
Algo para Pensar — Parasha Miketz (miércoles, 17 diciembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Y José era el señor de la tierra, quien le vendía a todo el pueblo de la tierra; y llegaron los hermanos de José, y se inclinaron a él rostro a tierra» (Génesis 42:6)
Casi veintidós años antes, José había tenido dos sueños que predecían los acontecimientos de aquel día. En su primer sueño: «Estábamos atando gavillas en el campo. Y he aquí que mi gavilla se levantó y se puso erguida; y he aquí que vuestras gavillas se colocaron a su alrededor y se inclinaron ante mi gavilla.» En el segundo, José vio «al sol, la luna y once estrellas inclinándose ante mí.»
Los hermanos de José, que ya sentían celos por causa del cariño especial que su padre le profesaba, «lo odiaban aún más por sus sueños y sus palabras» Jacob, sin embargo, «tenía presente el asunto» y «esperaba con ilusión su cumplimiento.»
Para que eso sucediera, tuvieron que transcurrir veintidós años, durante los cuales Jacob lloraría la pérdida de su amado hijo. José sufriría la esclavitud y el encarcelamiento, y sus hermanos experimentarían un profundo remordimiento. Veintidós dolorosos años pasarían para que los hijos de Jacob se postraran ante el virrey de Egipto, quien, sin que ellos lo supieran, era el mismo soñador al que habían vendido como esclavo.
¿Por qué era tan importante que se produjera esta sumisión? ¿Por qué Jacob «esperaba y anhelaba el cumplimiento de los sueños de José, a pesar de ser consciente de la terrible animosidad que estos provocaban entre sus hijos»?
Abraham, Isaac y Jacob fueron pastores, al igual que los hijos de Jacob. Eligieron esta vocación porque consideraban que la vida del pastor — una vida de recogimiento, comunión con la naturaleza y alejamiento del bullicio y las vanidades de la sociedad — era la más propicia para su búsqueda espiritual.
Cuidando sus ovejas en los valles y colinas de Canaán, podían apartarse de los asuntos mundanos, contemplar la majestad del Creador y servirle con mente clara y corazón sereno.
¡José era diferente! Él era un hombre de mundo, un triunfador fortuito en los negocios y la política. Vendido como esclavo, pronto se convirtió en el principal administrador de los asuntos de su amo. Encarcelado, ascendió rápidamente a un alto cargo en la administración penitenciaria. Llegó a ser virrey de Egipto, la segunda figura más poderosa del mundo después del faraón, y el único proveedor de alimentos para toda la región.
Sin embargo, nada de esto lo afectó. Siguió siendo José el justo que había estudiado la Torá a los pies de su padre. Esclavo, prisionero, gobernante de millones, administrador de la riqueza de un imperio: daba igual; el mismo José que había meditado en las colinas y valles de Canaán caminaba por las calles del desolado Egipto.
Su ser espiritual y moral emanaba por completo desde su interior y permanecía totalmente inalterado ante la sociedad, su entorno o la ocupación que le exigía dedicación las veinticuatro horas del día.
El conflicto entre José y sus hermanos era más profundo que una túnica multicolor o del afecto paterno que recibía como hijo predilecto. Era un conflicto entre una tradición espiritual y una nueva mundanidad; entre una comunidad de pastores y un político.
Los hermanos no podían aceptar que una persona pudiera llevar una vida mundana sin volverse mundano, que una persona pudiera permanecer unida a Dios mientras habitaba los palacios y las salas gubernamentales del Egipto pagano.
Este es el significado más profundo del hecho que, cuando los hermanos se encuentran por primera vez en Egipto, «José reconoció a sus hermanos, pero ellos no lo reconocieron a él.» Los hijos de Jacob eran incapaces de percibir a un «hermano» (es decir, a alguien que es su igual espiritual) en alguien tan involucrado en el mundo material.
Esto no quiere decir que José representa una visión más mundana de la vida, mientras que los hermanos y los patriarcas fueran más trascendentes en su actitud hacia el mundo material.
Al contrario: el hecho mismo de que los «pastores» sintieran la necesidad de alejarse de la sociedad humana y sus afanes materialistas para que no los distrajeran de su conexión con Dios y obstaculizaran su servicio, indica que la mundanidad era para ellos lo suficientemente real como para suponer tal desafío.
José, en cambio, trascendió tan completamente la realidad material, que podía estar plenamente involucrado en ella y plenamente conectado con Dios al mismo tiempo. Dado que las «vestiduras» materiales que ocultan la presencia divina en el mundo, para él, eran totalmente transparentes, a tal grado que no podían interferir en modo alguno con su vínculo con Dios.
Durante las primeras tres generaciones de la historia judía, el credo del pastor fue predominante. Pero Jacob sabía que, para que sus descendientes sobrevivieran al exilio egipcio y a los milenios de otras transformaciones económicas, religiosas y culturales que la historia les deparaba, su propia perspectiva debía subordinarse a la de José.
Si los hijos de Israel habían de superar todas las convulsiones sociales y culturales de los siguientes cuatro mil años y perseverar como pueblo de Dios, debían someterse a José, interiorizando su visión y su enfoque de la vida en el mundo material.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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