El pueblo judío no puede olvidar el pasado, pero tampoco podemos vivir en él.
Por Pini Dunner
Se dice que la nostalgia por los viejos tiempos es una mezcla de mala memoria y buena imaginación. Cada generación parece convencida de que antes las cosas eran mejores: las calles eran más seguras; los políticos, más honorables; los niños, más respetuosos; la vida, más sencilla. Sean cuales sean los problemas del presente, la solución parece encontrarse en una versión idealizada del pasado.
En realidad, la cuestión es mucho más compleja. En Hagley Park, en el corazón de las Midlands Occidentales de Inglaterra, se alza lo que parece ser la ruina de un antiguo castillo gótico. Una solitaria torre aún se eleva hacia el cielo, mientras que las demás se han derrumbado. Los muros caídos cuentan la historia de una arquitectura histórica ahora erosionada, convertida en sombras de lo que fue.
Al contemplarla, uno empieza a imaginar el magnífico castillo que alguna vez se erigió allí y a preguntarse qué desastres lo redujeron a esta pintoresca ruina. Pero la verdad es que nunca hubo un castillo, y la ruina que se ve fue construida exactamente como se ve.
El castillo nunca estuvo habitado; fue construido deliberadamente en el siglo XVIII para que pareciera ruinoso desde el principio, con el fin de evocar una añoranza por un pasado glorioso que nunca existió.
En muchos sentidos, es el monumento perfecto a una de las costumbres más arraigadas de la humanidad. A menudo nos interesa menos la historia en sí que nuestra imaginación de la historia. El pasado que añoramos no suele ser el pasado tal como fue, sino el pasado como nos gustaría que hubiera sido.
En un estudio histórico de 1997, psicólogos pidieron a niños que regresaban de las vacaciones de verano que enumeraran las cosas buenas y malas que les habían sucedido. Inicialmente, las listas eran prácticamente iguales. Pero cuando los investigadores les preguntaron meses después, los malos recuerdos habían desaparecido en gran medida. Al final del año, solo quedaban los recuerdos positivos.
Mucho antes de que los psicólogos analizaran la nostalgia con lupa, Marcel Proust observó que el recuerdo del pasado no es necesariamente el recuerdo de las cosas como fueron. Resulta que la memoria no es un dispositivo de grabación; es un editor. A veces, se trata de un editor muy selectivo, como un director de cine que elimina cada escena que no favorece al protagonista ni enriquece la trama.
La memoria funciona igual: sutilmente borra las imágenes inconvenientes y nos deja con un resumen que apenas guarda parecido con el original. Y cada vez más, nuestra nostalgia ni siquiera se dirige a épocas que vivimos personalmente.
Incluso existe una palabra para esto: «anemoia», acuñada para describir un profundo anhelo por un tiempo o lugar que nunca hemos visto, pero que imaginamos que existió. La gente romantiza épocas que nunca conoció. El pasado se pule, se simplifica y se perfecciona, y lo que perdura no es la historia real, sino un relato idealizado. Y a menudo, es un relato que se utiliza como arma contra el presente.
Sin embargo, antes de descartar la nostalgia como mera sentimentalidad, cabe señalar que el judaísmo siempre se ha centrado en el pasado de una manera aparentemente muy nostálgica. La fe judía se fundamenta en la memoria: recordamos con frecuencia el Éxodo, rememoramos el Sinaí y lamentamos la pérdida de Jerusalén.
No obstante, el judaísmo no nos anima a vivir en el pasado. Al contrario, la narrativa de la Torá está implacablemente orientada hacia el futuro. A Abraham se le ordena dejar atrás lo conocido, y los israelitas son guiados hacia una Tierra Prometida que nunca han visto.
El paso del tiempo se entiende como un arma de doble filo. Trae consigo decadencia —los edificios se derrumban, los cuerpos envejecen, los recuerdos se desvanecen—, pero también crea la posibilidad de crecimiento. El conocimiento se acumula con el paso del tiempo y la sabiduría se profundiza.
Cada generación tiene personas que notan lo que el tiempo ha arrebatado y lo lamentan con vehemencia, pero muchas menos personas se dan cuenta de lo que el tiempo ha hecho posible.
Es esta tensión la que subyace en uno de los episodios más notables de la Parashá Behaalotecha. El pueblo judío escapó de la esclavitud en Egipto, un país que los esclavizó y persiguió de maneras inimaginables. Ahora se dirigen a la Tierra Prometida, llevando consigo una misión divina y vislumbrando un futuro extraordinario.
Sin embargo, añoran Egipto. No la esclavitud, obviamente, sino la comida (Números 11:5): זָכַרְנוּ אֶת הַדָּגָה אֲשֶׁר נֹאכַל בְּמִצְרַיִם חִנָּם — “Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto”.
Es una de las afirmaciones más sorprendentes de la Torá. ¿Pescado gratis? ¿En eso pensaban cuando recordaban Egipto? ¿Acaso no era el trabajo esclavo? ¿Ni las palizas? ¿Ni el asesinato de sus hijos inocentes?
En su imaginación, Egipto había experimentado una transformación asombrosa. La casa de la esclavitud se había convertido en un paraíso. Es como si alguien que sobrevive a un accidente aéreo dijera: «Me encanta el servicio de esa aerolínea, y los asientos son comodísimos».
Pero quizás la respuesta sea sencilla. Los israelitas estaban haciendo exactamente lo que los seres humanos siempre hacen: distorsionar el pasado. El Egipto que anhelaban no existía en realidad. En cambio, habían inventado un pasado dorado para hacer que un presente sombrío se sintiera aún peor. Al igual que Hagley Park, construyeron un edificio en torno a un pasado glorioso que ahora yace en ruinas; pero la verdad es esta: ese pasado era producto de su imaginación.
Más importante aún, al mirar hacia atrás a través del filtro distorsionado de una nostalgia inventada, ya no podían ver lo que les deparaba el futuro. Y ese es precisamente el peligro de la nostalgia. No que se base en la invención, que a menudo lo hace, sino que puede impedirnos avanzar.
El Midrash hace una observación impactante. La palabra hebrea «chinam» significa tanto «gratis» como «sin valor alguno». Y eso es precisamente lo que valía su nostalgia. Habían cambiado un futuro con propósito por un recuerdo inservible de peces.
La tragedia de este episodio no reside en que los israelitas recordaran el pasado, sino en que lo recordaran erróneamente. El judaísmo rechaza tanto la amnesia como la nostalgia fantasiosa. La memoria nunca debe ser un destino a menos que sea un fundamento sólido sobre el cual construir. No se construye una casa sobre terreno inestable, porque entonces, inevitablemente, la estructura se derrumbará.
Si Egipto ha de ser recordado —y ciertamente se nos insta a recordarlo—, solo puede ser para que nuestro futuro se impregne de las lecciones aprendidas. La Tierra Prometida solo cumpliría su gran promesa si se tratara de un pasado auténtico.
El pasado es importante, pero no si interfiere con nuestro presente y amenaza nuestro futuro. No toda añoranza del pasado es una fantasía, pero si el pasado se utiliza como arma, debe ser rechazado. El paso del tiempo ofrece oportunidades que las generaciones anteriores jamás tuvieron; cada nuevo día brinda la posibilidad de crecer.
El reto no consiste en olvidar el pasado, sino en no vivir anclados en él. Al igual que las ruinas artificiales de Hagley Park, el Egipto de la memoria de los israelitas parecía glorioso y seductor. El único problema era que en realidad nunca existió. Si hubieran regresado a Egipto, habrían descubierto una realidad muy distinta. Su nostalgia los cegó ante las posibilidades del presente y ante el verdadero premio: un futuro que eclipsaría todo lo que el pasado les había ofrecido, para bien o para mal.
El autor es rabino en Beverly Hills, California.
Traducción: drigs, CEJSPR


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