Algo para Pensar — Parasha Bereshit (martes, 14 de octubre de 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos¡Shalom, Shalom Lekulam!


“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” (Génesis 1:27)


Tras examinar Génesis 1:27 en las dos reflexiones anteriores, queda claro que este versículo no es — solamente — una afirmación sobre la esencia espiritual del ser humano, sino una denuncia radical contra los fundamentos de las sociedades estratificadas por clases o castas, tanto en la antigüedad como en la actualidad.


Esto lo posiciona como una de las nociones más revolucionarias de toda la Torá.


En esencia, todos compartimos una igualdad absoluta en dignidad y valor último, ya que fuimos formados a imagen de Dios, independientemente de raza, origen cultural o creencias.


Un eco de esta idea surge más adelante en la Torá, al dirigirse al pueblo israelita, cuando Dios los convoca a ser un reino de sacerdotes y una nación santa. 


En el mundo antiguo, todas las naciones contaban con sacerdotes, pero ninguna se definía como «un reino de sacerdotes» (Éxodo 19:6). Todas las religiones veneraban a figuras santas, pero ninguna declaraba santidad total para sus fieles. Este principio tomó siglos para lograr encarnarse por completo.


En la era bíblica, persistían estructuras jerárquicas: sacerdotes comunes y un sumo sacerdote como élite religiosa. Sin embargo, tras la desaparición del Segundo Templo, cada rezo se transformó en un sacrificio, cada cantor en sacerdote y cada sinagoga en un eco del Santuario. La Torá alberga un núcleo igualitario profundo, que los rabinos reconocen y aplican.


Observemos otro pasaje del capítulo: «para que señoree en los peces del mar, en las aves del cielo…» (Génesis 1:28). Es crucial notar que NUNCA se alude al dominio de un humano sobre otros humanos. 


Tanto en «El Paraíso Perdido» de Milton como en el Midrash, se presenta esto como el error de Nimrod, el primer potentado asirio y artífice de la Torre de Babel (Génesis 10:8-11). Milton relata que, cuando Adán se enteró que Nimrod usurparía el poder de manera ilegítima, se llenó de espanto:


¡Oh, hijo tan execrable que aspira a elevarse por encima de sus hermanos, usurpando una autoridad que no le fue dada por Dios! A nosotros nos concedió el dominio absoluto sobre las bestias, los peces y las aves; ese derecho lo poseemos por su gracia. Pero no hizo que el hombre dominara sobre otros hombres; reservó ese título para sí mismo, dejando a los hombres libres entre sí. (El Paraíso Perdido, 12.64-71)


En esa era, desafiar el control de unos humanos sobre otros sin su aprobación era inconcebible. Todas las civilizaciones complejas operaban bajo ese modelo. ¿Cómo podría ser distinto? ¿Acaso no reflejaba esto el orden cósmico? ¿No regía el sol el día y la luna la noche? ¿No había una multitud de deidades en los cielos?

Estos elementos revelan la ambivalencia que la Torá mostraría después hacia la monarquía, es decir, el yugo de un solo individuo sobre sus pares.


Mañana profundizaremos en una tercera implicación paradójica de las palabras «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza».


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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