Algo para Pensar — Parasha Toledot (lunes, 17 noviembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!“Y los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a consultar a El Eterno.” (Génesis 25:22)


Realmente, ¿cuánto control tenemos sobre nuestras acciones? 


Algunas personas parecen ser innatamente buenas, mientras otras luchan continuamente con rasgos de carácter negativos y ominosas perversiones. Un individuo es criado en un hogar cálido, amoroso, impresionado por educadores competentes y modelos a seguir positivos, mientras que otro solo tiene para emular violencia y corrupción.


Entonces, ¿se debe responsabilizar a una persona por su comportamiento? ¿Es el bien que hacemos realmente mérito nuestro? ¿Es el mal nuestra culpa? ¿Será posible que al final todo sea una cuestión de genes y entorno?


Desde el vientre, Esaú y Jacob, los hijos gemelos de Isaac y Rebeca, parecían destinados a seguir caminos muy diferentes en la vida. Rebeca tuvo un embarazo algo tumultuoso — la Torá nos dice que “los niños luchaban dentro de ella.” 


El Midrash explica: 
Siempre que pasaba por una casa de oración o una casa de estudio, Jacob luchaba por salir … y cuando pasaba por una casa de idolatría, Esaú luchaba por salir.


Los sabios también ofrecen otra explicación para la lucha que se está librando en el vientre de Rebeca:


Ellos luchaban entre sí, peleando por la herencia de los dos mundos. ¿Cuáles son estos dos mundos? El “olam hazed,” el “mundo del tiempo presente” donde rige el materialismo vs. el “olam habah,” o sea, “el mundo por venir” donde rige la perfección divina. 


Dios le dice a Rebeca que “hay dos naciones en tu vientre; dos pueblos se separarán de tus entrañas.” Cuando los niños maduran, Esaú se desarrolla como un “astuto cazador, un hombre del campo,” mientras que Jacob crece para ser “un hombre íntegro, un habitante de las tiendas [de aprendizaje].” 


Los descendientes de Jacob se convierten en la nación de Israel, elegida por Dios como Su “reino de sacerdotes y un pueblo santo.” Esaú engendra a Edom (Roma) y su cultura de derramamiento de sangre, crueldad y perversión. 


En este relato hay varios aspectos incómodos a los que dedicaremos tiempo. Veamos.


a) Esaú, frecuentemente es llamado «el malvado», mientras que la rectitud de Jacob es exaltada. Pero, ¿acaso alguno de ellos tuvo una elección en el asunto? Su destino parece estar predeterminado desde el vientre.


b) ¿De dónde provienen los «genes malignos» de Esaú? Abraham, también, tuvo un hijo justo, Isaac, y un hijo malvado, Ismael. Sin embargo, la madre de Ismael no fue Sara, sino Agar, hija del faraón, gobernante de Egipto, la sociedad más depravada de la tierra. 
Esaú, sin embargo, era gemelo de Jacob. Ambos nacieron de los mismos padres santos, ambos fueron concebidos y criados en el mismo entorno sagrado. Cuando Esaú se volvió malo más tarde en la vida, ¿podríamos atribuir esto a su libertad de elección? Si este fuera el caso, ¿por qué gravitó hacia el mal desde el principio?


c) Hay un Midrash que indica claramente que Esaú también comenzó en el camino correcto. “También Esaú fue parte de ello; solo más tarde se arruinó con sus acciones.” El Zohar va aún más lejos, interpretando el versículo “Los hijos maduraron” para significar que bajo la tutela de su abuelo Abraham, los dos alcanzaron grandeza espiritual. ¿No contradice esto el relato de la Torá y los Midrashim citados anteriormente?


d) ¿Por qué estaban “luchando por la herencia de los dos mundos”? Esta parecería ser un área en la que no tendrían ninguna disputa: Esaú quiere el materialismo del mundo físico y rechaza todo lo que es divino y espiritual, mientras que lo contrario es cierto de Jacob. Si esta es la razón, entonces no hay razón.


Entonces, ¡¿cuál fue la razón de su lucha en el vientre de su madre?!
Mañana continuaremos…


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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