Algo para Pensar — Parasha Eikev (miércoles, 13 agosto 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


“y cuando tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieses se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de El Eterno tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre…” (Deuteronomio 8:13-14)

Una de las preguntas más espinosas con las que lidiamos los teólogos es el tema del libre albedrío. Está claro que si vamos a asignar significado y relevancia a las acciones de los humanos en un universo creado por Dios, entonces debe haber libre albedrío para que los individuos actúen como deseen. Sin él, ¿cómo podemos recompensar el bien, castigar el mal, alabar al santo y censurar al pecador?

Por otro lado, el libre albedrío desafía la omnisciencia de Dios que, por definición, debe conocer todo de antemano. Pero si Dios sabe lo que sucederá en la vida de una persona, ¿no significa esto que las elecciones que hacemos ya han sido determinadas en alguna computadora en el cielo, y que para empezar, en realidad no existe el libre albedrío? 

Al abordar la porción de esta semana de Ekev, me gustaría sugerirles dos interpretaciones de un versículo clave. La primera se inclina hacia una visión del universo en la que Dios es el único que hace que las cosas sucedan, por lo que las elecciones humanas son poco significativas o carentes de relevancia al ser comparadas con el papel de Dios en la historia.

Sin embargo, con una pequeña modificación en el énfasis, el mismo versículo puede mostrar una idea opuesta: no sólo el papel de Dios es central, sino que nuestra función humana también lo es. O sea, que compartimos el escenario con Dios.

En los versículos que analizamos (Deuteronomio 8:11-18), la Torá confronta a quienes atribuyen su éxito y riqueza a sus propios esfuerzos. El asunto es clásico. Llegará el día en que los israelitas vivirán en casas señoriales, adornadas con oro y plata, rodeados de viñedos y rebaños, y se gloriarán del poder de su fuerza y de la astucia de su mente. 

Estarán tan orgullosos de sí mismos que olvidarán que, de no ser por los dones milagrosos de Dios: el maná, las nubes protectoras y el fuego que les dirigía, jamás habrían sobrevivido en el árido desierto, infestado de serpientes y escorpiones. Ciegamente, afirmarán con arrogancia: «Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza» (8:17).

Pero lo que Dios advierte al pueblo es: «Acuérdate del Señor tu Dios, porque él te ha dado el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres» (8:18).

Nahmánides entiende que este versículo significa que todo lo que el individuo crea haber logrado, en realidad fue obra de Dios. De hecho, este gran filósofo y comentarista judío pasa por alto cualquier distinción entre lo sobrenatural y lo natural.

En un pasaje anterior, Najmánides (Éxodo 13:16) escribe que una persona debe llegar a reconocer la existencia de los milagros ocultos que son comunes en el mundo, pero que generalmente pasamos por alto: «Nadie puede tener parte en la Torá de Moisés nuestro maestro a menos que crea que todas nuestras acciones y todos nuestros sucesos son milagrosos [es decir, inducidos por Dios] y que no existe la naturaleza o el orden usual del mundo.» 

Lo que Nahmánides dice es que la mayoría de la gente es capaz de reconocer rápidamente el papel divino en los milagros abrumadores y aparentemente sobrenaturales de la Torá, en el gran plan de la huida de Egipto, las diez plagas y la división del Mar de los Juncos. Sin embargo, no están listos para comprender que todo en la vida, así como en la Torá, es un milagro. 

Cuando Nahmánides dice que «no existe la naturaleza ni el orden habitual del mundo,» me parece que está diciendo que incluso los eventos naturales deberían llamarse sobrenaturales (milagrosos), provocados por Aquel que está por encima de la naturaleza, y que lo que consideramos el orden habitual del mundo es en realidad bastante inusual e incluso milagroso. 

Todo sucede como resultado de la voluntad divina, desde la puesta del sol hasta el crecimiento de las plantas, el parto, la razón humana, la creatividad individual; Dios hace que las cosas sucedan, no nosotros. Sea testigo de la bendición «Asher Yatzar» que recitamos después de ejercitar las funciones corporales naturales, y que concluye con las palabras: «¡Bendito seas Tú, oh Dios, el sanador de toda carne, que haces cosas maravillosas!»

Dado lo dicho hasta ahora, la idea de un universo donde el motor principal es Dios y solo Dios, ciertamente parece que cualquier esperanza que aún podamos albergar en el libre albedrío está en entredicho.

Pero existe otra postura, la de Maimónides, y podríamos encontrar en sus palabras una fuente para reconocer la importancia de la elección incluso en un mundo cuya realidad lleva la firma de Dios en todos los niveles de la existencia.

De esto hablaremos en nuestra próxima reflexión.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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