La tragedia del saltamontes
En la Parashá Shelaj, por el rabino Dr. Nathan Lopes Cardozo
Pero los hombres (enviados a explorar la tierra) dijeron: “No podemos subir a esa tierra… porque está habitada por los Nefilim, gigantes… y éramos como saltamontes a nuestros propios ojos, y así éramos a los suyos” (Números 13:31-33).
Entrar en este mundo y nacer en él es una experiencia sumamente aterradora. Esta es quizá la razón principal por la que lloramos al salir del vientre materno. Entramos en un mundo donde estamos rodeados de Nefilim — gigantes — que nos aterrorizan. Y deseamos regresar al vientre, que nos brindó toda la protección que necesitábamos durante nueve meses.
Este mundo está lleno de Goliats que se asoman a nuestras cunas, haciendo gestos y ruidos que no comprendemos.
Así debió ser estar a la entrada de la Tierra de Israel. Estábamos asustados y deseábamos regresar al desierto, donde Dios nos había cuidado milagrosamente. De repente nos dimos cuenta que nuestras quejas en el desierto no eran nada comparadas con el gran desafío que nos afrontaba: el mundo.
Vernos a nosotros mismos como saltamontes puede ser a veces positivo, pues nos infunde humildad. Pero cuando nos convencemos de que parecemos saltamontes a los ojos de nuestros enemigos, permitiendo que nos definan, significa que nunca llegaremos a ser quienes estamos destinados a ser. Incluso en la vejez, seguiremos añorando la cuna de nuestra infancia.
Tristemente, es cierto que muchas personas podrían tener como epitafio: “Falleció a los 12 años. Enterrado a los 90.”
La educación de los saltamontes
A lo largo de nuestra formación académica, nuestras instituciones educativas, incluidas las universidades, nos proporcionan modelos para la vida y el conocimiento. Sin embargo, estos modelos no incluyen nada sobre las muchas cosas que realmente deberían importarnos: precisamente aquellas que son de suma importancia para guiarnos hacia la plenitud humana.
Hoy día, prácticamente no existen clases sobre el significado y el propósito de la vida. Se nos enseña a abordar las preguntas de cómo y qué, pero no las de porqué. Durante nuestra formación, solo se nos muestran los temas utilitarios y concretos. Y, como dice el dicho: “Ante la duda, mejor omitirlo.”
Aristóteles enseñó que “el conocimiento más sutil que se pueda obtener de las cosas más elevadas es más deseable que el conocimiento más certero obtenido de las cosas menores”.¹
Pero no escuchamos.
La física, la química y otras ciencias aplicadas no nos dicen absolutamente nada sobre la esencia de la vida. Nos dicen mucho sobre la constitución física de nuestros cuerpos y nuestro entorno, pero nada sobre lo que nos hace humanos. No nos ofrecen ninguna perspectiva sobre cómo debemos vivir nuestras vidas. Después de todo, la adquisición de datos científicos no produce ninguna transformación interna. No nos convierte en mejores personas, ni en seres más morales ni más reflexivos. Y esas cualidades son más importantes que cualquier otra cosa.
Nuestros maestros y padres nos enseñan a jugar el juego de la vida, pero no el arte de vivir. Se nos niega este “porqué.” De hecho, a menudo se nos oculta deliberadamente.
Y así, nunca podemos madurar de verdad.
La ausencia de la pregunta
Pero hay algo aún más trágico. El desafío más serio que enfrentamos en el mundo moderno no es que no tengamos respuesta a la pregunta del porqué. El verdadero problema es la ausencia de la pregunta.
La pregunta ha desaparecido del mundo.
Y así, seguimos siendo niños y permitimos que nuestros maestros y otros decidan qué debemos saber y qué no. De esta manera, les permitimos decidir quiénes somos.
Lamentablemente, la vida se presenta como pura vaguedad tras un velo de enigmas. Y la tragedia es que permitimos que nuestros maestros se salgan con la suya.
Y así, seguimos siendo aprendices incluso al obtener un doctorado.
Entrando en la Tierra
Pero si realmente queremos entrar en la “Tierra de Israel,” debemos combatir la complacencia de los aprendices. Debemos despertar y valernos por nosotros mismos. Debemos protestar porque se están ignorando asuntos importantes y porque hemos olvidado la pregunta.
Debemos organizar protestas en nuestras universidades y otras instituciones educativas e insistir en que dejen de adoctrinarnos. Deben dejar de negarnos la visión global, y en cambio, enseñarnos a plantearnos las preguntas del “porqué,” buscando respuestas auténticas.
Lo mismo ocurre con la educación judía. Hay demasiado dogmatismo. La educación religiosa debería ser una experiencia, no solo un estilo de vida cómodo y conformista. Debería ser una búsqueda sincera de Dios, del sentido de la vida y de la grandeza humana.
La vida no debe reducirse a una proposición geométrica, sino que debe experimentarse en toda su magnificencia, mucho más allá de nuestra capacidad de comprensión. La vida es más profunda que el conocimiento. Hace vibrar todo nuestro ser y agita nuestra esencia.
Solo cuando abracemos la plenitud de la vida — incluyendo todo lo que se puede conocer y lo que siempre se nos escapará — podremos abandonar nuestra mentalidad limitada y entrar en la tierra.
Cualquier cosa menos sería trivialización.
Notas
¹ Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 1, art. 5, citando a Aristóteles.
Traducción: drigs, CEJSPR


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