Algo para Pensar — Parasha Vayigash (miércoles, 24 diciembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shavua Tov Lekulam! 


«Entonces Judá se acercó a él, y dijo: Ay, señor mío, te ruego que permitas que hable tu siervo una palabra en oídos de mi señor, y no se encienda tu enojo contra tu siervo, pues tú eres como Faraón» (Génesis 44:18)


El drama de José y sus hermanos, que alcanza su punto culminante en esta parashá, es una fuente de inagotable fascinación. Un aspecto significativo de esta extraña narración es que las acciones de José hacia sus hermanos resultan incomprensibles, tanto para ellos, que no lo reconocen, como para nosotros, que ya sabemos quién es.

Hasta el final, tanto ellos — los hermanos — como los lectores se encuentran perplejos: ellos, por el príncipe egipcio que parece empeñado irracionalmente en atormentarlos, y nosotros, por los motivos anómalos y misteriosos de José al seguir ocultándoles su identidad y llevar a cabo este elaborado discurso. 


Entonces, de repente, todo se aclara. La revelación de la identidad de José es también la revelación de un plan maestro, concebido por una mente brillante, un curso de acción maravilloso y de coherencia admirable. 


El propósito de este plan es ayudar a los hermanos a lograr la «teshuvá», el arrepentimiento o la rehabilitación, a recuperar su dignidad y a liberarse de su vergüenza. Pues este es el gran objetivo de José, hacia el cual se orientan y dirigen todas sus acciones.


Su pecado fue el odio hacia su medio hermano José, hijo de Raquel, un odio que puso en peligro su vida. Ahora, Judá estaba dispuesto a arriesgar la suya por el otro medio hermano, Benjamín, también hijo de Raquel. Los hermanos cumplieron con los requisitos de la teshuvá. ¡Qué armonía y perfección, todo encaja! ¡Qué simetría! 


Qué bien se relaciona todo esto con el plan que se manifestó en los dos grandes sueños: los de sus gavillas inclinándose ante las de él, y los del sol, la luna y las estrellas inclinándose ante él. No es de extrañar que el faraón quedara tan impresionado por este joven hebreo. 


Él es, en verdad, recipiente de una sabiduría indescriptible, el tzofnat paneiah, aquel que tiene todas las respuestas y resuelve todos los problemas. Además, el plan de José para la teshuvá de sus hermanos es correcto, es moral. Por eso los rabinos se sintieron impulsados a declarar que la expresión «misericordioso y bondadoso» alude a José el Justo.


Sin embargo, los sabios detectaron fisuras en la imagen de José. Era sabio y tenía buenas intenciones, pero algo no cuadraba. Quizás, podría decirse, era demasiado astuto, su estrategia demasiado impecable y su método demasiado consistente.


Por ejemplo, al poner a prueba a sus hermanos, le dio a Benjamín una porción mucho mayor. ¿Acaso no se arriesgó demasiado al despertar esos viejos y latentes celos? ¿No se dio cuenta de que, al fin y al cabo, los hermanos eran solo humanos? 


Y cuando arrestó a Simón delante de ellos, ¿no fue eso demasiado cruel, aunque tal vez necesario? Y cuando les exigió que le entregaran a Benjamín como esclavo por el «robo» de su copa, ¿no les causó tal dolor que rasgaron sus vestiduras en señal de angustia? 


Ciertamente, este acto formaba parte de un plan coherente; pero fue despiadado y cruel. Pudo haber cedido un poco ante las emociones humanas, y de alguna manera, haber suavizado el golpe. 


De hecho, los rabinos nos dicen que José recibió su paga generaciones después por este acto de agonía que causó a sus hermanos: su descendiente Josué, que por lo demás había experimentado una serie ininterrumpida de éxitos al frente de Israel en la conquista de Canaán, sufrió un duro revés en la guerra contra la ciudad de Ai, quedando tan afligido que ¡rasgó sus vestiduras por causa de su angustia!


Finalmente, y lo más importante, José oyó, no menos de diez veces, a sus hermanos referirse a su padre Jacob como «tu siervo, nuestro padre,» ¡Diez veces les permitió que se refirieran a su propio padre como su siervo! Es cierto que esto formaba parte del cumplimiento del sueño en el que el sol, simbolizando a Jacob, también se inclinaría ante José. 


Pero los rabinos (Sota 13a) estaban terriblemente molestos con José por permitir esta falta de respeto diez veces. Como castigo, declaran, José perdió diez años de vida, los cuales habría podido vivir si no hubiera caído en este maltrato hacia su propio padre.


En resumen, José fue demasiado constante. ¿Se aferró José con demasiada rigidez a su plan original? Cuando un plan es excesivamente constante, cuando no deja un espacio para imprevistos, se convierte en una máquina: una máquina que consume los corazones y las emociones, que causa dolor entre los hermanos, que convierte a los padres en siervos y que, en última instancia, menoscaba la vida del propio artífice del plan. 


¿Fue ahí donde José se equivocó? ¿Fue demasiado constante y poco compasivo, demasiado calculador y poco bondadoso? 


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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