
Algo para Pensar — Parasha Vayeshev (miércoles, 10 diciembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
“Aconteció en aquel tiempo, que Judá se apartó de sus hermanos, y se fue a un varón adulamita que se llamaba Hira. Y vio allí Judá la hija de un hombre cananeo, el cual se llamaba Súa; y la tomó, y se llegó a ella.“ (Génesis 38:1-2)
Ocurrió algo inesperado: Judá, el hermano que propuso vender a José como esclavo (Génesis 37:26), abandonó el clan, se fue a Canaán y allí se casó con una mujer cananea (Génesis 38:1).
Los sabios interpretaron, con razón, la expresión וַיֵּ֥רֶד, «bajó» como algo lleno de significado. Según la tradición midráshica, Judá fue «excomulgado» por sus hermanos por haberles aconsejado que vendieran a José luego de ver el sufrimiento causado a su padre.
Así como José había sido llevado [abajo] a Egipto, Judá había sufrido una decadencia moral y espiritual. Uno de los hijos de Jacob había hecho lo que los patriarcas insistían en que no se hiciera: casarse con una mujer fuera de la comunidad. Es una historia de triste decadencia.
Judá casó a su primogénito Er, con una mujer de la región llamada Tamar. En el Targum Yonatan, se la identifica como hija de Sem, hijo de Noé. Otros la identifican como hija de Melquisedec, contemporáneo de Abraham.
Un versículo poco conocido indica que Er pecó y murió. Judá entonces casó a su segundo hijo, Onán, con Tamar, bajo una forma de levirato pre mosaico, por el cual un hermano estaba obligado a casarse con su cuñada si esta había enviudado sin tener hijos. Onán, reacio a engendrar un hijo que no fuera solo suyo sino de su difunto hermano, practicó una forma de coito interrumpido que hasta el día de hoy lleva su nombre. Por ello, también murió.
Habiendo perdido a dos de sus hijos, Judá se resistía a casar a su tercero, Selá, con Tamar. Como resultado, Tamar quedó como una «viuda viviente,» obligada a casarse con su cuñado, a quien Judá le negaba sin poder casarse con nadie más.
Tras muchos años, al ver que su suegro (ya viudo) se resistía a casarla con Selá, decidió emprender una acción audaz. Se despojó de sus ropas de viuda, se cubrió con un velo y se colocó en un lugar donde Judá pudiera verla camino a la esquila de ovejas.
Judá la vio, la confundió con una prostituta y contrató sus servicios. Como garantía del pago prometido, ella insistió en que le dejara su sello, cordón y bastón. Judá regresó al día siguiente con el pago, pero la mujer había desaparecido. Preguntó a los lugareños por el paradero de la prostituta del templo (el texto en este punto usa la palabra kedesha, «prostituta del culto,» en lugar de zona, lo que agrava la ofensa de Judá), pero nadie la había visto en el lugar. Confundido, Judá regresó a casa.
Tres meses después, Judá se enteró que Tamar estaba embarazada. Llegó a la única conclusión posible: ella había tenido una relación con otro hombre estando casada con su hijo Selá. Había cometido adulterio, delito castigado con la muerte.
Tamar fue llevada ante el juez para recibir su sentencia. Llegó con la vara y el sello que Judá reconoció al instante como suyos. Dijo: «Estoy embarazada del dueño de estos objetos.» Judá comprendió lo sucedido y exclamó: «¡Ella es más justa que yo!» (Génesis 38:26)
Este momento marca un punto de inflexión en el relato.
Judá es la primera persona en la Torá en admitir explícitamente su error. Este texto está repleto de alusiones verbales. Como hemos señalado, Judá al igual que José ha «caido.»
José está a punto de alcanzar la grandeza política; Judá, con el tiempo, alcanzará la grandeza moral. El engaño de Tamar a Judá es similar al engaño de Judá a Jacob — ambos involucran vestimentas: la túnica de José manchada de sangre vis a vis el velo de Tamar.
Ambos culminan con la palabra «haker na,» «por favor, examina.» Judá obliga a Jacob a creer una mentira. Tamar obliga a Judá a reconocer la verdad. Todavía no lo comprendemos, pero este parece ser el momento en que Judá adquirió la profundidad de carácter necesaria para convertirse en el primer «baal teshuvá.»
Esto se verá años después, cuando él — el hombre que está dispuesto a pasar el resto de su vida en la esclavitud para que su hermano Benjamín pueda ser libre (Génesis 44:33) — nos muestra el principio de que un penitente está por encima incluso de un individuo perfectamente justo (Berajot 34b). Judá, el penitente, se convierte en el antepasado de los reyes de Israel, mientras José, el justo, es solo un virrey, «mishneh lemelekh,» segundo después del rey.
Hasta aquí nuestra conversación acerca de Judá. Es así, porque la verdadera heroína de esta historia es Tamar. De ella hablaremos mañana.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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