Algo para Pensar — Parasha Ki Tisa (jueves,5 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dio voluntad, con ofrenda a El Eterno para la obra del tabernáculo de reunión y para toda su obra, y para las sagradas vestiduras. Vinieron así hombres como mujeres, todos los voluntarios de corazón, y trajeron cadenas y zarcillos, anillos y brazaletes y toda clase de joyas de oro; y todos presentaban ofrenda de oro a El Eterno» (Éxodo 35:21-22)
El mandato de construir el Mishkán surge como una respuesta divina que transforma la materia en un espacio de encuentro. La Torá describe cómo “todo varón a quien su corazón estimuló” y “toda mujer voluntaria de corazón” trajo oro, joyas y objetos preciados para erigir el Tabernáculo (Éxodo 35:21–22).
La generosidad espontánea del pueblo no solo permitió levantar una estructura física, sino que reveló un principio espiritual profundo: lo material puede convertirse en vehículo de lo sagrado cuando es ofrecido con intención pura.
El misterio de una morada para lo Infinito
El rey Salomón, al inaugurar el Templo de Jerusalén, expresó la paradoja central del culto: “¿Puede Dios residir en la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener; ¿cómo, pues, podrá esta casa que te he edificado?” (1 Reyes 7:13, 27). Si Dios trasciende todo espacio, ¿qué significa el que “habite” en un santuario?
La respuesta está en el deseo divino expresado en Éxodo 25:8: “Harán para mí un santuario, y Yo habitaré entre ellos”. No se trata de contener a Dios, sino de crear un espacio donde lo humano pueda encontrarse con lo divino, donde la materia se vuelva transparente a su origen espiritual.
El rabino Schneur Zalman de Liadi explica que este es el propósito de la creación: que Dios tenga “una morada en los reinos inferiores” (Tanya, cap. 37). La tarea humana consiste en elevar lo físico, dedicándolo al servicio divino hasta revelar la chispa sagrada que contiene.
El Tabernáculo como rectificación del becerro de oro
El mandato de construir el Tabernáculo llega en el mismo período histórico que el pecado del becerro de oro. Ambos involucran oro, ambos son objetos físicos, ambos parecen tener una función religiosa. Pero su esencia es opuesta.
• El becerro de oro representa la adoración de la materia, la búsqueda de seguridad en un objeto visible, la caída en la idolatría.
• El Tabernáculo representa la subyugación de la materia, el uso de lo físico como instrumento para revelar la presencia divina.
El becerro es la perversión del Tabernáculo: toma el oro — símbolo de lo valioso y lo terrenal — y lo convierte en un fin en sí mismo. El Mishkán toma ese mismo oro y lo transforma en un medio para la trascendencia.
Por eso, la construcción del Tabernáculo es la rectificación más profunda del pecado. El mismo pueblo que usó su oro para fabricar un ídolo ahora lo entrega voluntariamente para construir una morada para Dios. Y cuando la Presencia divina desciende sobre el Tabernáculo, se confirma el perdón: la relación ha sido restaurada.
La enseñanza espiritual: transformar, no destruir la materia
El Tabernáculo enseña que la materia no es enemiga de la espiritualidad. El desafío no es renunciar al mundo físico, sino consagrarlo. El oro puede ser becerro o puede ser santuario; la diferencia está en la intención y en el propósito.
La vida cotidiana está llena de “oro”: recursos, talentos, tiempo, energía. La pregunta es si los convertimos en ídolos que nos atrapan o en instrumentos que revelan algo más alto.
La invitación del texto es clara: ¿qué parte de tu “oro” puedes transformar hoy en un espacio para lo sagrado?
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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