
Algo para Pensar — Parasha Vayislach (lunes, 1 diciembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
“Y él pasó delante de ellos y se inclinó a tierra siete veces, hasta que llegó a su hermano. Pero Esaú corrió a su encuentro y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó; y lloraron.” (Génesis 33: 3-4)
En el libro Avodat Israel, el rabino Israel de Koshnitz enseña que es posible elevarnos al nivel divino y realizar milagros al alcanzar el estado espiritual de «ayin», que significa «la nada». En este nivel, el ego desaparece por completo, y dejamos de centrarnos en nosotros mismos o en nuestras preocupaciones personales.
Al reducir genuinamente nuestro ego y eliminar los deseos egoístas, nos unimos por completo a la Esencia de la Luz del Creador. Esto nos otorga el poder de hacer milagros, otorgar bendiciones y hasta facilitar la redención.
Incluso si un juicio negativo está predestinado para alguien, quien ha llegado al estado de «ayin» puede revertirlo y convertirlo en una bendición.Cuando los hermanos Jacob y Esaú se reunieron al fin, Jacob presentó a su familia ante Esaú. Colocó primero a las sirvientas Bilha y Zilpa con sus hijos, luego a Lea con los suyos, y al final a Raquel y José.
Sin embargo, el Midrash se pregunta: ¿dónde estaba Dina, la única hija de Jacob? Según el Midrash, Jacob la ocultó en un cofre por temor a que Esaú la viera y deseara casarse con ella.
El Midrash añade que Jacob se atrajo un castigo al esconder a su hija. Si Esaú hubiera conocido a Dina, podría haberse casado con ella, y gracias a eso, haberse convertido en una persona mejor. Al negarle esa oportunidad de cambio a Esaú, Jacob provocó eventos trágicos: Dina fue raptada y violada por el hijo de Siquem.
Los que somos padres podemos entender el conflicto de Jacob. Esaú era una figura negativa, así que parece lógico que Jacob actuara de esa manera. ¿Por qué, entonces, recibió un juicio tan estricto?
Una interpretación indica que Jacob acertó al ocultar a Dina en el baúl, pero su error radicó en cómo lo hizo. Las palabras que describen este fallo son: «Cerró el candado con demasiada fuerza», lo que implica que, aunque la acción fuera adecuada, la motivación subyacente no lo era.
A veces, surge la ocasión de ayudar a alguien a identificar sus equivocaciones. La clave es reflexionar si lo hacemos con placer al señalar sus fallos o si nos causa dolor hacerlo.
En ambos escenarios, la acción externa es idéntica: diremos lo mismo de la misma forma, pero la distinción está en nuestro sentimiento interior. ¿Experimentamos empatía o nos alegramos de su malestar? Quien ama de verdad al prójimo sentirá el sufrimiento ajeno.
En el Talmud, se cuenta la anécdota del rabino Yehuda HaNasi y un ternero destinado al sacrificio. Al saber su destino, el ternero lloró y se refugió junto al rabino. Él le dijo: «Ve al matadero; para eso fuiste creado».
El Talmud prosigue: «Por no mostrar misericordia hacia el animal, los Cielos lo juzgaron, y el rabino Yehuda padeció un intenso dolor durante trece años».
Al igual que Jacob al proteger a su hija, el rabino Yehuda dijo algo correcto. Los animales existen, en parte, para servir de alimento a los humanos; al morir, su luz espiritual se eleva. El problema no era la veracidad de sus palabras, sino si sintió compasión por el ternero al pronunciarlas.
De las historias de Jacob y el rabino Yehuda aprendemos que podemos actuar de forma correcta, pero si la motivación no surge de la compasión, incluso un acto justo puede atraer un juicio riguroso.
Como se vio en la porción de Toldot, Jacob tenía dificultades para empatizar con el dolor de los demás, y en Vayishlach, esta misma deficiencia causa sufrimiento tanto para él como para su hija.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR).




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