Algo para Pensar — Parasha Bereshit (miércoles, 15 octubre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


“Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron creados, el día que El Eterno Dios hizo la tierra y los cielos…” (Génesis 2:4)


Sin lugar a dudas, el judaísmo cree en una deidad absolutamente invisible que no puede ser comprendida por un intelecto humano imperfecto. No obstante, Dios sí revela diferentes aspectos de su ser inefable a sus hijos.


Estas facetas prácticas de la esencia divina se comunican a través de los diferentes nombres con los que se hace referencia al Todopoderoso dentro de la narrativa bíblica.

Rashí estaba bien consciente de esta función descriptiva en los diversos nombres de la deidad, y comenta sobre ello — a pesar de Julius Wellhausen — en su comentario inicial sobre este primer versículo de la Biblia. 


Rashí escribe: 
No dice Señor [YHWH, Hashem, el Nombre de cuatro letras] porque al principio Dios [Elohim, Juez] intentó crear [el mundo] bajo el atributo de la justicia estricta. Sin embargo, el Todopoderoso se dio cuenta que el mundo no podría resistir tal modo, y por lo tanto dio paso a la misericordia divina (rahamim), uniéndola con la justicia divina, y por eso encontramos un capítulo más adelante: “Estas son las generaciones de los cielos y de la tierra cuando fueron creados, el día en que el Señor Dios [Hashem Elokim] hizo la tierra y los cielos [Gén. 2:4].” (Rashi sobre 1:1)


¿Qué quiere decir Rashi? ¿Por qué el mundo no podría soportar existir bajo el estricto dominio de la justicia divina?


Un mundo regido de acuerdo con la justicia divina significaría que, tan pronto alguien hiciera el mal, el castigo se impondría de inmediato. Nunca tendríamos la pregunta de porqué les suceden cosas malas a las personas buenas, porque un acto malvado sería detenido en seco; recuerde que, después de todo, el sufrimiento de cualquier persona inocente violaría el principio de la justicia divina.


La mano del terrorista de Hamás se secaría en el proceso mismo de levantar el cuchillo para herir a un bebé judío. La voz del individuo sería silenciada antes que pudiera articular la calumnia que había planeado difundir a través de la propaganda.


¿Qué clase de mundo sería este?


Si el mal no existiera debido a los poderes abarcadores de la justicia divina, ¿en qué se diferenciaría un ser humano de una rata en un experimento de laboratorio donde es condicionada a avanzar por cierto túnel, mientras se la guía dándole descargas eléctricas para que decida según sus deseos? 


Dicho de manera simple, el ser humano es una criatura que toma decisiones; que aprende de sus errores o está “condenado a repetirlos”, que sucumbe o no sucumbe a la tentación, no podría existir como algo más que un peón en el juego de ajedrez si lo divino gobernara el mundo sólo con absoluta justicia.


No habría espacio para el elemento vacilante que nos desgarra el alma cuando enfrentamos elecciones apremiantes. En un mundo en el que el ser humano no tuviera la oportunidad para realizar una decisión inmoral, no sería diferente a un animal gobernado por el instinto, aunque fuera de una manera positiva.


Para que el mundo exista con seres humanos a quienes se les conceda la elección de empuñar un cuchillo para asesinar o el bisturí para sanar, con seres humanos no como marionetas impotentes sino más bien como socios potenciales de la Divinidad, Dios debe resistir y contenerse de aplicar un castigo inmediato. 


La compasión debe unirse con la justicia, de esta manera el Todopoderoso le concede al malvado la oportunidad de retornar, la oportunidad a quienes han caído de levantarse una vez más, y ofrecer el desafío a una humanidad falible de perfeccionar un mundo imperfecto.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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