La Carta de Aristeas es un texto pseudepigráfico escrito por un judío en el siglo II a. C., en la que se narra un episodio legendario sobre la traducción griega de la Torá judía, conocida como la Septuaginta (LXX).

Este documento, presentado como una carta de un cortesano egipcio llamado Aristeas al rey Ptolomeo II Filadelfo (reinante entre 283-246 a. C.), no solo relata un evento histórico ficticio, sino que también resalta el valor universal de la sabiduría judía en un contexto helenístico.

Según la carta, Demetrio de Falero, bibliotecario de la famosa Biblioteca de Alejandría, aconsejó al rey Ptolomeo II que incorporara una versión griega de la Torá a su colección, ya que los textos hebreos eran inaccesibles para los eruditos no judíos.

El rey, impresionado por la idea, solicitó al sumo sacerdote Eleazar del Templo de Jerusalén que enviara manuscritos de alta calidad y un equipo de traductores expertos. Eleazar respondió enviando setenta y dos sabios (seis de cada una de las doce tribus de Israel), quienes se embarcaron en la tarea de traducir la Torá al griego.


Los traductores no solo cumplieron su misión con precisión milagrosa —según la leyenda, trabajando en aislamiento y produciendo versiones idénticas—, sino que también demostraron la profundidad filosófica y ética de la Torá durante banquetes y discusiones con el rey y su corte.

Su sabiduría impresionó tanto a los helenísticos que Ptolomeo ofreció pagarles para que permanecieran en Egipto, reconociendo el valor universal de las enseñanzas judías más allá de su origen étnico.


Las implicaciones de la Carta de Aristeas son profundas. En primer lugar, legitima la Septuaginta como una traducción inspirada y autorizada, elevándola al estatus de texto sagrado para las comunidades judías de la diáspora helenizada y, posteriormente, para los cristianos primitivos.

Al presentar la Torá como una fuente de sabiduría accesible a todos, la carta promueve la idea de que el judaísmo no es exclusivista, sino que ofrece principios éticos y filosóficos aplicables a la humanidad entera, alineándose con el cosmopolitismo helenístico.


Además, refleja el contexto cultural de la Alejandría ptolemaica, donde judíos y griegos interactuaban, y subraya el esfuerzo judío por integrar su tradición en el mundo grecorromano sin perder su esencia. Esta universalización facilitó la difusión del monoteísmo judío, influyendo en el pensamiento filosófico griego y pavimentando el camino para el surgimiento del cristianismo, que adoptó la LXX como su Antiguo Testamento.


En resumen, la Carta de Aristeas no es solo una apología de la traducción bíblica, sino un puente cultural que transformó la Torá de un texto tribal en un legado global, demostrando cómo la traducción puede trascender barreras lingüísticas y culturales para enriquecer la sabiduría humana colectiva. Esto, a pesar de la oposición de los judíos en Judea.

(drigs, CEJSPR)

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