Algo para Pensar — Parasha Vayelej(jueves, 25 septiembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!

«Pasó la siega, terminó el verano, y nosotros no hemos sido salvos.» (Jeremías 8:20)


Para el profeta, el estado de ánimo predominante al final del verano no es de júbilo y satisfacción, sino de decepción y frustración. Se dirige a sus contemporáneos, en la sociedad agrícola de aquellos tiempos, y les dice:

«Puede que hayan tenido una cosecha buena y abundante, puede que se sientan orgullosos de la recolección de los frutos del verano, pero eso no es lo que realmente importa. ¡No estamos salvados!»


Esas son palabras duras, palabras con un filo cortante, palabras que se graban como ácido en un corazón flácido y complaciente. Sin embargo, sin estas palabras y la actitud que inspiran, permanecemos ciegos, desconectados de la realidad, atrapados en la euforia de un mundo de ensueño. 


Nuestra tradición prefiere que terminemos el año viejo y nos preparemos para el nuevo con la heroica autocrítica de un Jeremías: con una confesión de frustración. Recordamos el año pasado y creemos que estamos bien. 


Sin embargo, a pesar de todo nuestro trabajo, a pesar de todas nuestras victorias, nuestros triunfos en los negocios y vida social, nuestros logros y las ganancias que hemos registrado y contabilizado, a pesar de todo lo que hemos hecho y de todo lo que hemos cosechado, ¡tenemos una persistente sensación de futilidad e impotencia! «¡Y no estamos salvados!»

Es que no debemos confundir prosperidad económica con bienestar espiritual. 


Si seguimos nuestro instinto natural y nos mimamos con felicitaciones, nunca creceremos; la honestidad a veces es cruel y devastadora, pero es indispensable. Sin reconocer los fracasos del año pasado, jamás podremos evitarlos el año que viene. 


El padre o el hijo, la congregación o la familia, la comunidad o la nación que rechaza el reproche y la crítica, es como el empresario que prefiere ignorar la severa reprimenda de su contador sobre la gestión de sus asuntos. El sentimiento de frustración, de estar insatisfecho a pesar de nuestra gran cosecha, es más que apropiado para esta época del año que termina. 


Cada uno de nosotros debe preguntarse: ¿Este año he sido un buen cónyuge o he sido indiferente con mi esposo o esposa, dándolo por sentado? Quienes tenemos la suerte de tener padres que aún viven, ¿los hemos tratado con honor y amor, o hemos permitido que la excusa de nuestras ocupaciones les niegue la compañía, el afecto y la sensación de importancia que anhelan? ¿Hemos cumplido bien con nuestras responsabilidades hacia el bienestar de nuestros hijos o hemos pasado por alto el elemento más significativo: la relación directa entre nosotros y nuestros hijos?


Al final del verano, cuando contabilizamos los frutos de nuestro trabajo, nos damos cuenta que hay una discrepancia entre lo REAL y lo IDEAL, y emitimos un juicio: «¡Y no estamos salvados!» 

¡Arrepintámonos, y qué El Eterno tenga misericordia de nosotros e inscriba nuestro nombre para un año más de vida!


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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