
Algo para Pensar — Parasha Vayechi (miércoles, 31 diciembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Y yo te he dado a ti una parte más que a tus hermanos, la cual tomé yo de mano del amorreo con mi espada y con mi arco»(Génesis 48:22).
Cuando nuestro padre Jacob estaba en su lecho de muerte, justo antes de bendecir a todos sus hijos, llamó a su hijo predilecto, José, y le dijo que le otorgaría un premio especial, algo que los demás no recibirían.
«Hijo,» le dijo a su hijo real, quien ahora era el verdadero amo de Egipto, «te he dado una porción adicional respecto a tus hermanos.» La Torá no especifica cuál es esa porción. Sin embargo, nuestros rabinos (véase, Targum Yerushalmi, Génesis 48:21) sugirieron cuál era ese legado adicional. El rabino Yehuda sostiene, ¡que se trataba de la túnica que vestía Adán!
¡Qué regalo para un rey! Qué herencia para un hombre que controlaba el reino más grande de la antigüedad, que tenía a millones bajo su yugo, que regulaba el comercio de toda la nación, un potentado absoluto que disponía de todo lo que deseaba: ¡una camisa, y encima con siglos de antigüedad!
Vaya despliegue el que Jacob le dio a lo que resultó ser simplemente una reliquia familiar. Una camisa con veintitrés generaciones encima puede tener cierto valor sentimental o arqueológico. Se la puedes dar a otros hijos, o a un museo; pero no se le da algo así a un virrey fabulosamente rico como recompensa «especial.»
Pero si eso fue lo que Jacob decidió darle a José, según nuestros sabios, debió haber una razón muy especial para hacerlo. Nuestros rabinos querían revelarnos algo de lo que Jacob deseaba enseñarle a José, y a los «Josés» de todas las épocas.
Hay tres descripciones de esa prenda que usó Adán, las cuales señalan tres puntos importantes que debemos tener muy presentes. Son tres lecciones que Jacob quería inculcarle a José — por ser el más rico y poderoso de todos sus hijos —, tres advertencias contra los abusos que suelen acompañar la prosperidad, el poder y el reconocimiento social.
Lo primero que dijeron nuestros rabinos sobre esta prenda fue que estaba hecha de un tipo especial de cuero. La Biblia lo llama «katnot or» (Génesis 3:21), una prenda de cuero. Los rabinos añaden que provenía de la piel que la serpiente mudó. José, le dijo, me temo que tu riqueza o poder se puede subir a tu cabeza. Tienes todas las razones del mundo para estar orgulloso de ti mismo.
Empezaste como esclavo en una miserable prisión, vendido por tus hermanos. Ahora has alcanzado la eminencia política, el dominio económico de un imperio y el reconocimiento social, siendo aclamado por todo Egipto como su salvador y coronado por el mismo faraón como el segundo después de él.
Tienes dinero, tienes propiedades, tienes poder. Tienes, en otras palabras, la mayor tentación que un hombre puede tener: perder la humildad. Te paseas en carros dorados; ostentas el título de príncipe; eres un astuto hombre de negocios; puede que los egipcios no quieran compartir el pan contigo por ser israelita, pero aun así, te has construido tu propio palacio. Pero no lo olvides, José, no olvides que eso no significa nada.
Mañana le echaremos un vistazo al segundo punto que han planteado los rabinos.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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