dios enseña al pueblo judío cómo construir orden.

Hay algo profundamente relevante en este mensaje hoy día. Vivimos en una era de asombrosos avances tecnológicos, y simultáneamente, de una confusión social sin precedentes. Nunca antes la gente había tenido tanta información y tan poca claridad.

Todos estamos conectados, pero la soledad se ha convertido en una epidemia. Todos disfrutamos de una libertad inconcebible para generaciones anteriores, pero los niveles de ansiedad siguen aumentando. Se anima a todos a «ser uno mismo», pero innumerables personas no tienen ni idea de quiénes son realmente.

La sociedad moderna celebra la libertad de elección ilimitada. Sin embargo, los psicólogos reconocen cada vez más que un exceso de opciones produce parálisis e inestabilidad en lugar de felicidad. El difunto sociólogo Zygmunt Bauman denominó a la vida moderna “modernidad líquida”: un mundo donde nada permanece fijo por mucho tiempo. Las relaciones son temporales, las carreras profesionales inestables, las comunidades fragmentadas y la identidad misma se ha vuelto fluida.

Pero la verdad es que las personas necesitan puntos de referencia. Por eso las rutinas, las familias y las comunidades son importantes. Y por eso la religión sigue siendo importante, a pesar de las constantes predicciones de su desaparición. Porque la religión ofrece algo que la cultura moderna se esfuerza por brindar: les indica a las personas a dónde pertenecen.

La visión de la Torá en Bamidbar es extraordinariamente sofisticada. Unidad no significa uniformidad. Cada tribu se mantuvo distinta. Cada tribu tenía su propia identidad, su propia bandera, su propia personalidad. Pero todas ellas rodeaban el mismo Tabernáculo.

Ese equilibrio entre individualidad y propósito compartido es uno de los grandes secretos de una sociedad sana. Una nación se derrumba cuando las personas pierden todo sentido de misión colectiva. Pero también se derrumba cuando la individualidad se ve completamente aniquilada. El modelo de la Torá no cree en el colectivismo radical, ni tampoco se adhiere al individualismo caótico. Más bien, se basa en la diversidad estructurada.

El rabino Samson Raphael Hirsch señala que el Mishkán, en el centro del campo, simbolizaba la idea de que la presencia de Dios debía ser fundamental para la vida nacional. Si se elimina ese centro, todo el sistema pierde coherencia. Esta reflexión resulta especialmente urgente hoy en día.

La desaparición de cualquier centro estable ha sumido a la modernidad en una espiral de inestabilidad. La política se ha vuelto completamente tribal, carente de valores fundamentales compartidos. Las redes sociales amplifican la indignación sin ningún sentido de responsabilidad. Y las instituciones que antes proporcionaban orientación moral se han debilitado o han desaparecido por completo. El resultado es una sociedad llena de ruido y sin rumbo.

Lo que me lleva de nuevo a aquel superviviente del Holocausto en el campo de personas desplazadas: “Por primera vez en años, alguien sabía dónde se suponía que debía estar.” Saber a dónde perteneces es una de las necesidades humanas más profundas. La Parashá Bamidbar nos recuerda que el judaísmo no es solo una religión de fe, sino también una religión de pertenencia.

Antes de que el pueblo israelita emprendiera su larga marcha por el desierto, Dios les enseñó algo esencial: no se puede construir una nación ni una identidad sin orden, y sin estructura, no hay futuro. Esto fue cierto en el desierto del Sinaí. Fue cierto en las ruinas devastadas de la Europa de posguerra. Y quizá sea más cierto ahora que nunca.

El autor es rabino en Beverly Hills, California.

Traducción: drigs, CEJSPR

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