Algo para Pensar — Parasha Shoftim (miércoles, 27 agosto 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam!

“Cuando te acerques a una ciudad para combatirla, le intimarás la paz. Y si respondiere: Paz, y te abriere, todo el pueblo que en ella fuere hallado te será tributario, y te servirá. Mas si no hiciere paz contigo, y emprendiere guerra contigo, entonces la sitiarás.” (Deuteronomio 20: 10-12)

A pesar de la cobertura hostil que recibimos constantemente por parte de los medios de comunicación, no creo que haya un ejército en la historia de las guerras que opere con el grado de sensibilidad ética a las que se adhieren las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI); no apuntamos a civiles a pesar de que nuestro enemigo sí apunta a civiles judíos. Nosotros nos suscribimos a una política conocida como «pureza de armas,” cuyo fundamento se remonta a la Biblia, particularmente en la porción de “Shoftim.” 

Tanto Maimónides como Najmánides sostienen que este principio de solicitar inicialmente la paz antes de declarar la guerra — y para Maimónides, eso incluye el que los enemigos estén dispuestos a aceptar las siete leyes noájidas de moralidad, enfatizando “No matarás” (Maimónides, “Leyes de los Reyes 6:1) — se aplica incluso al librar una batalla en defensa propia, incluso cuando la guerra sea contra Amalek o los siete pueblos indígenas en la tierra de Canaán.

Pero entonces, la imagen parece tornarse un poco compleja, incluso turbia. La Biblia continúa prescribiendo que si el enemigo se niega a hacer las paces, entonces “de las ciudades que el Señor tu Dios te ha dado por herencia, no dejarás viva a ninguna persona; debes destruirlas por completo” (Deut. 20: 16-17), y esto parece incluir también a mujeres y niños inocentes.

¿Cómo debemos interpretar los aspectos compasivos en la Biblia, particularmente los que enseñan que cada ser humano es creado a imagen divina, sancionando la destrucción de los inocentes residentes?

Para complicar aún más la escena, solo dos versos después del mandato de “destruir por completo” aparece la siguiente instrucción  —  exquisitamente sensible — (Deut. 20:19): “Cuando sitias una ciudad…para hacer guerra contra ella y capturarla, no podrás destruir un árbol frutal ni alzar un hacha contra él; después de todo, de él comes, así que no podrás destruirlo porque el ser humano se alimenta del árbol del campo,” (o como se expresa de forma alterna, “¿Es el árbol del campo un ser humano que puede escapar de un asedio?”)

¡¿Será posible que nuestra Torá se preocupe más por un árbol que por seres humanos inocentes?! 

En el siguiente capítulo, la conclusión de nuestra porción de la Torá, registra la ley de una novilla a la se le romperá el cuello (egla arufa). 

Si se encuentra un cadáver de una persona asesinada en un campo entre dos ciudades israelíes donde se desconoce quién fue el agresor, los ancianos de la ciudad más cercana deben romper el cuello de una novilla como sacrificio de expiación, declarando: “Nuestras manos no han derramado esta sangre y nuestros ojos no han sido testigos [del crimen]; perdona a Tu nación Israel” (Deut. 21:1-9).  

Claramente, como posdata a las leyes de guerra — obligatorias y voluntarias — que se encuentran en nuestra parashá, la Biblia intenta advertir a los israelitas que no se insensibilicen ante la pérdida de una vida, incluso cuando sea solo la de una persona. 

De hecho, los ancianos de la ciudad deben asumir su responsabilidad y obtener la expiación por este asesinato sin resolver, proclamando su inocencia, pero al mismo tiempo admitiendo su complicidad moral en un crimen que pudo haberse evitado si hubieran tomado las precauciones adecuadas y mostrando un mayor grado de vigilancia al brindar protección y servicios sociales adecuados. 

Una vez más, si la Torá es tan sensible ante la pérdida de la vida de una sola persona, ¿cómo puede nuestra Ley Sagrada ordenar que destruyamos a mujeres y niños? De esto hablaremos en nuestra próxima reflexión.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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