
Algo para Pensar — Parasha Shoftim (lunes, 25 agosto 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
La Mishná (Sanhedrín 2:2) en la sección recién citada nos enseña que “un rey no puede ser juzgado ni actuar como testigo”.
Esta idea resuena al observar los conflictos entre el poder ejecutivo y el judicial, como los vividos en el pasado entre el presidente Richard Nixon y los tribunales de Estados Unidos durante el caso Watergate, o más recientemente, en las tensiones entre el presidente Trump y la rama judicial.
Estos enfrentamientos nos invitan a explorar qué sabiduría puede ofrecer la tradición hebrea, siendo esta una de las bases de la civilización occidental.
Según el Talmud (Sanhedrín 19a), la norma de que un rey no puede ser juzgado ni testificar aplica específicamente a los “reyes israelitas”, aquellos no descendientes de la Casa de David.
En cambio, los reyes davídicos sí estaban sujetos a juicio y podían ser obligados a testificar. Esta excepción para los reyes no davídicos surge de un episodio histórico que ilustra las tensiones entre el poder judicial y el ejecutivo.
En el siglo I de la Era Común, el rey Jannai enfrentó al líder del Sanedrín, Simeón ben Shetah, un juez valiente con criterio propio. Cuando un sirviente del rey fue acusado de asesinato, la ley exigía que Jannai, como su amo, estuviera presente en el juicio. Simeón le indicó que debía permanecer de pie durante el proceso, aclarando que no lo hacía ante los jueces, sino ante el Creador del mundo.
Jannai, astuto, desafió a Simeón, exigiendo que sus colegas jueces respaldaran la orden. Sin embargo, los otros jueces, intimidados o influenciados políticamente, guardaron silencio y evitaron confrontar al rey. Frustrado, Simeón invocó la justicia divina, y la narrativa talmúdica concluye con un relato legendario: el ángel Gabriel castigó a los jueces temerosos, quienes cayeron muertos.
La lección de los sabios talmúdicos es clara: en una sociedad justa, el poder ejecutivo no está por encima de la ley. El líder debe someterse a los tribunales y responder a sus citaciones. Sin embargo, cuando el poder judicial carece de valentía o se ve comprometido por motivos políticos, la separación de poderes colapsa.
En tales casos, para preservar la integridad de los tribunales y evitar su corrupción o destrucción, resulta preferible que el poder judicial desista temporalmente de su autoridad sobre el ejecutivo y se enfoque en otras prioridades.
Dado que los eruditos coinciden en que la historia de este enfrentamiento es real, dedicaremos la próxima reflexión a indagar un poco más sobre este tema.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




Deja un comentario