
Algo para Pensar — Parashá Shlaj (viernes, 12 junio 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shabbat Shalom Lekulam!
“…y observad la tierra cómo es…” (Números 13:18)
Uno de los episodios más dolorosos de la historia judía es el relato de los espías. Quince meses después de haber salido de Egipto, cuando el pueblo de Israel estaba a punto de ingresar a la Tierra Prometida, Moisés eligió a doce hombres —líderes de cada una de las tribus — para explorar la tierra que Dios había prometido a los patriarcas.
Tras cuarenta días de misión, los espías regresaron con un informe mixto: por un lado, elogiaron la fertilidad y abundancia del territorio; por otro, describieron la fuerza militar de sus habitantes y concluyeron que conquistar la tierra era imposible.
Sus palabras sembraron el miedo entre el pueblo, que pasó la noche entera llorando, paralizado por el terror y la desesperanza (Números 13–14).
Aquel llanto marcó a todas las generaciones posteriores. La entrada a la Tierra Prometida se pospuso cuarenta años, hasta que toda esa generación — incluido Moisés — murió en el desierto.
Nuestros sabios enseñan que, si Moisés hubiera sido quien condujera al pueblo a la tierra prometida, jamás habríamos sido expulsados; y si él hubiera construido el Templo, este nunca habría sido destruido.
En consecuencia, muchas de las tragedias y derrotas de la historia judía se entienden como ecos de aquella noche en la que Israel dudó de la promesa divina.
De hecho, la noche en que los espías regresaron fue el 9 de Av, fecha en la que, siglos más tarde, serían destruidos tanto el Primer como el Segundo Templo, además de otros sucesos trágicos que marcaron nuestra historia.
Los espías habían sido enviados por Moisés mismo, quien confiaba en que poseían la fortaleza espiritual necesaria para cumplir su misión. Pero si estos hubieran atendido plenamente sus instrucciones, su tarea habría culminado de manera muy distinta.
Moisés les pidió evaluar la tierra, su suelo y la fuerza de sus habitantes. Ellos informaron con sinceridad sobre lo que vieron. Sin embargo, antes de darles esos detalles técnicos, Moisés les había dicho: “Observad la tierra.”
Observar no es simplemente registrar información. Oír, saborear o analizar nos permite conocer algo; pero observar implica experimentarlo. Cuando afirmamos “lo vi con mis propios ojos”, estamos diciendo que esa realidad se volvió incuestionable para nosotros, que no depende de argumentos ni de pruebas externas. Lo observado se convierte en verdad vivida.
“Observad la tierra”, les dijo Moisés. No os envío como recolectores de datos, sino como observadores en el sentido más profundo: como los ojos de Israel. A través de vuestra mirada, el pueblo debía conectar de manera absoluta con la tierra que Dios le había dado; debían experimentar su santidad de un modo que no pudiera ser debilitado por circunstancias adversas o amenazas externas.
Ahí radicó su fracaso. Recorrieron la tierra, la estudiaron, la midieron, la analizaron… pero no lograron evaluarla en el sentido que Moisés les había pedido, ni transmitir esa visión al pueblo.
Antes de morir, Moisés suplicó a Dios: “Permíteme cruzar y ver la buena tierra al otro lado del Jordán, esos hermosos montes y el Líbano” (Deut. 3:23–25).
Dios no le permitió entrar, pero sí le concedió ver: “Sube a la cima… mira hacia el oeste, el norte, el sur y el este… Te la he mostrado; la verás con tus ojos, pero no cruzarás” (Deut. 5:27; 34:4).
Nuestros sabios enseñan que cada alma contiene una chispa del alma de Moisés. Su visión de la tierra nos otorga a todos la capacidad de contemplar la santidad del hogar de Dios y de convertir esa visión en una realidad firme y luminosa en nuestras propias vidas.
La historia de los espías no es solo un episodio del pasado: es un espejo que nos invita a revisar nuestra propia mirada.
Cada día enfrentamos tierras desconocidas, desafíos que parecen más grandes que nosotros, voces internas que nos dicen que no podremos entrar a la «tierra prometida.»
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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