
Algo para Pensar — Parasha Miketz (jueves, 18 diciembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«José, pues, conoció a sus hermanos; pero ellos no le conocieron» (Génesis 42:8)
Finalmente, tras veintidós años de muchos altibajos, José y sus hermanos se reencuentran. Se percibe la tensión del momento. La última vez que estuvieron juntos, los hermanos planearon matar a José y, finalmente, venderlo como esclavo.
Una de las razones fue su enojo por los relatos que él había hecho sobre sus sueños; en dos ocasiones había soñado que sus hermanos se inclinarían ante él. Para ellos, eso sonaba a arrogancia, exceso de confianza y vanidad.
La soberbia suele ser castigada por la némesis, y así fue en el caso de José. Lejos de ser un gobernante, sus hermanos lo convirtieron en esclavo. Sin embargo, aquello no resultó ser el final de la historia, sino solo el comienzo. Inesperadamente, ahora en la Parashá Miketz, el sueño se ha hecho realidad. Los hermanos se postran ante él, «rostros a tierra» (Génesis 42:6).
Ahora, podríamos pensar que la historia ha llegado a su fin. En cambio, es todo lo opuesto. Resulta ser solo el comienzo de otra historia completamente distinta, sobre el pecado, el arrepentimiento y el perdón. Y es que algunas historias bíblicas tienden a desafiar las narrativas convencionales.
La razón por la que la historia no termina con el encuentro de los hermanos es que solo una de las personas presente en la escena — el propio José — sabía que se trataba de una reunión. «Cuando José vio a sus hermanos, los reconoció, pero fingió ser un extraño y les habló con dureza… José reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron a él» (Génesis 42:7-8).
Había muchas razones por las que no lo reconocieron. Ignoraban que estaba en Egipto. Creían que aún era esclavo, mientras que el hombre ante quien se inclinaban era un virrey. Además, tenía apariencia egipcia, hablaba egipcio y se llamaba Tzofnat Paane’ah. Pero, sobre todo, vestía el uniforme de un egipcio de alto rango. Esa había sido la señal del ascenso de José a manos del faraón cuando interpretó sus sueños (cf. Génesis 41:41-43).
Como todo uniforme, la ropa contaba una historia, proclamaba el estatus de una persona. Alguien vestido como el egipcio ante quien los hermanos acababan de inclinarse no podía ser su hermano José. Excepto que sí lo era.
Esto parece un asunto de poca importancia, pero quiero argumentar lo contrario. Resulta ser, de hecho, un asunto muy importante.
Lo primero que debemos observar es que la Torá en conjunto, y el Génesis en particular, tiene una manera particular de llamar nuestra atención a un tema principal: lo hace a través de la recurrencia de episodios. Robert Alter, en su libro «El arte de la narrativa bíblica,» los denomina «escenas tipológicas.»
Por ejemplo, está el tema de la rivalidad entre hermanos, que aparece cuatro veces en el Génesis: Caín y Abel, Isaac e Ismael, Jacob y Esaú, y José y sus hermanos.
También está el tema que se repite tres veces: el patriarca obligado a abandonar su hogar por la hambruna, y luego, al darse cuenta que tendrá que pedirle a su esposa que finja ser su hermana por temor a ser asesinado y ella siendo llevada al harén real.
También está el tema de encontrar la futura esposa, el que igualmente aparece tres veces: Rebeca, Raquel y Séfora, la hija de Jetro.
El encuentro entre José y sus hermanos es el quinto de una serie de relatos en los que la vestimenta desempeña un papel fundamental.
El primero es el de Jacob, quien se viste con la ropa de Esaú para llevarle comida a su padre y recibir así la bendición de su hermano.
El segundo es el manto finamente bordado de José, o «túnica de muchos colores,» que los hermanos devuelven a su padre manchada de sangre, diciendo que un animal salvaje lo había atacado.
El tercero es el relato de Tamar, quien se quita el vestido de viuda, se cubre con un velo y se disfraza de prostituta.
El cuarto es el manto que José deja en manos de la esposa de Potifar al huir de ella mientras intentaba seducirlo.
El quinto es el de esta parashá, en este caso el faraón viste a José como un egipcio de alto rango, con ropas de lino, una cadena de oro y el anillo de sello real.
¿Tienen estos casos algún elemento en común, algún hilo conector? La búsqueda de respuesta a esta pregunta será el objetivo de nuestra próxima reflexión.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




Deja un comentario