
Algo para Pensar — Parasha Vayigash (jueves, 25 diciembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Y envió Jacob a Judá delante de sí a José, para que le viniese a ver en Gosén; y llegaron a la tierra de Gosén.» (Génesis 46:28)
La Torá nos dice que cuando Jacob trasladó a su familia a Egipto, donde los hijos de Israel residirán durante más de dos siglos, «envió a Judá delante… para mostrarles el camino.»
La palabra hebrea lehorot («mostrar el camino») significa literalmente «enseñar» e «instruir,» lo que lleva alMidrash a afirmar que el propósito de la misión de Judá era establecer una casa de aprendizaje que difundiera las enseñanzas de la Torá.
Pero José ya estaba en Egipto, y Jacob ya había recibido noticias de que los veintidós años que José había pasado lejos de casa no habían disminuido su conocimiento ni su compromiso con la Torá.
José, el gobernante de facto de Egipto, sin duda tenía la autoridad y los medios para establecer la yeshiva más deslumbrante del imperio. ¿Por qué Jacob deseaba que Judá — un inmigrante recién llegado que ni siquiera hablaba el idioma local — fuera quien estableciera la casa de aprendizaje que serviría al pueblo israelita en Egipto?
En la época del descenso de Jacob a Egipto, sus hijos estaban divididos en dos facciones. El suyo era un conflicto entre dos visiones acerca del mundo, entre dos enfoques de la vida como judío en un mundo pagano.
Por un lado estaban diez de los doce hermanos, liderados por Judá. Los hermanos vivían, como sus antepasados, siendo pastores solitarios, con mínima interacción con la sociedad, para que esta no afectara la integridad de su vida espiritual ni su vínculo con Dios.
En contraste, José era un hombre de éxito en los negocios y la política, que no veía contradicción alguna entre servir como virrey de Egipto y mantener una comunión constante con Dios. Su integridad espiritual y moral permanecía totalmente inalterada por la sociedad y el entorno en el que vivía, tampoco por las ocupaciones que requerían su dedicación las veinticuatro horas del día.
El conflicto entre José y sus hermanos fue uno entre una tradición espiritual y una nueva mundanidad. En este conflicto, José saldría victorioso. El aislamiento espiritual que caracterizó a las primeras tres generaciones de la historia israelita estaba destinado a desaparecer.
Jacob y su familia se trasladaron a Egipto, donde el exilio forjará a sus descendientes, convirtiéndolos en la nación de Israel. Tal como José había previsto en sus sueños, sus hermanos y su padre se inclinaron ante él.
Jacob había comprendido el significado de esos sueños desde el principio y había esperado su cumplimiento. Los hermanos de José, a quienes les costaba más aceptar que la era del pastor llegaba a su fin, se opusieron a él durante veintidós años de amarga lucha hasta que ellos también comprendieron que el desafío histórico de Israel consistía en vivir una vida espiritual DENTRO de un entorno material.
Sin embargo, y a pesar de, fue Judá, no José, a quien Jacob eligió para establecer la casa de aprendizaje que serviría como fuente de conocimiento de la Torá para los israelitas recién llegados a Egipto.
Las tres primeras generaciones de la vida judía no fueron un «falso comienzo»; fueron el fundamento de todo lo que vendría después. Fue de este fundamento donde José extrajo la fuerza para perseverar en su fe y rectitud en un entorno ajeno. Fue sobre este fundamento que se construiría todo el edificio de la historia judía.
El judío vive en un mundo material, pero sus raíces están plantadas en la tierra de la espiritualidad pura. En su vida diaria debe ser un José, pero su educación debe ser impartida por un Judá.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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