Mensaje para la comunidad haredí: No se puede pretender ser demasiado santo cuando hay que luchar en la guerra.
Por Pini Dunner
Esta semana, miles de israelíes quedaron atrapados en el tráfico cuando las manifestaciones de judíos ultraortodoxos paralizaron las principales autopistas y líneas ferroviarias. Las rutas 1, 4 y 6 fueron bloqueadas.
El tráfico en la autopista Ayalon quedó completamente detenido. Los trenes se detuvieron, los pasajeros fueron obligados a bajar y quienes intentaban llegar al aeropuerto Ben-Gurion quedaron varados. Inevitablemente, se produjeron enfrentamientos con la policía y confrontaciones con automovilistas frustrados.
En una muestra particularmente insensible, los manifestantes lucieron estrellas amarillas similares a las impuestas a los judíos por los nazis, con la única diferencia de que la palabra «judío» había sido reemplazada por «desertor».
Las manifestaciones fueron organizadas por el grupo ultraortodoxo extremista conocido como la Fracción de Jerusalén, en respuesta al arresto de judíos ultraortodoxos que evadieron el servicio militar y a quienes rodearon la casa del Vicepresidente del Tribunal Supremo la semana pasada.
Cabe aclarar que los manifestantes no representaban a todos los judíos ultraortodoxos, ni siquiera a todos los que se oponen al servicio militar obligatorio. Pero la postura que defienden no se limita a este pequeño grupo. Políticos y autoridades rabínicas haredíes afirman repetidamente que el servicio militar amenaza la identidad espiritual de los jóvenes haredíes y debe evitarse a toda costa.
El ejército, dicen, no solo es peligroso físicamente, sino también religiosamente. Un joven inmerso en el estudio de la Torá ingresaría a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) espiritualmente refinado y saldría debilitado. Sus valores disminuirían, su perspectiva cambiaría y su compromiso con la Torá se debilitaría.
En realidad, esta preocupación no es infundada. Los entornos militares no son centros de contemplación espiritual, y las FDI son una vasta organización que incluye personas de todos los niveles y perspectivas religiosas. Existen interrogantes legítimas sobre la conciliación religiosa, los entornos mixtos, la modestia y la preservación de la identidad haredí del soldado. Para quienes valoran una vida alejada de la modernidad, permitir que los adolescentes se unan a las FDI representa un riesgo grave.
Pero detrás de estas preocupaciones subyace una afirmación más amplia: que la elevación espiritual puede justificar el abandono de las responsabilidades físicas de la vida nacional judía. Después de todo, se argumenta, el pueblo judío no puede sobrevivir sin una clase dedicada exclusivamente a la Torá y a la búsqueda espiritual.
Este argumento es fundamental en la controversia sobre el reclutamiento universal, pero la Parashá Shlaj Leja sugiere que no es tan piadoso como parece. La interpretación tradicional de los espías enviados por Moisés para explorar Canaán es que se asustaron por lo que vieron y decidieron que entrar en la tierra estaba más allá de las capacidades de una nación de esclavos recién liberados. Vieron ciudades fortificadas y guerreros poderosos, y se acobardaron.
Pero estos no eran hombres comunes. La Torá los describe como líderes distinguidos. Habían presenciado el Éxodo, cruzado el Mar Rojo y estado en el Monte Sinaí. Habían visto a Faraón y a su ejército destruidos sin que el pueblo judío disparara una sola flecha. Quizá su objeción no se debía simplemente a que la guerra les aterraba. Quizá creían que la guerra estaba por debajo de su dignidad.
El pueblo judío en el desierto gozaba de una posición espiritual extraordinaria. Comían maná del cielo, bebían agua milagrosa y viajaban bajo las Nubes de Gloria. Sus vestiduras no se desgastaban. Eran libres de dedicarse a la Torá bajo el sublime liderazgo de Moisés.
Entrar en la Tierra de Israel pondría fin a todo eso. El maná dejaría de caer. Habría que arar los campos y cosechar. Habría que formar gobiernos, construir caminos y dirimir disputas materiales. Y antes de que todo eso pudiera suceder, tendrían que enfrentarse en batalla a las naciones cananeas.
Los hombres que habían estado en el Sinaí tendrían que portar espadas. Quienes habían escuchado la voz de Dios debían planear emboscadas, asaltar ciudades y matar combatientes enemigos. Los espías quizás temían no solo el peligro, sino también la posibilidad de una caída espiritual.
¿Era este el destino de la nación que había experimentado la revelación divina? ¿Acaso iban a cambiar las aulas de estudio de la Torá por el barro, la sangre y la ambigüedad moral de la guerra?
El rabino Yonatan Eybeschütz, en su obra Ya’arot Devash, ofrece una importante perspectiva sobre esta mentalidad. Describe a los primeros pietistas que optaron por vivir en cuevas y lugares aislados, distanciándose de la sociedad humana y sus tentaciones.
El rabino Shimon bar Yochai pasó años en una cueva, lo que le permitió alcanzar extraordinarias alturas espirituales. Hay verdadera santidad en el retiro. Una persona que se aparta de las distracciones mundanas puede alcanzar niveles imposibles en medio del ruido y las concesiones de la vida cotidiana.
Pero el Ya’arot Devash luego se centra en Yosef. Yosef estaba confinado en prisión, aislado de la sociedad. En teoría, era un entorno ideal para el aislamiento espiritual. Sin embargo, Yosef anhelaba desesperadamente salir, no porque buscara consuelo o libertad, sino porque comprendía que el objetivo último era vivir en el mundo de Dios, aceptar sus responsabilidades, afrontar sus peligros y enaltecerlo.
La cueva puede ser espiritualmente segura, pero la seguridad de la cueva no es el destino del pueblo judío.
Este fue el desafío que los espías no lograron comprender. Su mundo espiritual en el desierto era auténtico y magnífico, pero nunca se concibió como permanente. De hecho, se había convertido en un espejismo que distorsionaba su pensamiento.
La Torá no fue entregada para que el pueblo judío permaneciera indefinidamente al pie de la montaña, protegido del mundo. Fue entregada para que pudieran entrar en el mundo y transformarlo. Esto implicaba cultivar la tierra, comerciar, establecer tribunales, cuidar de los vulnerables, construir una sociedad y, cuando fuera necesario, defenderla por la fuerza de las armas.
La guerra es cruel. Incluso una guerra justificada es trágica. Los soldados se enfrentan a la muerte, la crueldad, el miedo y la confusión moral. Ninguna persona sensata debería idealizar el campo de batalla. Pero cuando un enemigo amenaza vidas judías, negarse a luchar no es un acto de refinamiento espiritual. Es abandono.
Los hombres que luchan hoy en las fronteras de Israel no participan en alguna actividad secular sórdida de la que los judíos observantes de la Torá deban mantenerse inmaculados. Protegen a las madres y los niños judíos, las sinagogas y las yeshivás, las mesas de Shabat y los rollos de la Torá. Sin ellos, no existe un mundo protegido para el estudio de la Torá.
Los haredíes que se oponen afirman que las FDI amenazan su existencia espiritual, mientras que confían en esas mismas FDI para proteger su existencia física. Se les pide a los soldados que entren en Gaza, Líbano y Siria, dejando atrás a sus esposas, hijos, negocios y estudios, mientras que los haredíes afirman que su propia contribución es demasiado valiosa espiritualmente como para interrumpirla.
El estudio de la Torá es, sin duda, una protección para el pueblo judío. No es un lujo superfluo. Pero la Torá nunca contempló una nación en la que se pueda alegar exención espiritual del deber de defender a todos los demás. Cuando los griegos tomaron el Templo bajo el mando de Antioco, incluso los sacerdotes, liderados por Matías y sus hijos, tomaron las armas y fueron a la guerra.
Esto no significa que todos los estudiantes de yeshivá deban ser apartados de su estudio del Talmud mañana mismo y enviados a una unidad de combate. Israel necesita marcos jurídicos haredíes cuidadosamente diseñados, auténticas garantías religiosas y respeto por la cultura haredí.
Pero una excepción no puede abarcar a toda una población, y la preocupación por el riesgo espiritual no puede convertirse en una licencia universal para transferir el riesgo físico a otros judíos.
Quizás por eso la generación de los espías fue castigada tan severamente. Su error se disfrazó con el lenguaje de la preservación espiritual. Anhelaban los milagros, la pureza y la existencia ininterrumpida de la Torá en el desierto. Pero Dios no les había pedido que preservaran el desierto. Les había pedido que entraran en la tierra prometida.
La cuestión no es si el servicio militar puede implicar peligro espiritual. La cuestión es qué espera Dios cuando el peligro llama a las puertas del pueblo judío. La historia de los espías ofrece una respuesta contundente: no se puede pretender ser demasiado santo para luchar en una guerra cuando esta debe librarse.
El autor es rabino en Beverly Hills, California.
Traducción: drigs, CEJSPR



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