Algo para Pensar — Parasha Jukat (lunes, 30 junio 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shavua Tov Lekulam!

“Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada. Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón.” (Números 20:1-2)

La interpretación clásica del pecado de Moisés es la de Rashi: A Moisés se le ordenó hablar a la roca, no a golpearla. “Si hubieras hablado a la roca y ella hubiera producido agua, yo habría sido santificado ante los ojos de la comunidad: habrían dicho, ¡Si esta roca que no habla ni oye, y no tiene necesidad de sustento, cumple la palabra de Dios, cuánto más deberíamos nosotros!” (cf. Rashi a Números 20:12)

Rashi decidió enfatizar, destacar la naturaleza “pública” del suceso: todo sucede ante los ojos de los israelitas — el mismo conjunto del que Moisés y Aarón acababan de huir. Dios los encuentra rostros en tierra y les insta a regresar a enfrentar al pueblo. 

Públicamente, Moisés y Aarón deben hablar a la roca. Pero, ¿de qué manera podía esto haber generado fe, confianza, o santificación? ¿Cuál, después de todo, es la diferencia que existe entre golpear una roca y hablarle? 

¿Podría alguien argumentar que golpear la roca es precisamente sinónimo de lo que se entiende por “hablarle” a ella? ¿De qué otra manera se comunica uno con una “cosa” que es impermeable a las palabras? ¿Será que Moisés entendió que un golpe con un palo era simplemente el lenguaje que la roca entendía…?

Sin lugar a duda, el escenario de santificación que Rashi plantea es intrigante.

Al verse ellos en el lugar de la roca, la obediencia de la roca a la palabra de Dios habría inspirado al pueblo a un momento de reflexión. Mediante un acto de identificación proyectada, habrían llegado a reconocer el poder de la palabra de Dios en sus vidas vulnerables y dependientes. 

Su situación y necesidad humana habría sido iluminada por el milagro de la roca. El propósito del ejercicio radicaba en el impacto que tendría en los ojos del pueblo. Al no hablar, si no golpear la roca, Moisés pierde de vista el objetivo; el proceso imaginativo experimenta un corto-circuito y el doble golpe de la vara no induce al pueblo a la autorreflexión. 


Lo cierto es que muchos comentaristas no están satisfechos con la interpretación de Rashi.

Después de todo, en la narración, Dios le dice a Moisés que «tome la vara» (Números 20:8) ¿Para qué se le ordena tomarla, si no para golpear «algo»? Cuando  Moisés golpeó la roca, esta produjo el agua que Dios había prometido. No hay ninguna indicación — hasta este momento — en la narración de que Dios esté disgustado con la acción de Moisés… hasta que surge la impactante coda que aparece como si se tratara de un «segundo pensamiento.» 


Rambam — como es usual — adopta un enfoque diferente. El pecado de Moisés radica en su discurso al pueblo y no en golpear la roca. «Escuchen, rebeldes.» Una ira fuera de lugar impregna sus palabras. Sin embargo, es castigado no por la ira en sí, sino porque Dios en ese momento no está enojado con el pueblo. 


Moisés está tergiversando a Dios, quien acaba de hablar solícitamente de ellos. 


Es el contexto público del arrebato de ira de Moisés lo que conduce al juicio de Dios: la ira que Moisés experimenta no le ha permitido inspirar en ellos la confianza que habría generado una convicción del amor de Dios; no ha santificado a Dios transmitiéndoles una sensación de Su cuidado y preocupación por ellos. La gravedad de tal momento de tergiversación, insinúa Rambam, justifica el decreto de Dios.


El evento ha escalado hasta el punto donde Dios se torna contra Moisés y Aarón. 


Esta historia continuará mañana.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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