
Algo para Pensar-Parasha Bo (lunes, 19 enero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shavua Tov Lekulam!
“Y Moisés extendió su mano hacia el cielo, y una oscuridad espesa cubrió toda la tierra de Egipto durante tres días. Nadie pudo ver a su prójimo ni moverse de su lugar; pero todos los hijos de Israel tenían luz en sus moradas”(Éxodo 10:22-23).
Desde los primeros capítulos de la historia humana, cuando Adán expresó a Dios su angustia por estar solo, la soledad ha sido percibida como una experiencia dolorosa, casi como una maldición.
El ser humano contemporáneo parece sentirla con más intensidad. Rodeado de multitudes, ciudades inmensas y ruido constante, paradójicamente se percibe más aislado que nunca. El silencio del cosmos y la aparente indiferencia del mundo ante sus luchas le resultan insoportables. Está solo, y esa soledad le pesa.
Quizá esta sensación sea precisamente el núcleo de la novena plaga descrita en esta parashá. El hoshekh, la oscuridad, impuso sobre los egipcios un aislamiento absoluto, una desconexión total del otro.
La Torá describe el efecto de la plaga con las palabras lo ra’u ish et ahiv: “nadie veía a su hermano”. Toda forma de relación se suspendió. No había familia, ni amigos, ni comunidad. Cada persona quedó atrapada en una soledad impenetrable. Una verdadera pesadilla.
Aún más sorprendente es el debate que recoge el Midrash (Éxodo Rabá, Bo 14:2) sobre el origen de esa oscuridad. Nuestros Sabios preguntan: meiheján hayá hahoshekh hahu —¿de dónde provenía esa oscuridad?, ¿cuál es la raíz de la soledad?
Rabí Nehemías ofrece una respuesta comprensible: provenía del Gehenom, del lugar de castigo. Si la soledad es una maldición, su origen debe ser un ámbito de sufrimiento.
Pero Rabí Yehuda propone algo inesperado: la oscuridad venía “de lo alto”, pues está escrito (Salmos 18:12) que Dios “habita en la oscuridad secreta”. Según él, esta tiniebla tenía su fuente en la propia presencia divina.
¡La oscuridad descendía del Cielo!
Esta idea, sorprendente a primera vista, abre una nueva comprensión de la soledad, y con ella, de la condición humana. La oscuridad puede ser una plaga cuando separa a las personas, cuando impide compartir emociones, sueños y temores. Puede convertirse en un abismo que rompe los lazos humanos.
Pero esa misma oscuridad puede transformarse en bendición. Puede ser el espacio donde la presencia de Dios se hace más íntima. La soledad puede convertirse en un refugio interior, un momento de silencio en el que el ser humano se encuentra consigo mismo y reconoce que está hecho a imagen divina.
La soledad puede doler, pero también puede ser un tesoro. El mismo hoshekh que puede aislar a una persona hasta volverla insensible a los demás, puede también permitirle descubrir su individualidad, su madurez y su unicidad.
“Yoshev beséter Elyon” (Salmos 91:1): Dios reside en un misterio inaccesible. Por eso cada ser humano necesita un espacio interior, un ámbito privado, una cámara de “oscura luminosidad” donde pueda cultivar su identidad más profunda.
Como escribió Longfellow:
“No en el clamor de la calle abarrotada
ni en los gritos y aplausos de la multitud,
sino en nosotros mismos están el triunfo y la derrota.”**
Es en ese interior donde puede nacer una “oscuridad radiante”, una tiniebla que no destruye, sino que revela, porque su origen es divino.
¡Bienvenidos a esa brillante oscuridad donde Dios se oculta, y al mismo tiempo, se deja encontrar!
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
** El verso aparece en el poema «The Poets» de Henry Wadsworth Longfellow, publicado en su colección «Keramos and Other Poems» en 1878



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