
Algo para Pensar — Jaiei Sara (lunes, 10 noviembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
“Y aconteció que antes que él acabase de hablar, he aquí Rebeca, que había nacido a Betuel, hijo de Milca mujer de Nacor hermano de Abraham, la cual salía con su cántaro sobre su hombro.” (Génesis 24:15)
Cuando dos personas conversan, es necesario que primero transcurra cierto tiempo para que el oyente asimile lo que el hablante ha dicho y entonces responder. Dios, por supuesto, no tiene tales limitaciones. Dios trasciende el tiempo, y Su visión panorámica sobre toda la extensión del tiempo se relaciona con nuestro pasado, presente y futuro con igual inmediatez. Obviamente, Dios no necesita primero escucharnos hablar para poder responder.
Nosotros, sin embargo, existimos en el tiempo, y nuestra relación con Dios está matizada por la naturaleza de nuestra existencia. Por lo tanto, experimentamos la respuesta de Dios a nuestras oraciones como si Él estuviera entrando en el tiempo físico en un momento posterior al que se pronunció la oración.
No obstante, la Torá nos dice que en tres instancias particulares, una respuesta divina fue experimentada por el peticionario sin ninguna separación temporal entre la oración y la respuesta. Esto refleja la singularidad de estas tres oraciones, en el hecho de que se experimentó una relación «atemporal» con Dios.
La razón por la que toma tiempo para que una persona responda a la solicitud de su compañero es que son dos entidades separadas. La solicitud, originada en uno, debe ser transmitida al otro, y lo mismo debe ocurrir con la respuesta; es esta transmisión bidireccional la que «toma» tiempo.
Del mismo modo, al percibirnos como una existencia distinta de Dios, experimentamos la respuesta de Dios hacia nosotros como si nos llegara en un momento posterior a nuestra solicitud.
Sin embargo, cuando una persona experimenta un verdadero apego y unión con Dios, ya no hay dos entidades relacionándose entre sí, sino una sola entidad. La solicitud y la respuesta no necesitan ser «transmitidas», sino que ya están presentes en el instante cuando la oración es articulada.
En nuestra próxima reflexión le echaremos un vistazo a un caso de estudio presente en la oración hecha por Eliezer, el siervo de Abraham.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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