¡Shalom, Shalom Lekulam!


«Y pusieron para él aparte, y separadamente para ellos, y aparte para los egipcios que con él comían; porque los egipcios no pueden comer pan con los hebreos, lo cual es abominación a los egipcios» (Génesis 43:32).


¿En qué radica la diferencia entre los «Josés» y la gran mayoría de nuestros compatriotas judíos?


La clave reside en esto: que el judío en la diáspora — del tipo específico que estamos hablando — es un completo extranjero, totalmente desarraigado, mientras que José tiene raíces profundas, ¡raíces que están en el cielo!


Está espiritualmente arraigado, firmemente comprometido con la religión; no es ajeno a Dios, y por lo tanto su felicidad está asegurada, en un grado mucho mayor que el que la sociedad experimentaría incluso si adoptara el consejo de Erik Fromm. 


Mientras que los «Josés» están cerca de Dios, arraigados en la Torá, en contacto con el Todopoderoso, el judío en la diáspora del que estamos hablando, está alejado de su Creador, no tiene raíces en el plano espiritual, está desconectado, tanto de sus semejantes, y por ende, de sí mismo. 


La fraternidad — hacia todas las personas — la creatividad, la conexión que el Dr. Fromm predica como la solución a la alienación, se encuentra en todos los «Josés» que tienen raíces en el cielo y no son ajenos a Dios. 


Al tener esta compañía y conexión mayor, más profunda y permanente, la alienación social que experimentan en la tierra no solo es tolerable, sino que, además, se torna en creatividad. No la infelicidad, sino la felicidad; no la ansiedad ni la neurosis, sino a la tranquilidad y creatividad, este es el destino de quienes no estemos alejados de Dios. 


El verdadero judío nunca ha sido como un árbol, con raíces en este mundo material, sino que es semejante a una vid colgante cuyas raíces están en el cielo y que, por ello, puede disfrutar aún más de la atmósfera terrenal. Conectados con el Cielo disfrutamos más nuestra travesía terrenal.


Filón, el gran filósofo judío de la bulliciosa metrópolis de Alejandría, hace dos mil años, escribió que aquellos a quienes la Torá llama sabios siempre son representados como peregrinos, y por lo tanto, ¡extranjeros! «Su camino es visitar la naturaleza terrenal como hombres que viajan al extranjero para ver y aprender… Para ellos, la región celestial, donde reside su ciudadanía, es su patria; la región terrenal en la que se convierten en peregrinos es un país extranjero.»**


Ese es el punto que queremos destacar: cuando un hombre (mujer) es profundamente religioso, verdaderamente piadoso, cuando está en comunión con Dios y es ciudadano del cielo, entonces su alejamiento de las pequeñas sociedades no es motivo suficiente para causarle infelicidad.


Recordemos que la sensación de alienación no desmerece la hospitalidad de Estados Unidos (y de los demás países)  ni la lealtad del pueblo judío; y que dicha alienación puede socavar nuestra felicidad a menos que pongamos fin al distanciamiento entre nosotros y nuestro Padre Celestial, a menos que reafirmemos nuestra ciudadanía celestial, nuestra conexión a través de la Torá y nuestra fraternidad con toda la humanidad, pues fuimos creados a imagen de Dios. 


¡Qué alcancemos la felicidad suprema al mantenernos en continua comunión con el Todopoderoso!


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


Notas

**Selections from Philo, p.37

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